DEMOCRACIA EN ESTADO DE CAZA: Saramago en la era del miedo administrado

Cuando el poder deja de escuchar, traduce el conflicto en amenaza. Saramago lo escribió. América Latina lo ejecuta. Argentina 2026 lo confirma.

Hay días en que la política deja de parecer una disputa ideológica y se convierte en una escena conocida, casi doméstica, donde cada gesto tiene antecedentes y cada palabra ya fue pronunciada en otro tiempo, bajo otro régimen, con otro uniforme.

La tarde en que el Congreso argentino debatía la reforma laboral mientras afuera se desplegaba la represión no fue una excepción. Fue un método. Y Saramago lo había descrito con la precisión amarga de quien entiende que el poder, cuando se siente incomprendido, no dialoga: clasifica, vigila y castiga.

En Ensayo sobre la lucidez, el gesto es mínimo y devastador: la mayoría vota en blanco. No incendian nada. No asaltan palacios. No organizan un golpe. Depositan un papel vacío en una urna. Y ese vacío, ese silencio activo, desencadena la maquinaria.

Lo que sigue en la novela no es fantasía distópica. Es pedagogía del poder.

Y si uno mira con atención la Argentina y América Latina de 2026, descubre que la ficción fue, apenas, una advertencia ignorada.

Traducción administrativa: cuando el desacuerdo se vuelve “anomalía”

Lo primero que hace el gobierno en Ensayo sobre la lucidez no es pegar, ni prohibir, ni salir con la sirena encendida a fabricar mártires y culpables: lo primero que hace —y ahí está la crueldad elegante del dispositivo— es sentarse alrededor de una mesa, desplegar papeles, ordenar cifras, llamar “incidencia” a lo que es un grito y “irregularidad” a lo que es una decisión ética, porque Saramago entiende que el poder no comienza siendo brutal, comienza siendo razonable en el peor sentido de la palabra, esa razonabilidad administrativa que no pregunta por el significado sino por el procedimiento, que no escucha el síntoma sino que busca inmediatamente el formulario con el que se lo puede archivar, encuadrar, domesticar, y así, mientras los ministros se miran con esa mezcla de perplejidad y fastidio que tienen los burócratas cuando la realidad se les sale del casillero, la pregunta que flota en el aire no es “¿qué nos está diciendo la gente?”, sino “¿qué hacemos con esto?”, como si un voto en blanco masivo fuese una falla del sistema, un error de cálculo, una perturbación estadística que debe corregirse en el próximo informe.

En esa escena, que podría parecer menor si una no supiera cómo se cocina el autoritarismo en tiempos de democracia, la democracia se revela no como promesa sino como trámite, no como conversación pública sino como ritual con instrucciones, y el voto —que en teoría debería ser un idioma— queda reducido a un dato, a un porcentaje anómalo que amenaza el equilibrio contable del poder; ahí Saramago es implacable porque no necesita inventar un monstruo, le alcanza con exhibir el mecanismo: cuando el desacuerdo no puede ser interpretado como demanda, se interpreta como disfunción, y cuando no puede ser atendido como conflicto político, se procesa como desorden técnico, que es una manera sofisticada de negar al ciudadano sin necesidad de decirlo.

En América Latina conocemos demasiado bien esa traducción, porque aquí el conflicto siempre llega con su cuerpo —con su hambre, su bronca, su memoria, su precariedad— y el poder siempre intenta devolverlo sin cuerpo, convertido en lenguaje de expediente, en vocabulario de consultora, en ese dialecto sin sangre que habla de “reformas necesarias” como quien habla del clima, de “adecuación a los tiempos” como si el tiempo fuera un dios neutral y no una maquinaria de intereses, de “modernización” como si modernizar fuese sinónimo de justicia y no, tantas veces, de despojo; por eso, cuando en Argentina 2026 la reforma laboral se presenta como “actualización del mercado de trabajo”, lo que se está haciendo no es describir una política pública, se está construyendo un marco interpretativo donde la pérdida de derechos no aparece como pérdida sino como ajuste inevitable, donde la conflictividad social no aparece como disputa de poder entre capital y trabajo sino como obstáculo cultural —la famosa “rigidez”, el “costo argentino”, la “industria del juicio”, los “privilegios”—, y en ese punto la traducción administrativa funciona con la eficacia de una anestesia: si lo que ocurre es técnico, entonces quien protesta no discute, estorba; si lo que se decide es inevitable, entonces quien resiste no defiende su vida, atrasa.

