Por primera vez en lo que va del siglo XXI, el crecimiento de la actividad económica se separó del consumo masivo. Mientras el PBI se ubica 16% por encima de 2021, las compras cotidianas están 17% abajo. El otro lado de esa recuperación es todavía más inquietante: el 92,3% de los hogares tiene alguna deuda y casi la mitad destina más de la mitad de sus ingresos a pagarlas.
La economía argentina presenta una paradoja que obliga a discutir qué significa realmente que un país esté creciendo. La actividad económica puede recuperarse mientras una parte mayoritaria de la población consume menos, se endeuda para cubrir gastos corrientes y utiliza la tarjeta de crédito para comprar comida. No son fenómenos contradictorios: son la expresión de un crecimiento cuya distribución sectorial y social cambió profundamente.
Los números permiten verlo sin demasiados rodeos. Tomando 2021 como base 100, en abril de 2026 el PBI/EMAE alcanzó los 116 puntos, mientras el consumo masivo cayó hasta 83. Dicho de otra manera, la actividad económica está 16% por encima de aquel nivel, pero el consumo cotidiano permanece 17% abajo. La distancia entre ambos indicadores llegó así a 34 puntos, una separación que el informe de la consultora Moiguer caracteriza como inédita en lo que va del siglo XXI.
Lo importante no es solamente la magnitud de la brecha, sino lo que significa. Una economía puede aumentar su producción sin mejorar proporcionalmente la capacidad de compra de sus habitantes cuando el crecimiento se concentra en sectores que generan exportaciones, rentas o ingresos elevados para determinados grupos, mientras el empleo, los salarios y las actividades vinculadas al mercado interno permanecen debilitados.
Ese parece ser uno de los rasgos centrales de la economía bajo Javier Milei: el producto dejó de funcionar como una medida suficiente para describir cómo viven los hogares.
El PBI se recuperó, la mesa no
Hasta hace pocos años, actividad y consumo mantenían una relación mucho más estrecha. En 2022, con la misma base utilizada por el estudio, el PBI/EMAE había llegado a 105 y el consumo a 103. En 2023 ambos terminaron prácticamente empatados en 104.
La ruptura comienza en 2024. La actividad se mantuvo en 105 mientras el consumo cayó a 90. Durante 2025 el producto avanzó hasta 112, pero el consumo apenas llegó a 92. Finalmente, en abril de 2026 aparecieron los extremos actuales: 116 contra 83.
Por eso hablar simplemente de “recuperación económica” resulta insuficiente. La pregunta decisiva es qué sectores se recuperan, quién recibe los ingresos generados por esa expansión y cuánto de ese dinero regresa al mercado interno.
Si el crecimiento no se transforma en salarios, empleo y capacidad de compra distribuida entre millones de hogares, su efecto sobre supermercados, almacenes, comercios, restaurantes y pequeñas empresas será necesariamente limitado.
Y los datos del consumo confirman el problema. En julio, las ventas masivas volvieron a caer 2,6% interanual y acumularon una contracción del 2,9% durante el primer semestre. La caída atravesó distintos canales: hipermercados, autoservicios independientes y kioscos.
No se trata entonces de que los argentinos simplemente hayan decidido consumir menos. Una porción creciente está reorganizando su consumo porque el ingreso ya no alcanza para sostenerlo.
De comprar para ganarle a la inflación a comprar para sobrevivir
Durante los años de inflación muy elevada, muchas familias desarrollaron una estrategia conocida: adelantar compras. Si había dinero disponible, convenía llenar la despensa antes del siguiente aumento.
Ahora la lógica cambió.
Se comparan promociones, se recorren distintos comercios, se sustituyen primeras marcas, se reducen cantidades y se combinan tarjetas, billeteras virtuales, cuotas y descuentos. El objetivo ya no es ganarle a la inflación sino conseguir que el ingreso sobreviva hasta fin de mes.
Casi la mitad de los hogares, 47,7%, directamente no llega a fin de mes y necesita desplegar alguna estrategia adicional. Durante el primer trimestre de 2026, el 16,2% recurrió a préstamos de conocidos y otro 14,8% al endeudamiento financiero. Respecto del mismo período de 2023, el uso de deuda financiera para completar el mes aumentó 55,9%.
Ahí aparece una transformación económica mucho más profunda que la simple caída del consumo: la deuda está sustituyendo al salario como mecanismo para financiar parte de la reproducción cotidiana de los hogares.
Nueve de cada diez hogares tienen deudas
El relevamiento del Instituto de Estadísticas y Tendencias Sociales y Económicas dimensiona hasta dónde llegó ese proceso: el 92,3% de los hogares registra algún tipo de deuda.
