Cuando la infancia terminó de golpe

El segundo hogar

Vuelvo a ese lugar donde mi infancia cambió de forma sin avisar. En el segundo hogar aprendí que incluso en las historias rotas pueden aparecer manos capaces de sostenerte.


A veces, para poder seguir contando una historia, es necesario detenerse y regresar sobre los propios pasos, volver hacia esos fragmentos que en su momento parecían apenas detalles dispersos —una mirada detenida más de lo necesario, una palabra pronunciada en un pasillo donde el eco todavía parece quedarse flotando entre las paredes, el sonido seco de una puerta cerrándose detrás de uno como si marcara una frontera invisible— y que sin embargo, con el tiempo, se revelan como los verdaderos hilos que sostienen la trama entera de una vida; porque la memoria no avanza de manera ordenada ni obediente, no se mueve como los relojes ni respeta la lógica de los calendarios, sino que se comporta más bien como una mano que tantea en la oscuridad de una habitación conocida, tocando objetos que alguna vez fueron cotidianos hasta detenerse en ese instante exacto donde todo cambió, aunque en ese momento nadie —y menos una niña— pudiera comprenderlo.

Por eso necesito volver allí.

Necesito regresar a ese punto donde la infancia se terminó de golpe, no con un estruendo ni con un anuncio solemne, sino con una sucesión de decisiones tomadas por otros, con papeles firmados en oficinas que yo nunca había visto, con puertas que se cerraron detrás de mí y con la sensación silenciosa de que el mundo empezaba a exigirme una forma de resistencia para la que ninguna niña debería estar preparada.

Después de aquella noche en la comisaría y de los primeros meses en el hogar al que me llevaron casi sin explicaciones, la vida empezó a organizarse alrededor de normas que no había elegido y de rutinas que se repetían con una precisión extraña: horarios para despertarse, para comer, para estudiar, para acostarse, como si alguien hubiera decidido que el orden podía curar el caos que cada una de nosotras llevaba por dentro. Aquellas rutinas, al principio, se sentían como una camisa demasiado rígida que una está obligada a usar; con el tiempo, sin embargo, entendí que para muchas de nosotras esos horarios eran también una forma de sostenernos, una estructura mínima que impedía que nuestras historias —ya demasiado quebradas— se deshicieran del todo.

Pero el tiempo en los hogares también tiene su propia lógica, una lógica hecha de traslados, expedientes que cambian de escritorio, decisiones administrativas que uno apenas entiende y que se anuncian con esa frialdad burocrática que tienen los papeles oficiales, como si una vida pudiera moverse de lugar con la misma facilidad con que se mueve una carpeta de un estante a otro. Así fue como llegué al segundo hogar, un lugar diferente al primero, donde convivían bebés que lloraban por las noches, niños pequeños que corrían por los pasillos con esa energía incansable que solo tienen los que todavía no han aprendido a temer demasiado al mundo, y adolescentes como yo que caminaban con una mezcla de dureza y cansancio en la mirada, como si cada una cargara sobre los hombros una historia demasiado pesada para su edad.

El edificio tenía un olor particular que todavía hoy puedo recordar con una precisión casi física: una mezcla de jabón barato, comida recalentada y humedad vieja que parecía quedarse pegada en las paredes. Los pasillos eran largos y resonaban con los pasos de quienes los cruzaban a cualquier hora del día o de la noche; las habitaciones, compartidas entre varias chicas, tenían camas alineadas contra las paredes y pequeños espacios donde cada una intentaba guardar lo poco que tenía, como si esos objetos mínimos —una foto, una carta, una prenda favorita— fueran anclas diminutas capaces de impedir que el pasado se disolviera por completo.

Fue en ese lugar donde apareció Rosalía.

Rosalía no llegó a mi vida con promesas ni con discursos; llegó con algo mucho más raro: la capacidad de mirar a una persona sin verla como un problema. Tenía una forma tranquila de hablar, una paciencia que parecía nacida de haber escuchado muchas historias difíciles, y una mirada que no pesaba sobre uno como un juicio, sino que se quedaba allí, abierta, esperando.