La operación es vieja y, por lo mismo, casi perfecta: al desempleo se lo nombra “reacomodamiento”, al despido se lo llama “flexibilidad”, a la caída del salario real se la disfraza de “competitividad”, a la erosión de convenios colectivos se la viste de “incentivo a la inversión”, y lo que era un drama con nombres y apellidos —la madre que no llega a fin de mes, el pibe que encadena trabajos basura, el jubilado que vuelve a laburar porque la pensión es un chiste cruel— pasa a ser un set de indicadores que se discuten en un PowerPoint, de modo que la política, que debería hacerse cargo de la vida, se concentra en administrar variables, y el lenguaje, que debería servir para nombrar injusticias, se convierte en una tecnología de borramiento: ya no hay víctimas, hay estadísticas; ya no hay cuerpos cansados, hay “mercado”; ya no hay relaciones de explotación, hay “incentivos”.

Desde una perspectiva de clase, este primer engranaje de la maquinaria es decisivo porque produce una inversión moral: quienes pierden herramientas de defensa colectiva —organización sindical, estabilidad, protección frente al despido, condiciones mínimas— son presentados como parte de un problema sistémico que debe “corregirse”, mientras los beneficiarios de la corrección aparecen como agentes de progreso, y así el conflicto se despolitiza con una sonrisa, como si la desigualdad fuera un malentendido administrativo y no la columna vertebral del modelo; pero si una mira con ojos de género, la traducción se vuelve todavía más cruel porque no “impacta” igual sobre todos los cuerpos, y esa es la parte que el informe jamás subraya, por la sencilla razón de que subrayarla sería admitir que el costo tiene dirección: en los bordes del trabajo formal, en las tareas de cuidado no remuneradas, en la informalidad que sostiene economías enteras, las mujeres cargan históricamente con el ajuste, y cuando se flexibiliza, se terceriza, se precariza, se recorta, la libertad de mercado no cae del cielo sobre un sujeto neutro, cae sobre mujeres concretas que ya estaban sosteniendo hogares con lo mínimo, que ya estaban multiplicando horas invisibles, que ya estaban siendo disciplinadas por la doble moral de la “buena madre” y la “buena trabajadora”, y sin embargo en el lenguaje oficial no existen “mujeres precarizadas”, existen “tasas”, “segmentos”, “variables”, como si la vida fuese un cuadro de Excel y no una cuerda que se tensa hasta romperse.

Y si se afila todavía más la mirada, aparece el pliegue racial que la traducción administrativa prefiere no pronunciar porque pronunciarlo sería romper el mito de neutralidad: en la Argentina real —y en la América Latina real— la precariedad tiene color, barrio, acento, origen, y las comunidades migrantes, indígenas, afrodescendientes, y también las mayorías morenas que el relato nacional insiste en blanquear, suelen estar sobrerrepresentadas en los trabajos peor pagos, más inestables, más explotados, esos que el discurso llama “empleos de baja calificación” como si la calificación fuese natural y no resultado de una estructura social que decide quién merece qué; por eso, cuando la reforma se enuncia como modernización, y el conflicto se trata como anomalía, lo que se está haciendo —sin decirlo, que es siempre lo más eficaz— es administrar quién queda expuesto, quién se vuelve descartable, quién puede ser sacrificado en nombre de la eficiencia.

La traducción administrativa, en suma, no es un paso previo inocente: es el umbral donde se decide si la democracia va a escuchar o va a empezar a cazar, porque cuando el poder nombra el desacuerdo como irregularidad, ya está preparando el terreno para el siguiente movimiento, que siempre llega con el mismo gesto: si no puedo comprenderte como ciudadano, entonces voy a reconfigurarte como amenaza, y cuando eso ocurre, cuando el conflicto insiste en reaparecer y no acepta ser archivado, la maquinaria avanza —y avanza, justamente, porque ya logró lo más importante: borrar los cuerpos antes de tocarlos.

