Diego Santilli quiere eliminar las PASO en veinte días y varios gobernadores estarían dispuestos a acompañarlo. Solo piden una pequeña formalidad: que el Gobierno firme que después no los va a cagar. No es desconfianza. Es experiencia de usuario.
La reforma electoral argentina alcanzó finalmente su etapa superior.
Ya no se discute solamente cómo votar.
Ahora se negocia quién promete no presentarse.
Según la información publicada, el acuerdo que trabaja Santilli tiene una sencillez republicana conmovedora: gobernadores aliados acompañan la eliminación de las PASO y, a cambio, el oficialismo les despeja el camino para sus reelecciones provinciales y habilita colectoras para sus candidatos al Congreso.
Todo muy institucional.
Montesquieu, pero con escribano.
El problema es que los gobernadores quieren un “aval firmado”.
Porque una cosa es que La Libertad Avanza te prometa algo y otra muy diferente es cometer la irresponsabilidad administrativa de creerle sin documentación.
—¿No confiás en nosotros?
—Por supuesto.
—Entonces dame la mano.
—Dame DNI, firma, aclaración y dos copias.
Santilli incluso habría ofrecido que el presidente de LLA de cada provincia se comunique con el partido del gobernador correspondiente y firme el acuerdo.
Ahí uno de los mandatarios radicales habría preferido esperar.
Porque pedir garantías en privado es política.
Sacarse una foto firmando que Milei no te va a competir ya parece convivencia.
La urgencia también tiene combustible propio. Santilli quiere resolver la eliminación de las primarias en las próximas semanas, mientras los gobernadores preferirían patear la discusión hasta febrero.
El Gobierno tiene apuro.
Modificar las reglas electorales requiere serenidad, consenso y previsibilidad.
Por eso quieren hacerlo rápido.
La preocupación provincial tiene nombre y apellido político: Karina Milei y Lule Menem. Los gobernadores temen acompañar la eliminación de las PASO y descubrir después que el mileísmo les plantó listas violetas en sus territorios.
Sería desagradable.
Vos eliminás la competencia interna para ayudar al Gobierno.
El Gobierno te agradece.
Se abrazan.
Firman.
Y tres meses después aparece un libertario en tu provincia diciendo:
—Hola, vengo a terminar con la casta.
—Pero teníamos un acuerdo.
—Exactamente. Vos sos la casta.
La negociación llegó a un grado de sofisticación notable. Santilli le habría advertido a un senador radical que, si quieren primarias, podrían competir para todos los cargos y LLA iría con Milei. Según esa versión, el jefe de Gabinete lanzó incluso un resultado hipotético demoledor: “les ganamos 80 a 4”, dejándolos casi sin nada en el Congreso.
La reforma electoral encontró así su fundamento doctrinario:
“Firmá o competimos.”
Alexis de Tocqueville, teléfono.
Para la UCR el asunto tiene particular delicadeza porque debe renovar ocho de sus diez bancas en el Senado.
Ocho.
El radicalismo escucha “80 a 4” y no sabe si Santilli está describiendo una elección o leyendo el electrocardiograma del partido.
Mientras tanto, los gobernadores peronistas evalúan otra variante: mantener primarias abiertas y simultáneas pero hacerlas no obligatorias. Eso les permitiría disputar lugares legislativos sin quedar necesariamente sometidos a la lapicera de Cristina Kirchner y La Cámpora.
Y encima circula otra versión deliciosa: Sergio Massa y Cristina estarían de acuerdo con eliminar las PASO, pero no podrían reconocerlo públicamente.
O sea que todos podrían estar bastante de acuerdo.
El inconveniente es enterarse quién está de acuerdo con quién.
La política argentina finalmente consiguió aquello que parecía imposible: una reforma electoral donde libertarios, radicales, gobernadores y sectores del peronismo pueden encontrar intereses coincidentes.
Solamente falta resolver una pequeña cuestión:
ninguno confía en ninguno.
Santilli vende previsibilidad.
Los gobernadores piden garantía.
Karina conserva la lapicera.
Los radicales miran sus ocho bancas.
Y todos discuten cómo mejorar la democracia mientras negocian quién puede competir contra quién.
Antes para ganar una elección había que conseguir votos.
Después hubo que conseguir alianzas.
Ahora hace falta algo mucho más moderno:
un certificado que garantice que el adversario no aparecerá en la boleta.
Las PASO podrán desaparecer.
El escribano entra al cuarto oscuro.


























