La violencia contra mujeres y niñas exige respuestas urgentes, pero ninguna causa justa se fortalece cuando simplifica la realidad. En el debate abierto por una campaña difundida en el marco de Ni Una Menos, reaparece una pregunta incómoda: ¿es posible educar para erradicar la violencia sin convertir a los niños en sospechosos por el solo hecho de ser varones? Entre el activismo, el marketing y las disputas simbólicas, lo que está en juego no es un eslogan, sino la forma en que imaginamos nuestras infancias.
La imagen parece sencilla. Un cartel rosa. Una frase tachada. Otra destacada en letras más grandes. “Protegé a tu hija” aparece anulada visualmente. “Educá a tu hijo” ocupa el centro de la escena. El mensaje, difundido en el contexto de una nueva movilización de Ni Una Menos y acompañado por otras placas vinculadas al caso de Agostina Vega, busca interpelar a la sociedad frente a la violencia machista. Sin embargo, la potencia de un mensaje no garantiza su precisión política ni su profundidad ética.
La cuestión no es negar la existencia de la violencia de género. Los datos son contundentes. Las mujeres siguen siendo víctimas de múltiples formas de violencia, los femicidios continúan siendo una problemática grave y las desigualdades estructurales persisten. El problema aparece cuando un discurso que pretende cuestionar una estructura termina reproduciendo otra lógica simplificadora: la de asignar atributos morales a identidades completas.
El cartel propone una operación simbólica clara. Ya no hay que proteger a las niñas; hay que educar a los niños. En apariencia, la frase busca desplazar el foco desde la víctima hacia la prevención. Sin embargo, el modo en que está construida genera una asociación inevitable: el peligro estaría contenido en el hijo varón. El problema deja de ser un sistema complejo de relaciones sociales para concentrarse en un sujeto específico.
Desde una lectura semiótica, la frase funciona por oposición. La niña aparece como sujeto vulnerable; el niño, como sujeto potencialmente peligroso. No se afirma de manera explícita, pero se sugiere mediante la estructura misma del mensaje. El efecto discursivo es importante porque los significados no se producen únicamente por lo que se dice, sino también por aquello que se insinúa.

Aquí aparece una pregunta fundamental: ¿qué sucede cuando una campaña destinada a combatir estereotipos termina creando otros?. La filósofa afroestadounidense bell hooks dedicó buena parte de su obra a reflexionar sobre la educación como práctica de libertad. Para ella, el pensamiento crítico exige cuestionar las narrativas dominantes y rechazar explicaciones simplistas de fenómenos complejos. Enseñar implica desarrollar la capacidad de formular preguntas, examinar distintos puntos de vista y comprender las relaciones de poder que atraviesan la realidad.
Desde esa perspectiva, una pedagogía emancipadora no puede partir de la sospecha identitaria. La educación crítica no consiste en señalar culpables predeterminados, sino en comprender los mecanismos sociales que producen determinadas conductas. Si la violencia es un fenómeno cultural, entonces la tarea educativa no puede reducirse a corregir individuos aislados. Debe analizar las estructuras que moldean subjetividades, relaciones y jerarquías.
La campaña parece sugerir que la solución se encuentra en el niño. Sin embargo, los propios estudios contemporáneos sobre violencia muestran que los comportamientos violentos no emergen espontáneamente de la biología. Son el resultado de procesos de socialización, contextos familiares, desigualdades económicas, experiencias traumáticas, modelos culturales y estructuras institucionales.
En ese punto, las reflexiones de Gabor Maté resultan especialmente relevantes. En El mito de la normalidad, el médico canadiense cuestiona la tendencia contemporánea a explicar los problemas humanos exclusivamente a partir del individuo. Su tesis central sostiene que muchas conductas y sufrimientos que solemos interpretar como fallas personales son, en realidad, respuestas adaptativas a contextos sociales profundamente dañinos.
Maté insiste en que la cultura produce subjetividades. Las personas no nacen aisladas del mundo que las rodea. Se forman dentro de sistemas de creencias, estructuras económicas, instituciones educativas y relaciones afectivas. Por eso advierte que aquello que una sociedad considera “normal” merece ser examinado críticamente.
Aplicado a este debate, el planteo es evidente. La pregunta no debería ser qué tienen los niños varones, sino qué tipo de sociedad estamos construyendo para que determinadas formas de violencia sigan reproduciéndose generación tras generación.
La diferencia no es menor. Una mirada coloca el problema en la identidad masculina. La otra lo ubica en las estructuras culturales.
Desde una perspectiva afrofeminista, esta distinción adquiere una importancia aún mayor. Las tradiciones afrofeministas latinoamericanas y caribeñas han cuestionado históricamente los esencialismos. El racismo colonial se construyó precisamente sobre la idea de que ciertas características morales estaban determinadas por la pertenencia a un grupo. Durante siglos se afirmó que las personas negras eran naturalmente violentas, primitivas o peligrosas. Esos discursos justificaron exclusiones, persecuciones y sistemas enteros de dominación.
Por esa razón, muchas pensadoras afrodescendientes han advertido sobre los riesgos de cualquier narrativa que convierta una identidad en destino.
No se trata de establecer equivalencias entre fenómenos distintos. Se trata de reconocer una lógica común. Cada vez que una categoría humana es presentada como portadora potencial de una conducta negativa, aparece el peligro de la estigmatización.
Un niño no es un agresor en potencia por tener pene. Del mismo modo que una niña no es una víctima inevitable por haber nacido mujer.