Securitización: cuando el desacuerdo se convierte en riesgo

Y entonces, cuando la traducción administrativa ya no alcanza, cuando el expediente no logra domesticar lo que insiste en respirar como conflicto, el poder hace lo que siempre hace cuando la técnica fracasa: invoca la seguridad, ese lenguaje que parece neutro pero que en realidad es un arma retórica de alto calibre, porque allí donde la política requiere interpretación y disputa, la seguridad impone diagnóstico y contención, y lo que hasta ayer era una diferencia legítima pasa a ser descrito como amenaza, no porque haya cambiado su naturaleza, sino porque el Estado ha decidido desplazarlo de un campo a otro, reubicándolo en el terreno donde la fuerza ya no necesita justificarse con argumentos sino con protocolos.

En Ensayo sobre la lucidez, el Ministerio del Interior comienza a hablar de “grave atentado a la estabilidad democrática”, y la frase no es casual ni exagerada: es el momento exacto en que un acto legal —votar en blanco— deja de ser leído como mensaje político y comienza a ser interpretado como desestabilización, y esa torsión semántica es decisiva porque convierte a ciudadanos en sospechosos sin necesidad de acusarlos explícitamente, instala la idea de que hay algo oculto detrás de la decisión colectiva, una mano invisible, una coordinación secreta, una intencionalidad oscura que debe ser descubierta, y así la democracia, que debería sostenerse en la pluralidad, empieza a pensarse a sí misma como un organismo que necesita defenderse de sus propios miembros.

La seguridad, en ese punto, ya no acompaña a la política: la reemplaza.

Y eso es exactamente lo que está ocurriendo en el Congreso. La discusión sobre el nuevo marco jurídico laboral no es técnica ni neutra: es una discusión que busca redefinir la distribución del poder entre capital y trabajo, modificar derechos adquiridos y debilitar herramientas colectivas de negociación. Es, en esencia, una disputa estructural sobre quién decide, quién gana y quién pierde en el mundo del trabajo.

Sin embargo, esa discusión es desplazada. En lugar de debatirse en profundidad sus posibles perjuicios y beneficios —en lugar de explicarse con claridad qué implican estos cambios para la vida concreta de millones de personas— el foco se corre hacia la escena exterior. La ley queda en segundo plano y lo que ocupa el centro es la postal del conflicto: las vallas, los gases, las corridas, los “encapuchados”, el fuego repetido en bucle.

Y esa escena no es casual. La discusión se da en medio de protestas porque una parte significativa de la población no está de acuerdo con estas modificaciones. Pero, en vez de indagar en las razones de ese desacuerdo, en vez de escuchar los argumentos de quienes cuestionan la reforma, lo que se muestra es el fragmento más espectacularizable del conflicto. Los que están detrás de la valla, los que reciben los gases, los que corren, son convertidos en imagen antes que en voz.

Así, lo central deja de ser la ley debatida y pasa a ser lo que sucede afuera. El conflicto social es presentado como desorden antes que como disenso político. Y en ese movimiento, los medios de comunicación —según su línea editorial e ideológica— recortan el malestar social del modo más funcional a su narrativa: se elige el exabrupto antes que la argumentación sólida, el gesto desbordado antes que el análisis razonado, la escena más tensa antes que la explicación compleja.

No se examina el contenido de la reforma con el mismo énfasis con el que se examina la reacción social. Y así, el desacuerdo se vuelve sospecha, la protesta se vuelve amenaza, y la redistribución del poder que está en juego queda fuera de cuadro.

No importa que la mayoría se manifieste de forma pacífica, que la movilización sea amplia, que los reclamos sean explícitos y públicos. La securitización no necesita mayoría; necesita imagen. Necesita una secuencia que pueda condensar el sentido y desplazar la conversación; necesita que la discusión jurídica se diluya en la urgencia policial, que la ley pase a segundo plano y que el foco se concentre en el disturbio. Porque cuando el eje narrativo se mueve del contenido normativo hacia el enfrentamiento callejero, la pregunta deja de ser “¿qué implica esta reforma?” y pasa a ser “¿cómo restauramos el orden?”, y en ese desplazamiento el poder gana terreno sin necesidad de convencer.

