La estabilidad cambiaria, una de las principales anclas del plan de Luis Caputo, acumula una tensión creciente. Gita Gopinath calculó que el peso se apreció alrededor de 12% en términos reales desde comienzos de 2026 y recomendó mayor flexibilidad para que el Banco Central pueda acumular reservas. Mientras tanto, en mesas financieras circula —sin confirmación oficial— una hipótesis de corrección gradual mediante seis movimientos cercanos al 2%.
El dólar estable volvió a convertirse en una de las piezas fundamentales del programa económico de Javier Milei. Sirve como ancla para contener precios, ayuda a sostener el proceso de desinflación y evita el impacto político que tendría una corrección cambiaria brusca. Pero detrás de esa estabilidad empieza a acumularse un desequilibrio: si los precios internos aumentan sistemáticamente más rápido que el dólar, Argentina se encarece medida en moneda extranjera y el tipo de cambio real se aprecia.
Ese proceso ya tiene una estimación concreta. Gita Gopinath, ex número dos del Fondo Monetario Internacional, calculó que el peso se apreció alrededor de 12% desde comienzos de este año. Su recomendación no fue aplicar una devaluación abrupta, sino permitir mayor flexibilidad cambiaria y aprovechar un dólar algo más alto para que el Banco Central compre reservas. El planteo toca uno de los puntos más delicados del esquema de Caputo: cuánto tiempo puede utilizarse el tipo de cambio para contener la inflación sin deteriorar competitividad ni dificultar la acumulación de dólares.
El dólar sube cerca del 2%, pero la inflación corre más rápido
El mercado oficial viene mostrando un movimiento cercano al 2% mensual, una velocidad similar a la del antiguo crawling peg. Al mismo tiempo, la inflación subyacente promedió alrededor del 2,2% entre enero y agosto, según los datos citados de Banco Galicia.
La diferencia mensual parece pequeña, pero cuando se repite comienza a acumularse. Si los precios argentinos suben persistentemente más que el dólar, los costos domésticos medidos en moneda estadounidense aumentan. Eso puede afectar especialmente a actividades que producen en Argentina y compiten con bienes importados o necesitan vender en mercados internacionales.
El atraso cambiario no significa simplemente que “el dólar debería valer determinada cantidad”, porque el tipo de cambio real depende también de la inflación internacional, la productividad y otras variables. Lo que sí muestra la apreciación señalada por Gopinath es que el peso ganó valor real y parte de la competitividad cambiaria obtenida anteriormente se fue consumiendo.
La “devaluación en cuotas” existe por ahora solamente como versión de mercado
Frente a ese problema, comenzó a circular entre operadores y consultoras una alternativa: distribuir una eventual corrección mediante seis movimientos de aproximadamente 2% cada uno, en lugar de realizar un único salto.
Es importante distinguir el dato de la especulación: no existe una decisión oficial anunciada para ejecutar ese esquema. Se trata de una hipótesis que circula en el mercado para resolver gradualmente la apreciación cambiaria.
Además, seis ajustes consecutivos del 2% no equivaldrían exactamente a una devaluación total del 12%. Por efecto de la capitalización, si cada aumento se aplicara sobre el nivel resultante del anterior, la suba acumulada del tipo de cambio sería de aproximadamente 12,6%.
La lógica económica consiste en evitar un salto discreto que pueda trasladarse rápidamente a precios. En lugar de concentrar la corrección en un solo momento, el dólar avanzaría escalonadamente, buscando recuperar competitividad mientras se intenta preservar el proceso de desinflación.
Pero tampoco existe garantía de que dividir una corrección elimine su impacto inflacionario. Si empresas y consumidores interpretan los movimientos como el comienzo de una secuencia conocida de devaluaciones, pueden anticipar los ajustes futuros en precios y decisiones financieras.
Gopinath advierte justamente contra un salto brusco
La posición de Gopinath es más prudente que una recomendación tradicional de devaluación.
La economista reconoce que una corrección brusca del dólar todavía puede trasladarse a precios, especialmente mientras las expectativas inflacionarias no estén completamente estabilizadas. Por eso plantea mayor flexibilidad, acompañada por compras de reservas del Banco Central.
El objetivo sería resolver dos problemas simultáneamente: reducir parte de la apreciación real y fortalecer las reservas.
Ese segundo punto resulta decisivo porque Argentina necesita dólares no solamente para sostener el funcionamiento corriente del mercado cambiario, sino también para afrontar compromisos financieros importantes durante 2027.
Los argentinos siguen comprando dólares
La estabilidad cambiaria tampoco consiguió modificar significativamente la demanda privada de divisas.
En julio, las personas humanas registraron compras netas por USD 4.124 millones, un aumento del 46% respecto de los USD 2.821 millones de junio. Dentro de ese total, USD 2.916 millones correspondieron a billetes.
La magnitud permite comprender una característica fundamental del actual equilibrio cambiario: el dólar puede permanecer relativamente estable aunque exista una fuerte demanda, siempre que simultáneamente aparezca una oferta suficiente para abastecerla.

Actualmente, parte de esa oferta proviene de exportaciones y del ingreso de divisas asociado al financiamiento privado. Mientras esos dólares entren en cantidad suficiente, pueden absorber una dolarización elevada sin que el precio tenga que corregirse violentamente.
El problema aparece cuando se pregunta si ese equilibrio es permanente.
El petróleo caro le está dando aire al esquema
El escenario internacional ofreció una ayuda inesperada. El conflicto entre Estados Unidos e Irán impulsó los precios internacionales de la energía y otros commodities, aumentando el valor potencial de las exportaciones argentinas.
