El concejal del PRO Nicolás Morzone anunció que “si hay que ir a la guerra, se irá”, mientras acusaba de kirchneristas a excombatientes que cuestionaron el giro malvinero de Milei. Lo hizo desde una banca del Concejo Deliberante de La Plata, acompañado por un mate de algarrobo. La recuperación de las islas todavía no empezó, pero el enemigo ya apareció: los veteranos argentinos.
Nicolás Morzone encontró finalmente cómo recuperar las Malvinas.
Ir a la guerra.
Bueno, ir él exactamente no.
“Si hay que ir a la guerra, se irá”, dijo.
La voz pasiva es una herramienta maravillosa del patriotismo: permite mandar argentinos al frente sin cometer la imprudencia gramatical de incluirse.
El concejal estaba sentado en su banca, frente a un mate de algarrobo con terminaciones de alpaca y bombilla al tono.
Churchill tenía un habano.
Patton, casco.
Morzone:
mate premium.
El problema es que antes de enfrentar al Reino Unido decidió hacer unas prácticas militares contra un adversario bastante más cercano: el Centro de Ex Combatientes Islas Malvinas de La Plata (CECIM).
Sí.
Excombatientes.
Gente que cuando escucha la palabra “guerra” no necesita buscarla en Wikipedia.
Morzone los acusó de haberse transformado en una “agrupación kirchnerista” porque cuestionaron a Milei y calificaron su cadena nacional sobre Malvinas como un acto de “hipocresía extrema”.
Extraordinario.
Los veteranos fueron a Malvinas.
Morzone fue al Concejo.
Pero el certificado de patriotismo lo entrega Morzone.
Después se entusiasmó.
“Los derechos se conquistan”, explicó, y agregó que cuando llegue el momento de discutir realmente el dominio habrá que hacerlo “con el cuchillo entre los dientes, preparándose para todo, para la máxima instancia”.
Los excombatientes seguramente tomaron nota.
—¿Cuchillo entre los dientes?
—Sí.
—¿Guerra?
—También.
—¿Vos estuviste?
—No.
—¿Y nosotros?
—Sí, pero ustedes son kirchneristas.
Geopolítica argentina, edición coleccionista.
Morzone también celebró una eventual gran militarización argentina asociada a Estados Unidos y cuestionó incluso la política exterior del gobierno de Mauricio Macri, presidente del partido al que él pertenece.
En cuestión de minutos consiguió pelearse con veteranos de Malvinas, peronistas y parte de la tradición diplomática de su propio espacio.
Todavía no recuperó las islas, pero territorio político ya perdió bastante.
La escena adquiere otra dimensión cuando recordamos que Morzone viene de presentar un proyecto para cambiarle el nombre a la plaza Juan Domingo Perón por Lionel Messi.
Su carrera geopolítica avanza a una velocidad admirable.
Primero:
Perón afuera, Messi adentro.
Ahora:
cuchillo entre los dientes y guerra contra el Reino Unido.
Dos proyectos más y propone invadir Gibraltar con la Scaloneta.
Pero lo verdaderamente exquisito fue elegir como adversarios discursivos a quienes sí pusieron el cuerpo en 1982.
Porque una cosa es defender la soberanía argentina sobre Malvinas.
Otra es utilizar Malvinas para medir quién es suficientemente mileísta.
Y una tercera, mucho más sofisticada, consiste en explicarle el sacrificio bélico a quienes efectivamente fueron sacrificados.
Cuando concejales peronistas lo cruzaron, la discusión escaló hasta obligar al presidente del Concejo a intervenir y finalmente hubo cuarto intermedio.
La guerra contra el Reino Unido tuvo entonces su primera pausa táctica:
quince minutos para calmarse en el pasillo.
Morzone incluso reclamó que pusieran orden o retiraran del recinto a una concejala peronista.
Perfecto.
“Cuchillo entre los dientes”.
“Preparados para todo”.
“Máxima instancia”.
Pero cuando una concejala grita:
—Señor presidente, sáquela.
El desembarco en Puerto Argentino promete momentos inolvidables.
Morzone consiguió así una innovación histórica en la causa Malvinas: declarar disposición para una guerra mientras se pelea con los argentinos que sobrevivieron a la anterior.
Los veteranos ya conocieron el frío.
El hambre.
El miedo.
Las armas.
Los muertos.
Y las consecuencias de decisiones tomadas por tipos que estaban bastante más cómodos que ellos.
Por eso quizá no necesiten que desde una banca municipal alguien les explique que, llegado el momento, “se irá a la guerra”.
Ellos ya fueron.
Morzone todavía no.
Por ahora llegó hasta el Concejo Deliberante de La Plata.
Con cuchillo entre los dientes, micrófono adelante y el mate bien lejos de la línea de fuego.

