América Latina ha visto esta operación repetirse con variaciones mínimas. En Chile, en 2019, la evasión estudiantil que abrió la grieta del estallido fue leída inicialmente como vandalismo antes que como síntoma estructural de un modelo agotado; en Colombia, en 2021, la oposición a una reforma tributaria fue respondida con despliegue militar, como si la discusión fiscal fuera equivalente a una amenaza armada; en Perú, la protesta regional y campesina ha sido sistemáticamente interpretada como desestabilización, como si la demanda de representación territorial fuera un riesgo para la integridad del Estado. El mecanismo es idéntico en todos los casos: cuando la política incomoda, la seguridad ocupa el lugar del diálogo y el desacuerdo deja de ser interlocución para convertirse en incidente.

Pero la securitización no actúa en abstracto; tiene cuerpo, y el cuerpo no es neutro.

Desde una perspectiva de género, el encuadre securitario produce una deslegitimación específica de la presencia femenina en el espacio público, porque cuando las mujeres marchan, organizan, gritan, sostienen pancartas, no son leídas simplemente como ciudadanas en ejercicio de un derecho, sino como “agitadoras”, “manipuladas”, “instrumentalizadas”: categorías que buscan erosionar su autonomía política y devolverlas simbólicamente al ámbito privado, ese territorio donde históricamente se las confinó bajo la promesa de protección. La securitización, en ese sentido, no solo criminaliza la protesta, sino que reinscribe una jerarquía de género que decide qué cuerpos pueden ocupar la calle sin sospecha y cuáles deben justificar su presencia.

Y si la mirada se desplaza hacia la dimensión racial y de clase, la selección se vuelve todavía más evidente, porque el rostro de la amenaza rara vez coincide con el de la élite; suele ser joven, moreno, periférico, vestido de una forma que los medios ya han aprendido a codificar como sinónimo de riesgo. Así, la seguridad se ejerce selectivamente, reforzando desigualdades preexistentes bajo el argumento de proteger la institucionalidad, como si el orden fuera un bien homogéneo y no un privilegio distribuido de manera desigual. La figura del “violento” no surge del vacío: se construye a partir de imaginarios que combinan pobreza, juventud y racialización, y esa construcción legitima intervenciones que difícilmente se aplicarían con la misma intensidad sobre otros cuerpos.

Saramago entendió con claridad que la securitización no comienza con tanques en la calle, sino con palabras en una reunión ministerial, con la decisión de nombrar el desacuerdo como amenaza, y que, una vez que ese nombramiento se instala, todo lo que sigue parece lógico, incluso inevitable: la vigilancia, la identificación de culpables, la expansión de facultades policiales, la restricción de derechos en nombre de la estabilidad. Lo que estamos viviendo en este lado del Río de la Plata, como en buena parte de América Latina, es que la seguridad se ha convertido en el lenguaje preferido para clausurar la discusión social, y el derecho a la protesta —que debería ser garantía democrática— se reconfigura como concesión condicionada a la tranquilidad.

En ese punto, la maquinaria ya no necesita convencer; necesita administrar el miedo.

Y cuando el miedo se administra, la democracia comienza a parecerse peligrosamente a aquello que dice combatir.

La producción del enemigo interno

Otro momento del texto de Saramago en el que el poder cruza una línea que ya no tiene retorno, y no lo hace con un disparo ni con un decreto de excepción, lo hace con una sospecha, porque para el gobierno resulta insoportable admitir que la lucidez pueda ser espontánea, que no exista comité clandestino, ni cerebro rector, ni financiamiento extranjero, ni plan secreto que explique el gesto masivo de votar en blanco, y entonces, como quien necesita cerrar una ecuación cuya incógnita lo desborda, comienza a fabricar una respuesta, no porque la haya encontrado sino porque la necesita, y así la pregunta deja de ser “¿qué hemos hecho para que la ciudadanía nos rechace?” y se transforma en “¿quién está detrás?”, desplazando el eje de la responsabilidad hacia una trama invisible que permita conservar intacta la legitimidad propia.