Para una Argentina que consolidó a Vaca Muerta como fuente creciente de divisas, un precio internacional elevado de la energía mejora el frente externo.
Gopinath destacó precisamente esa transformación: el país pasó de tener en la energía una fuente importante de demanda de dólares a desarrollar una creciente capacidad exportadora.
Pero existe una diferencia fundamental entre una mejora estructural de la balanza energética y un shock extraordinario de precios internacionales.
Si parte de la abundancia actual depende de commodities excepcionalmente caros, esa oferta de dólares puede disminuir cuando cambie el escenario internacional.
Por eso el petróleo puede comprar tiempo.
No necesariamente resuelve el problema cambiario.
Caputo necesita que entren dólares y que los argentinos no compren demasiados
El esquema contiene una contradicción particular.
Los exportadores están obligados a ingresar y liquidar una parte importante de las divisas generadas por sus operaciones. También existen condiciones de ingreso para determinados fondos obtenidos mediante endeudamiento externo.
Esos dólares abastecen el mercado.
Del otro lado aparecen empresas y personas que demandan moneda extranjera para ahorro, importaciones, servicios, viajes o diferentes operaciones financieras.
Mientras la oferta sea suficiente para satisfacer esa demanda, Caputo puede sostener un dólar relativamente estable sin una pérdida explosiva de reservas.
Pero el equilibrio depende de que continúen apareciendo dólares suficientes.
Y la demanda de los argentinos sigue siendo elevada.
El dólar barato ayuda a la inflación, pero complica a la economía real
El tipo de cambio apreciado tiene ganadores y perdedores.
Para el Gobierno ofrece una ventaja política inmediata: reduce la presión de los productos importados y de aquellos precios domésticos vinculados al dólar, contribuyendo a mantener contenida la inflación.
Para el consumidor también puede abaratar relativamente determinados bienes importados y gastos en moneda extranjera.
Pero para una empresa argentina el efecto puede ser exactamente el contrario.
Si salarios, servicios, impuestos y otros costos domésticos aumentan en pesos mientras el dólar avanza menos, producir en Argentina se vuelve más caro medido en dólares. Al mismo tiempo, los bienes importados ganan competitividad frente a la producción local.
Ese es uno de los motivos por los cuales la discusión cambiaria empieza a cruzarse con la recesión industrial.
El dólar barato puede colaborar con la desinflación mientras simultáneamente deteriora márgenes de sectores productivos.
2027 concentra el verdadero problema
La discusión adquiere otra dimensión cuando se incorporan las necesidades financieras del próximo año.
Gopinath estimó que Argentina deberá refinanciar alrededor de USD 25.000 millones durante 2027 y planteó que recuperar plenamente el acceso al mercado internacional debería constituir una prioridad.
En el mercado, además, estiman que al equipo económico todavía le faltarían aproximadamente USD 10.000 millones para completar el financiamiento de 2027.
Esas cifras explican por qué la acumulación de reservas se vuelve tan importante.
Argentina puede atravesar meses de relativa tranquilidad si exportadores y empresas privadas ingresan suficientes dólares. Pero los vencimientos de deuda requieren una capacidad financiera más sólida y permanente.
Tanto Gopinath como Kristalina Georgieva han planteado, según la información aportada, que las reservas necesarias para enfrentar episodios de tensión no deberían volver a construirse simplemente mediante nuevos préstamos de organismos internacionales.
La diferencia es fundamental: endeudarse para aumentar reservas mejora temporalmente el activo del Banco Central, pero también genera una obligación futura.
El Gobierno está atrapado entre dos riesgos
Caputo enfrenta entonces una encerrona.
Si mantiene al dólar aumentando por debajo de la inflación, puede preservar una de las principales anclas del proceso de desinflación, pero corre el riesgo de profundizar la apreciación real, perjudicar competitividad y dificultar la acumulación genuina de reservas.
Si permite que el dólar suba más rápido, puede mejorar el frente externo y ofrecer mejores incentivos para liquidar divisas, pero arriesga un mayor traslado a precios.
Y si realiza una corrección brusca, el riesgo inflacionario aumenta todavía más.
Por eso comienza a resultar atractiva para algunos operadores la idea de una corrección gradual. No porque elimine los costos, sino porque intenta repartirlos en el tiempo.
El dólar está quieto, pero el desequilibrio se mueve
La estabilidad actual tiene fundamentos concretos: exportaciones, energía, ingreso de capitales privados y precios internacionales favorables están aportando divisas suficientes para enfrentar una demanda privada que sigue siendo considerable.
Pero debajo de esa tranquilidad aparecen tres señales difíciles de ignorar: una apreciación real estimada en 12%, compras netas de personas por USD 4.124 millones en julio y fuertes necesidades financieras para 2027.
Por eso la discusión cambiaria dejó de ser simplemente cuándo subirá el dólar.
La verdadera pregunta es cómo corregir el precio relativo sin desarmar la desinflación que el Gobierno construyó precisamente utilizándolo como ancla.
Caputo consiguió que el dólar barato ayudara a bajar la inflación. Ahora enfrenta la segunda parte del problema: evitar que esa misma herramienta termine acumulando una corrección cada vez más difícil de administrar.
La eventual “devaluación en cuotas” todavía es una versión de mercado, no una política oficial. Pero que esa alternativa ya circule revela dónde está puesta la preocupación: el dólar puede parecer tranquilo en la pantalla mientras el atraso cambiario continúa creciendo por debajo.

























