EL CUERPO NEGRO NO PIDE PERMISO

El miércoles 7 de mayo de 2026, en el Centro Cultural Paco Urondo de la Ciudad de Buenos Aires, presentamos Aquelarre de Negras – Unidas por la lucha: un poemario colectivo afrodescendiente y antirracista impulsado por mujeres mayoritariamente dominicanas radicadas en Argentina. Hubo poesía, memoria, batucada y una conversación incómoda

A las cinco de la tarde el Caribe entró al Paco Urondo bailando Mangulina. No fue una metáfora. Fue el ballet folklórico dominicano de ADUA —la Asociación Civil de Dominicanos Unidos en Argentina— moviendo el cuerpo como si el frío de Buenos Aires no existiera, como si la nostalgia pudiera espantarse a fuerza de tambor, polleras y memoria. Después sonó Quisqueya, de Fernando Villalona, y durante unos minutos el salón dejó de ser una sala universitaria para convertirse en otra cosa: una especie de territorio suspendido donde la migración, la negritud y la pertenencia podían convivir sin pedir disculpas.

Pero incluso antes de entrar al salón ya había una declaración política.

La entrada estaba custodiada por una vieja maleta roja iluminada desde arriba por una lámpara cálida, como si alguien hubiese dejado encendida la memoria. Sobre ella descansaba la ilustración de uno de mis poemas, Vives en un espiral, intervenida por Isabella Quiñonez Trujillo —Ellie—, cuya obra volvió a demostrar que el arte afrodescendiente no necesita permiso para ocupar espacio. La maleta parecía hablar sola: migración, viaje, desarraigo, territorio, cuerpo.

Y en realidad hablaba de eso. Porque las maletas, en contextos migratorios, nunca son solamente objetos. Son archivos emocionales. Son pequeñas cápsulas donde las personas intentan guardar lo indispensable para sobrevivir cuando el mundo se vuelve hostil. En tiempos donde las políticas antiinmigrantes, las redadas migratorias y los discursos fascistas vuelven a expandirse en distintas partes del mundo, la imagen de una valija adquiere otro peso: el de los cuerpos obligados a vivir preparados para partir, esconderse o volver a empezar. Por eso esa vieja valija roja en la entrada del Paco Urondo tenía algo profundamente político.

No era solamente una instalación artística inspirada en Vives en un espiral. Era también una imagen sobre la diáspora, el exilio y la memoria afrodescendiente. Parecía decir algo que muchas personas migrantes conocemos demasiado bien: hay vidas enteras que terminan cabiendo dentro de una sola maleta cuando una frontera decide que tu cuerpo sobra.

Y más adentro del salón había otro altar. Un viejo piano sostenía fotografías familiares, figuras africanas, flores, libros, una campana, una peluca afro y objetos que para cualquiera podían parecer decoración, pero que para mí eran otra cosa: fragmentos vivos de mi historia. Ahí estaban mis abuelos mirándome desde las fotos. Ahí estaban los objetos cotidianos que sobrevivieron a las mudanzas, a la migración, al paso del tiempo y a las distintas versiones de mí misma que tuve que construir para sobrevivir lejos de casa.

Comprendí algo mientras veía a la gente detenerse frente a ese piano, la identidad también se arma con objetos que se niegan a desaparecer. Las familias afrodescendientes y migrantes muchas veces construimos memoria así, juntando pequeñas piezas dispersas que el racismo, el exilio y la pobreza intentaron romper. Una foto guardada durante décadas. Un libro heredado. Una figura comprada en una feria. Un peinado. Una tela. Una canción. Objetos mínimos que terminan funcionando como pruebas materiales de que existimos incluso cuando los relatos oficiales intentan borrarnos.

Ese piano no era decoración.

Era genealogía.

Era una conversación silenciosa entre mis ancestros y este presente.

Yo la miraba desde el costado intentando no llorar antes de tiempo.