Durante mucho tiempo yo había aprendido a desconfiar de los adultos, porque los adultos —al menos los que yo había conocido— parecían siempre venir acompañados de decisiones que cambiaban la vida de otros sin pedir permiso. Rosalía era distinta. No necesitaba levantar la voz para hacerse escuchar ni repetir órdenes para que una entendiera que estaba allí; su presencia era más silenciosa, más firme, como si supiera que algunas heridas no se curan con palabras sino con una forma diferente de estar cerca.

Recuerdo una tarde en que me invitó a caminar.

Salimos del hogar y caminamos por calles que yo ya conocía, pero que ese día parecían distintas, como si el mundo se hubiera vuelto un poco más ancho. El aire tenía ese olor tibio que queda después de la lluvia, y mientras caminábamos yo sentía algo que no sabía nombrar: una mezcla de curiosidad y miedo, como si aquella simple salida fuera una especie de permiso temporal para vivir una vida que todavía no estaba acostumbrada a imaginar.

Llegamos hasta una heladería y me compró un helado. Yo, por costumbre más que por educación, le dije que no tenía dinero para pagarlo. Rosalía sonrió y me dijo que no me preocupara.

Y entonces lloré.

No fue un llanto ruidoso, ni un desahogo repentino como los que se ven en las películas; fue algo más profundo, más silencioso, como si el cuerpo hubiera esperado mucho tiempo para permitirse esa fragilidad. Porque de repente alguien estaba siendo amable conmigo sin esperar nada a cambio, y esa forma simple de bondad me resultaba tan extraña que no supe cómo sostenerla. Lloré con el helado derritiéndose lentamente en mis manos, mientras Rosalía se quedaba a mi lado sin decir nada, respetando ese momento como quien sabe que algunas lágrimas necesitan espacio para existir.

En ese hogar también volví a la escuela.

Recuerdo el primer día en el colegio que quedaba frente al edificio: crucé el portón con la sensación de estar entrando en un lugar donde todos los demás sabían cómo vivir mientras yo todavía estaba aprendiendo a sostenerme. Las voces de los estudiantes llenaban el patio con una naturalidad que me parecía casi ajena, como si la normalidad fuera una lengua que yo había olvidado hablar.

Fue allí donde conocí al profesor Duarte, el profesor de matemáticas, quien me llevó hasta el salón con una calma que me hizo sentir, por primera vez en mucho tiempo, que quizá yo no era solamente la chica de un expediente. Su manera de explicarme las cosas —sin apuro, sin esa impaciencia que a veces tienen los adultos cuando sienten que alguien está demasiado atrasado— me hizo pensar que tal vez todavía había partes de mi vida que podían construirse de otra manera.

Unos días después los profesores comenzaron a hablar de un viaje a Buenos Aires.

Para la mayoría de los estudiantes era simplemente una excursión escolar, una oportunidad de conocer la capital y de pasar unos días fuera de casa. Escuchaba a mis compañeros hablar con entusiasmo de avenidas enormes, de edificios altos, de lugares que hasta entonces solo había visto en la televisión, y mientras ellos planeaban lo que iban a hacer durante esos días yo me quedaba en silencio, porque sabía que para mí ese viaje probablemente no iba a ocurrir.

Pero aun así imaginaba.

Imaginaba las calles de Buenos Aires como un mapa abierto, un lugar donde la vida podía ser distinta, donde quizá nadie conociera mi historia y donde tal vez fuera posible caminar sin sentir el peso constante del pasado.

El día de la partida ocurrió algo que todavía hoy recuerdo con una mezcla de gratitud y tristeza.

El colectivo estaba estacionado frente a la escuela y los alumnos se despedían de sus padres: abrazos rápidos, consejos murmurados, manos agitándose desde la vereda mientras el motor comenzaba a encenderse. Las madres acomodaban mochilas, los padres daban indicaciones que parecían importantes aunque probablemente no lo fueran tanto, y en medio de ese movimiento yo permanecía quieta, observando esa escena como quien mira algo que pertenece a otra vida.