Las personas se construyen en relación con sus contextos.
La paradoja es que el propio movimiento feminista ha producido herramientas conceptuales mucho más sofisticadas que las que expresa el cartel. Desde hace décadas, los estudios de género sostienen que las masculinidades son construcciones históricas, sociales y culturales. Si son construcciones, entonces pueden transformarse. Pero justamente porque son construcciones, no pueden reducirse a una esencia biológica.
Cuando un mensaje deja de hablar de estructuras y comienza a sugerir atributos ligados al sexo, corre el riesgo de acercarse peligrosamente a aquello que pretende combatir.
El cartel no circula simplemente como una imagen aislada. Forma parte de un ecosistema comunicacional atravesado por redes sociales, algoritmos, activismos digitales y nuevas formas de intervención política visual. Proyectos como Mona Tinta o HARTA trabajan precisamente en ese territorio donde ilustración, militancia, arte y disputa cultural se entrelazan para producir sentidos sobre problemáticas urgentes. La cuestión, por lo tanto, no pasa por cuestionar la legitimidad de la causa ni el compromiso político de quienes producen estas piezas. La pregunta es otra: ¿qué ocurre cuando una estrategia de concientización termina alimentando una polarización que desplaza el debate desde la violencia hacia una disputa identitaria que beneficia a quienes buscan desacreditar las luchas feministas?
Las redes sociales premian la velocidad, la condensación y el impacto emocional. Una imagen debe detener el desplazamiento constante de la pantalla en pocos segundos. Una frase debe ser comprendida instantáneamente y transformarse en contenido compartible. Cuanto más simple es una consigna, mayor capacidad tiene para circular. Pero esa misma lógica suele empobrecer la complejidad de los fenómenos que intenta denunciar. Lo que se gana en alcance muchas veces se pierde en profundidad.
Las luchas sociales contemporáneas enfrentan entonces un desafío paradójico. Para existir dentro de un entorno comunicacional saturado necesitan sintetizar demandas complejas en mensajes breves y visualmente potentes. Sin embargo, cuando esa síntesis se vuelve excesiva, el riesgo es que el debate deje de centrarse en las estructuras que producen la violencia y se concentre en las identidades que supuestamente la encarnan.
Allí aparece la tensión más interesante de este cartel. Su intención es denunciar una violencia real, histórica y documentada. Sin embargo, gran parte de las reacciones públicas no terminaron discutiendo la violencia contra niñas y adolescentes, los mecanismos de prevención, las responsabilidades institucionales o las políticas públicas necesarias para enfrentarla. La discusión giró rápidamente hacia otra pregunta: ¿están diciendo que todos los hombres son peligrosos?.
Y cuando eso ocurre, la campaña pierde parte de su potencia pedagógica. La atención se desplaza. La conversación se polariza. El problema original abandona el centro de la escena y el debate se transforma en una controversia sobre identidades. En lugar de preguntarnos por las condiciones sociales que producen la violencia, terminamos discutiendo quién se siente acusado por el mensaje.
Ese desplazamiento no es políticamente neutral. Las nuevas derechas han construido buena parte de su ofensiva cultural presentando al feminismo como una forma de misandria, es decir, como una ideología basada en el rechazo u odio hacia los hombres. A partir de esa operación aparecen categorías como “feminazis”, “hembrismo” o acusaciones de que los movimientos de mujeres buscan invertir las jerarquías en lugar de combatirlas. Se trata de caricaturas que distorsionan décadas de producción teórica feminista y afrofeminista. Sin embargo, cuando una campaña simplifica problemas estructurales mediante oposiciones binarias, corre el riesgo de ofrecer terreno fértil para esas lecturas reaccionarias.
Una campaña de sensibilización fracasa parcialmente cuando genera más discusión sobre su formulación que sobre la problemática que intenta visibilizar. No porque la violencia deje de existir, sino porque la energía colectiva se consume en una disputa secundaria. La pregunta deja de ser cómo transformamos las condiciones que producen violencia y pasa a ser quién tiene razón en una batalla simbólica cada vez más estéril.
La pregunta, entonces, no es si los niños deben ser educados. Toda sociedad democrática tiene la responsabilidad de educar a sus infancias en el respeto, la empatía, la igualdad y el rechazo a cualquier forma de violencia. La verdadera pregunta es si una estrategia comunicacional basada en la oposición simbólica entre hijas vulnerables e hijos potencialmente peligrosos contribuye efectivamente a esa tarea o si, por el contrario, termina reforzando la polarización que intenta combatir.
Bell hooks advertía que el pensamiento crítico exige resistirse a las respuestas fáciles y sostener una apertura radical hacia la complejidad. Una pedagogía emancipadora busca ampliar la conversación, no reducirla. Busca comprender cómo operan las relaciones de poder, cómo se construyen las masculinidades, cómo intervienen las instituciones y cómo se producen las desigualdades. No necesita enemigos esenciales para explicar fenómenos complejos.
Tal vez allí se encuentre el verdadero desafío. No en elegir entre proteger a las niñas o educar a los niños, porque ambas tareas son imprescindibles, sino en preguntarnos qué tipo de sociedad queremos construir. ¿Estamos formando ciudadanos capaces de comprender la complejidad de la violencia o simplemente consumidores de consignas diseñadas para confirmar aquello que ya creen? Porque una sociedad más consciente no es necesariamente una sociedad que grita más fuerte. Es una sociedad que piensa mejor.

