Porque presentar Aquelarre de Negras – Unidas por la lucha nunca fue solamente presentar un libro. El libro es apenas la excusa visible de algo mucho más profundo: una acumulación de rabias, cansancios, preguntas y heridas que llevamos años intentando nombrar.

Seis años tardó este proyecto en existir.

Seis años de escritura fragmentada entre trabajos precarizados, racismo cotidiano, migración, militancia y supervivencia emocional. Seis años intentando sostener una idea simple pero brutal: las mujeres negras y afrodescendientes también producimos pensamiento, literatura y memoria política aunque las estructuras culturales de este país hagan todo lo posible para invisibilizarnos.

Por eso cuando tomé el micrófono después del ballet dije algo que todavía me sigue resonando en el cuerpo: “Acabamos de viajar por el Caribe, por la memoria y por el cuerpo”. Y era verdad. Porque el cuerpo atravesó toda la jornada como una pregunta incómoda.

Lea Geler abrió el conversatorio desde un lugar poco frecuente en ciertos espacios académicos: escuchando antes de teorizar. Habló del libro como una intervención cultural y política contra la matriz colonial, racista y heterosexista que organiza nuestras sociedades. Dijo que Aquelarre trabaja el cuerpo como territorio atravesado por la violencia, la historia, la migración y el deseo. Pero también como espacio de resistencia y construcción colectiva.

Después habló Alejandra Egido. Y el clima cambió. Alejandra no vino a decorar la conversación con frases lindas sobre diversidad. Vino a incomodar. A leer el libro como lo que realmente es: un aviso social. Dijo algo que me quedó clavado que en nuestros poemas casi no aparecen los hijos, ni la familia, ni las proyecciones tradicionales de futuro. Que el libro parecía moverse alrededor de otra cosa: la resiliencia frente al racismo, la heteronormatividad y el colonialismo. Y entonces preguntó: “¿Puede un poemario que no nombra directamente la violencia estar advirtiéndonos de ella?”. Ahí entendí que la conversación había dejado de ser una presentación editorial. Se había convertido en una radiografía emocional de lo que significa ser afrodescendiente en Argentina.

La Dra. Karem Candelario habló del cansancio de educar permanentemente a personas adultas que no quieren comprender el racismo estructural. Explicó algo fundamental: que la violencia racial no siempre aparece como insulto explícito. A veces se manifiesta en la invisibilización sistemática. En estudiar medicina usando cuerpos blancos como única referencia. En entrar a espacios donde nadie se parece a vos. En que te toquen el pelo como si fueras un objeto público. “Después de la décima persona preguntándote lo mismo ya estás cansada”, dijo. Y el salón entero entendió.

Diana Tejada habló desde otro lugar. Más íntimo. Más filoso. Dijo que muchas veces una aprende a convivir con el racismo usando mecanismos de defensa, incluso el humor, para no quebrarse todo el tiempo. Habló de lo difícil que es sostener una identidad cuando el entorno constantemente intenta deformarla o reducirla a estereotipo.

Y yo terminé diciendo algo que me persigue desde hace años que en República Dominicana muchas veces somos el árbol pero no conocemos las raíces. Que nuestras raíces fueron enterradas tan profundo por la colonialidad y el racismo que incluso preguntarnos quiénes somos puede convertirse en un acto político.

Mientras hablábamos, detrás nuestro pasaban en PowerPoint las imágenes de las autoras. Algunas presentes. Otras ausentes. Todas atravesadas por la misma necesidad de escribir contra el borramiento. La Dra. Anny Ocoró Loango estaba ahí como académica, pensadora y memoria viva de las luchas afrodescendientes en América Latina. También estaban las palabras de Shirley Campbell Barr flotando sobre todo el evento como una especie de bendición afrofeminista. Y en algún lugar del salón también estaban las que no pudieron asistir: Isabella Quiñonez Trujillo, Laura Alcántara Cornielle, Agatha Brooks, Alicia Méndez Medina, Mikaelah Drullard, Isis Yael Amador Campusano y Paula Margarita Gudiño mujeres que hicieron posible este libro desde distintos territorios.