El enemigo interno no surge como diagnóstico, surge como necesidad.

Aceptar que el desacuerdo es orgánico implicaría reconocer que la falla está en la estructura, y eso el poder no lo tolera. Por eso inventa infiltraciones, articula hipótesis de conspiración, imagina redes subterráneas. Saramago muestra, con una ironía implacable, cómo los funcionarios buscan un rostro para el miedo, un nombre propio para la inquietud, un expediente para la angustia institucional, como si la ciudadanía no pudiera pensar por sí misma y necesitara siempre ser conducida por una voluntad oscura que la manipule.

En la Argentina actual, el gesto es inquietantemente similar: el discurso oficial no habla de trabajadores preocupados por la reforma laboral ni de sindicatos defendiendo derechos; habla de “grupos organizados”, de “violencia premeditada”, de “izquierda radical”. No describe una protesta: la encapsula en un campo de sospecha. El reclamo deja de ser expresión política y pasa a ser parte de un plan coordinado cuyo objetivo sería desestabilizar.

En esa operación ocurre algo decisivo: el conflicto estructural se vacía de contenido y se llena de intención maligna. La desigualdad deja de ser problema; el problema pasa a ser quien la señala. La reforma deja de discutirse por sus efectos materiales; se discute la legitimidad de quienes la cuestionan. Y una vez instalado ese desplazamiento, la ampliación de facultades, el endurecimiento de protocolos y la restricción de derechos aparecen como respuestas lógicas, casi inevitables. La excepción ya no se percibe como ruptura, sino como protección.

El enemigo interno, además, no es una figura abstracta. Tiene clase, tiene color, tiene género. Suele coincidir con el trabajador organizado, con el sindicato que incomoda, con la asamblea que desafía la lógica individualista del mercado. Suele tener rostro joven, moreno, periférico, moldeado por imaginarios mediáticos que asocian pobreza con amenaza. Y cuando es mujer —cuando es feminista, cuando vincula precarización económica con desigualdad en los cuidados— su palabra es reducida a exceso emocional antes que reconocida como crítica política.

Nombrar al enemigo no solo simplifica la escena: reorganiza la sociedad en torno al miedo. Divide entre “gente de bien” y “radicales”, entre “ciudadanos responsables” y “violentos”, debilitando la solidaridad horizontal y reforzando la verticalidad del poder.

En la novela, el poder necesita afirmar que la lucidez no es libre sino inducida. En nuestra realidad, admitir que amplios sectores sociales rechazan determinadas políticas implicaría reconocer un desacople profundo entre representación y vida material. Y eso resulta más inquietante —y más costoso— que cualquier conspiración.

El enemigo interno, entonces, no describe al adversario: lo fabrica.

El enemigo interno, entonces, no describe al adversario: lo fabrica.

Y al fabricarlo transforma la democracia en un campo de sospecha permanente, donde el desacuerdo deja de ser derecho y se convierte en indicio; donde la crítica deja de ser ejercicio ciudadano y pasa a ser señal de alarma; y donde la política, que debería organizar la convivencia entre diferencias, se desliza hacia una lógica de persecución que necesita siempre nuevos nombres para sostener su coherencia.

Porque, una vez que el poder aprende a cazar, ya no puede permitirse que el silencio sea solo silencio: debe convertirlo en amenaza o admitir que la lucidez no necesita permiso para existir.

La realidad supera la ficción

Saramago imaginó espías que escuchaban conversaciones triviales como si descifraran códigos secretos, imaginó interrogatorios que no buscaban hechos sino intenciones, imaginó detectores de mentiras que convertían el cuerpo en territorio de sospecha, imaginó estados de sitio que no se proclamaban como tales pero operaban con la eficacia de una suspensión tácita de derechos. Y, sin embargo, lo verdaderamente perturbador es que aquello que en la novela aparecía como exageración alegórica hoy resulta casi modesto frente a la sofisticación con la que las democracias latinoamericanas administran el control. La maquinaria contemporánea ya no necesita botas resonando en la madrugada ni proclamas militares transmitidas por cadena nacional; le alcanzan protocolos, resoluciones, dispositivos tecnológicos, decretos redactados en un lenguaje aparentemente neutro que, sin estridencia, reconfigura la relación entre Estado y ciudadanía.