Pero pensar solamente en bancos y tarjetas oculta buena parte del fenómeno. El 50,7% de las obligaciones relevadas puede identificarse mediante información del sistema financiero: tarjetas de crédito representan 31,1%; préstamos de billeteras virtuales, financieras y prestamistas regulados, 10,2%; y obligaciones bancarias, 9,4%.
La otra mitad muestra una economía doméstica mucho más precaria: 13,3% corresponde al fiado en comercios de proximidad, 12,5% a alquileres, 8,5% a impuestos, tasas y expensas, 4,7% a préstamos familiares, amistades o prestamistas no regulados, 4,3% a servicios privados y 1,8% a servicios públicos.
Es una diferencia fundamental. Endeudarse para comprar un automóvil, electrodomésticos o realizar un viaje supone anticipar un consumo futuro. Endeudarse con el almacén, atrasarse con el alquiler o financiar la comida significa que el ingreso presente ya no cubre el costo de vivir.
Y probablemente el dato que mejor sintetiza esa transformación sea otro: el 62,5% del uso de las tarjetas de crédito está destinado a la compra de alimentos.
La tarjeta dejó de financiar principalmente bienes durables o consumos extraordinarios. Para millones de hogares funciona como una extensión artificial del salario.
El verdadero problema aparece cuando llega el resumen
La deuda puede sostener temporalmente el consumo, pero no crea ingresos. Por eso, cuando el endeudamiento deja de ser excepcional y se utiliza sistemáticamente para cubrir necesidades básicas, comienza a producir un segundo problema: cada mes una parte del salario futuro ya está comprometida antes de cobrarlo.
El 28,4% de los hogares endeudados acumula más de tres obligaciones simultáneas. Todavía más preocupante, el 88,9% de las deudas relevadas se encuentra impaga o incumplida y el 41,3% ya está en instancia judicial.
La consecuencia sobre el presupuesto familiar es enorme: el 44% de los hogares destina más de la mitad de sus ingresos mensuales al pago de deudas. En 2024 esa proporción era apenas del 18%.
Se forma entonces un círculo difícil de romper. El ingreso no alcanza, se utiliza crédito; al mes siguiente hay que pagar la deuda, queda todavía menos ingreso disponible y vuelve a necesitarse financiamiento para cubrir gastos corrientes.
La deuda que inicialmente permitía llegar a fin de mes termina convirtiéndose en una de las razones por las cuales resulta todavía más difícil llegar.
Una Argentina que consume a distintas velocidades
El promedio nacional también empieza a ocultar diferencias territoriales y sociales enormes.
Neuquén representa uno de los extremos. Allí, el 74% de los encuestados declaró haber realizado gastos no esenciales, diez puntos por encima del promedio nacional, y 31% realizó compras en el exterior. El dinamismo vinculado a los hidrocarburos ayuda a explicar una realidad de consumo muy diferente a la de buena parte del país.
CABA también mantiene niveles elevados: 73% declaró consumos considerados suntuarios. Córdoba presenta una situación intermedia, donde muchas familias recortan compras habituales y migran hacia segundas marcas para preservar algunos gastos asociados al disfrute.
En el Gran Buenos Aires aparece otra fotografía: el 60% manifestó una visión pesimista sobre el país, su situación personal y su poder adquisitivo, con una percepción cada vez más extendida de que el dinero desaparece antes.
Estas diferencias ayudan a explicar por qué pueden coexistir restaurantes llenos, turismo internacional y compras de productos importados con supermercados vendiendo menos y familias financiando alimentos con tarjeta. No necesariamente estamos ante datos incompatibles: estamos ante sectores sociales que atraviesan economías cada vez más diferentes dentro del mismo país.
Crecer no significa necesariamente vivir mejor
Ese es finalmente el dato político y económico detrás del desacople entre PBI y consumo.
El crecimiento agregado dice cuánto produce una economía. No dice por sí solo quién se apropia del ingreso generado, cuántos empleos produce, cuánto pagan esos trabajos ni cuánto de esa riqueza termina circulando por el mercado interno.
Por eso una economía puede exhibir recuperación mientras los supermercados venden menos. Puede aumentar el producto mientras las familias sustituyen carne por alimentos más baratos. Puede mejorar determinados indicadores macroeconómicos mientras el almacenero vuelve a anotar compras en una libreta.
Y puede ocurrir algo todavía más revelador: que el PBI crezca mientras millones de personas necesiten pedir prestado para comer.
La discusión económica argentina ya no pasa solamente por determinar si existe o no crecimiento. Los datos obligan a formular una pregunta bastante más incómoda: si la economía crece, pero el consumo cae, nueve de cada diez hogares están endeudados y buena parte del crédito termina pagando alimentos, ¿para quién está creciendo?.


