Yo estaba sola.

Nadie había venido a despedirme.

Ninguna voz gritó mi nombre entre la multitud.

Durante unos minutos pensé que simplemente iba a quedarme allí, viendo cómo los demás subían al colectivo mientras yo regresaba al hogar con esa sensación conocida de que algunas experiencias estaban reservadas para otros.

Pero entonces los profesores hicieron algo que nunca olvidé.

Entre todos pagaron mi lugar en el viaje.

No lo anunciaron con grandes palabras ni con gestos dramáticos; simplemente lo hicieron, como si aquel acto de generosidad fuera la cosa más natural del mundo. Cuando me dijeron que también iba a viajar, sentí algo que todavía hoy me cuesta describir: una mezcla de sorpresa, alivio y una gratitud tan profunda que apenas pude hablar.

Subí al colectivo con el corazón latiendo demasiado rápido.

Mientras el vehículo empezaba a moverse y la escuela quedaba atrás, miré por la ventana las calles de mi ciudad alejándose lentamente y pensé que, por primera vez en mucho tiempo, algo en mi vida estaba ocurriendo no por obligación ni por decisión de otros, sino como una oportunidad inesperada.

Y en ese momento comprendí algo que hasta entonces no había logrado ver con claridad: que incluso dentro de una historia marcada por el abandono pueden aparecer, de vez en cuando, pequeños gestos capaces de abrir una grieta en la oscuridad.

A veces no se necesita más que eso.

Un gesto.

Una mano extendida.

Una puerta que, por primera vez en mucho tiempo, no se cierra detrás de una niña, sino que se abre hacia un camino que todavía no conoce.

Continuara…..

Me llamo Abril Stirna. Soy escritora de medio tiempo, madre de tres hijos y sobreviviente. Los hechos que narro en este testimonio son reales. Los nombres de personas y lugares fueron modificados para proteger mi identidad y evitar cualquier forma de hostigamiento contra mí y mi familia.

  • Related Posts

    Las que se quedan

    Crecer también es aprender a soltar a quienes nunca estuvieron de verdad.Entre ausencias, decepciones y nuevos afectos, entendí que sanar no siempre hace ruido.A veces, simplemente significa seguir adelante sin…

    Ley Octorina: Salta convirtió en ley una lucha histórica de mujeres indígenas contra la violencia sexual

    La Ley Octorina fue aprobada por unanimidad por el Senado de Salta el jueves 16 de abril de 2026, en la Legislatura provincial de Salta. La norma busca prevenir y…

    Deja una respuesta

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

    You Missed

    Fin de mayo anticipado: los astros meten presión y nadie sale ileso

    Fin de mayo anticipado: los astros meten presión y nadie sale ileso

    Motosierra para jubilados, Cybertruck para libertarios

    Motosierra para jubilados, Cybertruck para libertarios

    Vaca Muerta acelera bajo el RIGI: YPF anuncia una inversión récord de USD 25.000 millones

    Vaca Muerta acelera bajo el RIGI: YPF anuncia una inversión récord de USD 25.000 millones

    Milei desactiva el swap con China y resigna USD 4.400 millones de poder de fuego financiero

    Milei desactiva el swap con China y resigna USD 4.400 millones de poder de fuego financiero

    Comer carne ya es un lujo: el consumo cayó casi 7% y el salario no alcanza

    Comer carne ya es un lujo: el consumo cayó casi 7% y el salario no alcanza

    La crisis llegó al campo: 70% de pobreza entre familias campesinas

    La crisis llegó al campo: 70% de pobreza entre familias campesinas

    Jorge Macri salvó la ampliación presupuestaria con Larreta y pactó el RIGI que exigía Milei

    Jorge Macri salvó la ampliación presupuestaria con Larreta y pactó el RIGI que exigía Milei