En América Latina la vigilancia ya no se limita a la presencia física del agente infiltrado. Se expande en capas invisibles: monitoreo digital, recolección masiva de datos, análisis algorítmico de comportamientos, identificación de liderazgos en redes sociales, rastreo de conversaciones públicas y privadas susceptibles de ser reinterpretadas como indicios de organización subversiva. En esa expansión, la frontera entre seguridad y control se diluye hasta que la vida cotidiana queda expuesta a una mirada permanente que no necesita declararse excepcional para serlo. Su normalización es precisamente su eficacia. El ciudadano ya no es interrogado en un sótano: es perfilado en una base de datos. No es acusado de mentir ante un polígrafo: es clasificado por patrones predictivos que determinan su grado de riesgo. La ficción del detector de mentiras se convierte así en la realidad del análisis anticipatorio.

Los protocolos antipiquetes, aplicados con frecuencia creciente en distintos países de la región, no son meros dispositivos de ordenamiento del tránsito. Son declaraciones implícitas sobre qué presencias son tolerables en el espacio público y cuáles deben ser dispersadas. Cuando una manifestación se enmarca de antemano como foco potencial de violencia; cuando se establecen cercos, zonas vedadas, identificaciones preventivas; cuando la presunción de inocencia cede ante la presunción de conflicto, lo que opera no es solo una estrategia de seguridad, sino una redefinición del derecho a la protesta como concesión condicionada y no como garantía constitucional.

La criminalización preventiva —que permite detener antes de que el delito se configure plenamente o imputar figuras amplias como “intimidación pública” o “atentado contra la autoridad” en contextos de movilización— cumple una función similar a la del enemigo interno en la novela: desplaza la discusión del contenido político del reclamo hacia la conducta individual del manifestante, fragmenta la dimensión colectiva del conflicto en causas penales aisladas y transforma a sujetos políticos en sujetos procesales. La protesta deja de ser fenómeno social y se convierte en suma de expedientes. Y cada expediente funciona como advertencia para quienes observan.

El discurso de guerra interna, que reaparece con variaciones retóricas, ya no necesita invocar explícitamente al “subversivo” o al “terrorista” como en los años más oscuros de la región. Puede hablar de “violentos”, “radicalizados”, “extremistas”, “desestabilizadores”: términos que conservan la carga de amenaza sin recurrir a la terminología histórica más explícita. Así, la memoria autoritaria se actualiza bajo formas discursivas adaptadas al presente, manteniendo intacta la lógica binaria que divide a la sociedad entre quienes sostienen el orden y quienes lo ponen en peligro.

Lo inquietante no es solo la existencia de estos mecanismos, sino su inserción dentro de marcos legales formales. La maquinaria no se presenta como ruptura del Estado de derecho, sino como su defensa. Y en esa inversión reside su eficacia. El estado de excepción no siempre se declara: se administra. No se proclama como suspensión de garantías: se introduce como ampliación de facultades. No se legitima como autoritarismo: se justifica como respuesta proporcional a riesgos percibidos. La excepcionalidad deja de ser acontecimiento extraordinario para convertirse en condición latente, activable ante cualquier señal de desorden.

No estamos, en la mayoría de los casos, frente a dictaduras que suprimen abiertamente elecciones o clausuran parlamentos. Estamos frente a democracias que conservan sus rituales mientras erosionan sus contenidos; que mantienen la estructura formal mientras redefinen los márgenes de participación; que permiten votar pero restringen la capacidad real de incidir; que toleran la crítica siempre que no altere la dirección estratégica del modelo. La ruptura no ocurre de golpe. Se produce por acumulación: pequeñas ampliaciones de facultades, pequeñas restricciones normalizadas, pequeñas resignaciones presentadas como inevitables.