Y en ese mismo entramado también aparece algo fundamental: la construcción de una infraestructura cultural afrodescendiente en Argentina. Porque los libros no circulan solos. Necesitan redes, librerías, editoriales y personas dispuestas a sostener espacios incluso cuando el mercado cultural insiste en expulsar todo aquello que incomoda políticamente.

Ahí el trabajo de Malungo Libros resulta central. Impulsado por Roberto Ruiz Sena —reconocido como el primer librero afrodescendiente en Argentina—, el espacio viene construyendo desde hace años un punto de encuentro para literatura afro, pensamiento antirracista y producción cultural negra en un país que todavía suele tratar estas voces como excepciones.

Y en ese mismo camino aparecen también Tony Vardé, Naty Baldrich y el Colectivo Editorial Flota Negra, que no solamente acompañaron la publicación y circulación de Aquelarre de Negras, sino que vienen sosteniendo una escena cultural afrocentrada, independiente y comunitaria donde editar un libro también es disputar poder. Porque Flota Negra no trabaja únicamente sobre literatura. Trabaja sobre memoria, representación y permanencia. Sobre la necesidad urgente de que las voces afrodescendientes y disidentes no dependan de la validación blanca, académica o institucional para existir.

En tiempos donde el fascismo vuelve a avanzar sobre la cultura, construir editoriales comunitarias y redes de circulación propias deja de ser solamente una tarea artística. Se convierte en una forma concreta de resistencia política.

Y después llegó Toque Afro San Telmo.

Batucada.

Tambor.

Sudor.

Comunidad.

Pero reducirlos a una intervención artística sería injusto. Porque Toque Afro no aparece solamente para tocar tambores en eventos culturales. Existe una dimensión profundamente política y comunitaria en lo que hacen. Mientras gran parte de la ciudad criminaliza la pobreza, persigue el arte callejero y convierte el espacio público en un territorio cada vez más hostil para los cuerpos racializados y populares, ellos siguen ocupando las calles con música, organización y presencia afrodescendiente.

En San Telmo —un barrio donde la cultura negra muchas veces es consumida como postal turística mientras las comunidades afro siguen siendo invisibilizadas— Toque Afro insiste en hacer del tambor una herramienta de encuentro y resistencia.

Y también sostienen algo todavía más importante, todos los lunes realizan jornadas solidarias para personas en situación de calle, cocinando, organizando colectas y construyendo redes de ayuda en medio de una crisis social cada vez más brutal.

En un país donde el ajuste económico expulsa personas a la intemperie y donde la cultura popular suele ser perseguida cuando ocupa el espacio público sin permiso institucional, lo que hace Toque Afro tiene una dimensión profundamente humana. Porque el tambor negro históricamente nunca fue solamente música.

Fue comunicación entre esclavizados.
Fue memoria.
Fue protesta.
Fue ceremonia.
Fue refugio.
Fue supervivencia.

Y recién después llegó Shelly Sony.

Para ese momento el salón ya estaba atravesado por otra temperatura. Después de los tambores de Toque Afro, del conversatorio, de las preguntas incómodas, de las memorias migrantes y de la tensión política que había recorrido toda la jornada, su voz apareció como algo delicado pero profundamente firme.

Cantó Reina de Arena un poema adaptado de Melina Schweizer, y el Paco Urondo quedó en silencio. Había algo en esa escena que resultaba difícil de explicar: una sensación colectiva de vulnerabilidad compartida, como si por un instante todos hubiéramos bajado la guardia.

Shelly no estaba solamente interpretando una canción basada en uno de los poemas del libro. Estaba poniendo voz a muchas de las cosas que habían atravesado toda la noche:
el desarraigo,
la resistencia,
la fragilidad,
la rabia,
la ternura,
la memoria del cuerpo.

