La Argentina canta la Marcha de San Lorenzo con el pecho inflado, la entona en desfiles, actos oficiales y ceremonias donde se habla de patria, honor y sacrificio. Lo que no canta —ni quiere cantar— es que su compositor, Cayetano Alberto Silva, murió pobre, olvidado y fue enterrado en una tumba sin nombre porque el Estado consideró que su piel negra no merecía reposar en el panteón policial. Así funciona el racismo institucional: no siempre grita, a veces archiva.
Silva nació en la Banda Oriental, hijo de Natalia Silva, una mujer que había sido esclavizada hasta la abolición formal de la esclavitud en Uruguay. Abolición en los papeles, servidumbre en la vida real. Ese es el punto de partida de una biografía que el relato oficial suele edulcorar, como si el talento pudiera flotar en el vacío, sin cuerpo, sin color, sin historia.
El joven Cayetano hizo lo imposible: estudió música, dominó instrumentos, compuso, dirigió bandas, viajó, enseñó. En Rosario fue capitán de la banda del Regimiento 7 de Infantería y trabajó para la Policía de Santa Fe. Produjo música para el teatro, colaboró con Florencio Sánchez y escribió piezas que hoy serían consideradas patrimonio cultural. Pero en la Argentina del progreso blanco y europeo, el ascenso de un afrodescendiente siempre es provisorio. Se lo tolera mientras su talento sirve; se lo expulsa cuando pide reconocimiento.
En 1901, en Venado Tuerto, compuso una marcha dedicada a Pablo Riccheri, ministro de Guerra del gobierno de Julio Argentino Roca. Riccheri tuvo el gesto elegante —y estratégico— de sugerir que no llevara su nombre, sino el de San Lorenzo. La obra se volvió eterna; el autor, descartable. El país se quedó con la música y se desentendió del músico.
Aquí conviene decirlo sin rodeos: Cayetano Silva fue expropiado simbólicamente. Vendió la Marcha de San Lorenzo por monedas, porque no existían derechos de autor, pero también porque el sistema nunca estuvo pensado para que un negro acumule capital, ni siquiera cultural. Como escribió Ezequiel Martínez Estrada, “en la Argentina los males no se corrigen, se maquillan”. Y el maquillaje histórico siempre es blanco.
Los últimos años de Silva fueron una caída libre: precariedad laboral, hostilidad institucional, enfermedad, alcohol. Murió en 1920, a los 51 años. Y entonces llegó el gesto final, el más brutal y silencioso: la Policía de Santa Fe le negó un lugar en su panteón. No por falta de servicio. No por falta de méritos. Por negro. Así de simple. Así de estructural.
Décadas después, en 1997, el Estado hizo lo que suele hacer cuando ya no corre riesgos: pidió disculpas tácitas, exhumó restos, trasladó huesos, inauguró homenajes. El reconocimiento tardío es una forma elegante de no hacerse cargo. Como diría Rodolfo Walsh, “las clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia”. Y cuando la tienen, la recortan.
Cayetano Silva no es una excepción. Es un patrón. La Argentina se piensa blanca, europea y meritocrática, pero se sostiene sobre cuerpos negros, indígenas y mestizos a los que luego borra del relato. Celebra la obra y desprecia al autor. Canta la marcha y escupe al compositor.





