Saramago no escribió un manual de conspiraciones, sino una anatomía del vaciamiento. Mostró cómo la democracia puede defenderse de su propio pueblo en nombre de su estabilidad; cómo puede interpretar la desafección como amenaza en lugar de como síntoma; cómo puede convertir la legalidad en herramienta de disciplinamiento sin abandonar su fachada institucional. En ese sentido, su novela funciona menos como profecía que como cartografía: un mapa de las estaciones por las que transita la maquinaria antes de consolidarse —traducción, securitización, producción del enemigo, excepcionalidad, propaganda, desgaste del sentido común.

La realidad latinoamericana no replica la ficción de manera idéntica. La supera en complejidad tecnológica y en sofisticación jurídica. Pero confirma su intuición central: el deterioro democrático no siempre se anuncia con estridencia; a menudo se disfraza de gestión eficiente, de necesidad técnica, de protección ciudadana. Solo cuando se observa el conjunto se advierte que el espacio de disenso se ha estrechado, que el margen de acción colectiva se ha reducido, que la política ha cedido terreno ante la administración del miedo.

La pregunta, entonces, no es si la maquinaria existe —su funcionamiento puede rastrearse en discursos, normativas y prácticas—. La pregunta es si estamos dispuestos a reconocerla cuando se presenta bajo formas familiares, cuando se reviste de lenguaje moderado, cuando invoca la seguridad como valor supremo. Porque la lucidez —esa palabra que en la novela desencadena la cacería— no consiste en gritar consignas, sino en advertir las transformaciones antes de que se consoliden, en percibir el desplazamiento de la política hacia el control antes de que el control se naturalice.

La lucidez incomoda porque obliga a interrogar la normalidad, a preguntarse cuándo el procedimiento reemplazó al debate, cuándo la protección se convirtió en vigilancia, cuándo la estabilidad justificó la restricción. Sin esa incomodidad, el miedo se instala como hábito y la sospecha como reflejo, hasta que la costumbre termina por aceptar como paisaje aquello que en otro momento habría sido escándalo.

La ficción señaló el trayecto.

La realidad lo recorre.

Y lo verdaderamente decisivo no es si el mapa es exacto en cada detalle, sino si advertimos que el camino ya está siendo transitado.

  • Foto del avatar

    Melina Schweizer

    Melina Schweizer es periodista, escritora, compositora y poeta dominicana naturalizada argentina, fundadora y editora de infonegro.com. Coeditó y coordinó la antología Aquelarre de Negras (2021), actualmente en su primera edición impresa, y en 2022 recibió una mención especial en los Premios Lola Mora por su trabajo periodístico en defensa de los derechos de las mujeres. Es autora de la novela El mundo de Laurita: el secreto del museo antártico (2026).

    Related Posts

    Motosierra para jubilados, Cybertruck para libertarios

    El escándalo del Tesla de $300 millones del diputado libertario Manuel Quintar expuso mucho más que ostentación personal. Denuncias por negocios con PAMI y ANDIS, privatizaciones aceleradas y fuga récord…

    Vaca Muerta acelera bajo el RIGI: YPF anuncia una inversión récord de USD 25.000 millones

    YPF presentó el proyecto de inversión más grande desde la creación del RIGI y apuesta a convertir a Vaca Muerta en una plataforma exportadora global. El plan promete generar más…

    Deja una respuesta

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

    You Missed

    Fin de mayo anticipado: los astros meten presión y nadie sale ileso

    Fin de mayo anticipado: los astros meten presión y nadie sale ileso

    Motosierra para jubilados, Cybertruck para libertarios

    Motosierra para jubilados, Cybertruck para libertarios

    Vaca Muerta acelera bajo el RIGI: YPF anuncia una inversión récord de USD 25.000 millones

    Vaca Muerta acelera bajo el RIGI: YPF anuncia una inversión récord de USD 25.000 millones

    Milei desactiva el swap con China y resigna USD 4.400 millones de poder de fuego financiero

    Milei desactiva el swap con China y resigna USD 4.400 millones de poder de fuego financiero

    Comer carne ya es un lujo: el consumo cayó casi 7% y el salario no alcanza

    Comer carne ya es un lujo: el consumo cayó casi 7% y el salario no alcanza

    La crisis llegó al campo: 70% de pobreza entre familias campesinas

    La crisis llegó al campo: 70% de pobreza entre familias campesinas

    Jorge Macri salvó la ampliación presupuestaria con Larreta y pactó el RIGI que exigía Milei