    Caputo privatiza rutas por 20 años con peajes más caros y denuncias de obras mínimas

    Caputo privatiza rutas por 20 años con peajes más caros y denuncias de obras mínimas

    La Cámpora recuperó la llave de los jueces y el peronismo bonaerense evitó partirse en vivo

    La Cámpora recuperó la llave de los jueces y el peronismo bonaerense evitó partirse en vivo

    Las que se quedan

    Las que se quedan

    Patricia ya le reza al cadáver político de Milei mientras Adorni se hunde en vivo

    Patricia ya le reza al cadáver político de Milei mientras Adorni se hunde en vivo

    El GUR ucraniano usa combatientes latinoamericanos para vender drogas en Europa

    El GUR ucraniano usa combatientes latinoamericanos para vender drogas en Europa

    El peronismo se quebró en el Senado y salvó a Mahiques con una mayoría aplastante

    El peronismo se quebró en el Senado y salvó a Mahiques con una mayoría aplastante

    Washington llamó al verdadero presidente: Santiago Caputo viajó de urgencia por el derrumbe libertario

    Washington llamó al verdadero presidente: Santiago Caputo viajó de urgencia por el derrumbe libertario

    Bullrich ya entrega cadáveres políticos: «Si quieren matar a Adorni, mátenlo»

    Bullrich ya entrega cadáveres políticos: «Si quieren matar a Adorni, mátenlo»

    “Nuestra hermana aguafiestas”: un club de lectura retoma la novela afrofeminista de Ama Ata Aidoo

    “Nuestra hermana aguafiestas”: un club de lectura retoma la novela afrofeminista de Ama Ata Aidoo

    El nuevo orden mundial y la Argentina subordinada: Milei se entrega al poder sionista a cambio de nada

    El nuevo orden mundial y la Argentina subordinada: Milei se entrega al poder sionista a cambio de nada

    Sturzenegger se enojó con la ANMAT porque no le aprobaron un aerosol «anti mufa» para el Mundial

    Sturzenegger se enojó con la ANMAT porque no le aprobaron un aerosol «anti mufa» para el Mundial

    La morosidad de las familias alcanzó un nuevo récord desde 2004: el 11,5% de los deudores bancarios no paga

    La morosidad de las familias alcanzó un nuevo récord desde 2004: el 11,5% de los deudores bancarios no paga

    ARGENTINA NEGRA: EL LIBRO QUE ROMPE EL MITO DEL BORRAMIENTO

    ARGENTINA NEGRA: EL LIBRO QUE ROMPE EL MITO DEL BORRAMIENTO

    De diputada libertaria a troll judicializado: Lilia Lemoine y el caso Ian Moche

    De diputada libertaria a troll judicializado: Lilia Lemoine y el caso Ian Moche

    Generación Z frente a la IA: productividad extrema, dependencia digital y el riesgo de perder el pensamiento crítico

    Generación Z frente a la IA: productividad extrema, dependencia digital y el riesgo de perder el pensamiento crítico

    Inflación al 2,6%: bajan los precios, sube el ajuste

    Inflación al 2,6%: bajan los precios, sube el ajuste

    El Gobierno rodeó el INTI con gendarmes para frenar un acto de apoyo de industriales pyme

    El Gobierno rodeó el INTI con gendarmes para frenar un acto de apoyo de industriales pyme

    Médicos argentinos viajan a Ginebra para frenar la salida de la OMS

    Médicos argentinos viajan a Ginebra para frenar la salida de la OMS

    La guerra con Irán condiciona la cumbre entre Trump y Xi Jinping mientras se enfrían las negociaciones de paz

    La guerra con Irán condiciona la cumbre entre Trump y Xi Jinping mientras se enfrían las negociaciones de paz

    Cuba estalla en protestas por cortes de luz de hasta 22 horas mientras el bloqueo de Trump ahoga la isla

    Cuba estalla en protestas por cortes de luz de hasta 22 horas mientras el bloqueo de Trump ahoga la isla