Y entendí entonces que quizá Aquelarre de Negras también habla de eso de la necesidad urgente de volver a sentir en una época que intenta endurecernos para sobrevivir. Mientras la escuchaba cantar pensé en algo simple el fascismo necesita cuerpos agotados, aislados y silenciosos.

Por eso espacios como este importan. Porque reunir mujeres negras, afrodescendientes, migrantes y disidentes para hablar, cantar, bailar, discutir y construir comunidad dentro de una universidad pública también es una manera de defender la vida.

Cuando terminó Reina de Arena, hubo unos segundos de quietud antes de los aplausos. Como si nadie quisiera romper del todo ese momento. Y quizá esa fue la verdadera victoria de la noche haber conseguido, aunque fuera por unas horas, que nuestros cuerpos dejaran de defenderse para simplemente existir.

FICHA TÉCNICA Y AGRADECIMIENTOS

Presentación de Aquelarre de Negras – Unidas por la lucha

📍 Centro Cultural Universitario Paco Urondo — CABA
🗓 Miércoles 7 de mayo de 2026


Conversatorio y presentación

Moderación:
Lea Geler
Alejandra Egido
Melina Schweizer

Autoras presentes:
Dra. Karem Candelario
Diana Tejada
Melina Schweizer


Intervenciones artísticas

Apertura artística:
Ballet Folklórico Dominicano de ADUA
(Asociación Civil de Dominicanos Unidos en Argentina)

Batucada comunitario:
Toque Afro San Telmo

Cierre musical:
Shelly Sony — Reina de Arena


Presentación editorial

Colectivo Editorial Flota Negra
Tony Vardé
Naty Baldrich

Malungo Libros
Roberto Ruiz Sena
(primer librero afrodescendiente en Argentina)


Arte y visualidad

Ilustraciones y diseño editorial:
Isabella Quiñonez Trujillo — Ellie

Instalación artística “Vives en un espiral”
Poema: Melina Schweizer
Intervención visual: Isabella Quiñonez Trujillo

Presentación audiovisual y proyecciones:
Colectivo Flota Negra / InfoNegro.com


Créditos del libro

Prólogo:
Shirley Campbell Barr

Introducción:
Dra. Anny Ocoró Loango

Contratapa extendida:
Maribel Núñez

Coordinación:
Isis Yael Amador Campusano
Melina Schweizer

EDICCIÓN 2026:
Tony Vardé


Acompañarón

IHAYA – Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”
UBA FILO – Facultad de Filosofía y Letras
CONICET-GEALA – Grupo de Estudios Afrolatinoamericanos
Centro Cultural Universitario Paco Urondo
ADUA – Asociación de Dominicanos Unidos en Argentina
Malungo Libros
Colectivo Editorial Flota Negra
Teatro en Sepia — Alejandra Egido
Toque Afro San Telmo
InfoNegro.com
Shelly Sony


Registro audiovisual

Fotografía y video:
José López


Acompañamiento en producción

Jorge Schweizer
Gonzalo Schweizer


Agradecimientos especiales

A todas las personas que acompañaron esta jornada desde el afecto, la militancia, el arte y la memoria.

A las comunidades afrodescendientes, migrantes y disidentes que siguen construyendo espacios de resistencia colectiva incluso en contextos de violencia, racismo y exclusión.

A quienes sostienen la cultura independiente con trabajo invisible, redes comunitarias y compromiso político.

Y especialmente a nuestras ancestras y ancestros, cuyas historias, cuerpos y memorias continúan viviendo en cada palabra escrita, en cada tambor y en cada acto de resistencia colectiva.

  • Foto del avatar

    Melina Schweizer

    Melina Schweizer es periodista, escritora, compositora y poeta dominicana naturalizada argentina, fundadora y editora de infonegro.com. Coeditó y coordinó la antología Aquelarre de Negras (2021), actualmente en su primera edición impresa, y en 2022 recibió una mención especial en los Premios Lola Mora por su trabajo periodístico en defensa de los derechos de las mujeres. Es autora de la novela El mundo de Laurita: el secreto del museo antártico (2026).

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