    Jorge Macri salvó la ampliación presupuestaria con Larreta y pactó el RIGI que exigía Milei

    Caputo privatiza rutas por 20 años con peajes más caros y denuncias de obras mínimas

    Caputo privatiza rutas por 20 años con peajes más caros y denuncias de obras mínimas

    La Cámpora recuperó la llave de los jueces y el peronismo bonaerense evitó partirse en vivo

    La Cámpora recuperó la llave de los jueces y el peronismo bonaerense evitó partirse en vivo

    Las que se quedan

    Las que se quedan

    Patricia ya le reza al cadáver político de Milei mientras Adorni se hunde en vivo

    Patricia ya le reza al cadáver político de Milei mientras Adorni se hunde en vivo

    El GUR ucraniano usa combatientes latinoamericanos para vender drogas en Europa

    El GUR ucraniano usa combatientes latinoamericanos para vender drogas en Europa

    El peronismo se quebró en el Senado y salvó a Mahiques con una mayoría aplastante

    El peronismo se quebró en el Senado y salvó a Mahiques con una mayoría aplastante

    Washington llamó al verdadero presidente: Santiago Caputo viajó de urgencia por el derrumbe libertario

    Washington llamó al verdadero presidente: Santiago Caputo viajó de urgencia por el derrumbe libertario

    Bullrich ya entrega cadáveres políticos: «Si quieren matar a Adorni, mátenlo»

    Bullrich ya entrega cadáveres políticos: «Si quieren matar a Adorni, mátenlo»

    “Nuestra hermana aguafiestas”: un club de lectura retoma la novela afrofeminista de Ama Ata Aidoo

    “Nuestra hermana aguafiestas”: un club de lectura retoma la novela afrofeminista de Ama Ata Aidoo

    El nuevo orden mundial y la Argentina subordinada: Milei se entrega al poder sionista a cambio de nada

    El nuevo orden mundial y la Argentina subordinada: Milei se entrega al poder sionista a cambio de nada

    Sturzenegger se enojó con la ANMAT porque no le aprobaron un aerosol «anti mufa» para el Mundial

    Sturzenegger se enojó con la ANMAT porque no le aprobaron un aerosol «anti mufa» para el Mundial

    La morosidad de las familias alcanzó un nuevo récord desde 2004: el 11,5% de los deudores bancarios no paga

    La morosidad de las familias alcanzó un nuevo récord desde 2004: el 11,5% de los deudores bancarios no paga

    ARGENTINA NEGRA: EL LIBRO QUE ROMPE EL MITO DEL BORRAMIENTO

    ARGENTINA NEGRA: EL LIBRO QUE ROMPE EL MITO DEL BORRAMIENTO

    De diputada libertaria a troll judicializado: Lilia Lemoine y el caso Ian Moche

    De diputada libertaria a troll judicializado: Lilia Lemoine y el caso Ian Moche

    Generación Z frente a la IA: productividad extrema, dependencia digital y el riesgo de perder el pensamiento crítico

    Generación Z frente a la IA: productividad extrema, dependencia digital y el riesgo de perder el pensamiento crítico

    Inflación al 2,6%: bajan los precios, sube el ajuste

    Inflación al 2,6%: bajan los precios, sube el ajuste

    El Gobierno rodeó el INTI con gendarmes para frenar un acto de apoyo de industriales pyme

    El Gobierno rodeó el INTI con gendarmes para frenar un acto de apoyo de industriales pyme

    Médicos argentinos viajan a Ginebra para frenar la salida de la OMS

    Médicos argentinos viajan a Ginebra para frenar la salida de la OMS

    La guerra con Irán condiciona la cumbre entre Trump y Xi Jinping mientras se enfrían las negociaciones de paz

    La guerra con Irán condiciona la cumbre entre Trump y Xi Jinping mientras se enfrían las negociaciones de paz

    Cuba estalla en protestas por cortes de luz de hasta 22 horas mientras el bloqueo de Trump ahoga la isla

    Cuba estalla en protestas por cortes de luz de hasta 22 horas mientras el bloqueo de Trump ahoga la isla