Karina Milei corrió a Santiago Caputo de la comunicación estratégica y puso en su lugar al cineasta Santiago Oría, acompañado por unas 70 personas dedicadas a intentar que Javier vuelva a funcionar en redes. Oficialmente es una reorganización. Políticamente tiene aroma a evacuación: después del derrumbe de Adorni, en el karinismo temen que el caso Cerimedo siga escalando y termine llevándose puesto al asesor más poderoso del Gobierno. Esta vez Karina no esperó el incendio: empezó a sacar los muebles.
Karina Milei aprendió algo durante estos años: cuando un escándalo libertario empieza a largar humo, no conviene llamar a los bomberos. Conviene averiguar primero qué funcionario duerme arriba.
Con Manuel Adorni llegaron tarde. El hombre que había ganado las elecciones porteñas, acumulado poder y se proyectaba como una pieza importante del oficialismo terminó políticamente carbonizado cuando el escándalo se volvió inmanejable.
Ahora apareció Fernando Cerimedo.
Y Karina, que podrá tener muchos defectos pero memoria conserva, miró hacia Santiago Caputo y decidió aplicar el protocolo aprendido:
Santiago, vos por las dudas corréte de acá.
No significa que Caputo haya perdido todo su poder. Sigue orbitando áreas de enorme peso, conserva influencia sobre la SIDE, ARCA y empresas públicas y mantiene llegada directa al Presidente.
Lo que perdió es algo particularmente sensible cuando existe riesgo de que alguien empiece a hablar: el control del relato.
La comunicación quedó en manos de Santiago Oría.
Es decir, para protegerse de una película de terror, Karina contrató un director.
Y no vino solo.
Oría tendría unas 70 personas trabajando en contenidos, redes, comunicación partidaria, estrategia gubernamental y reconstrucción de la imagen presidencial.
Setenta personas para comunicar a un solo Milei.
Eso no es prensa: es contención de derrames.
La misión tampoco parece sencilla. Milei perdió capacidad para imponer agenda, las encuestas dejaron de ser aquel festival libertario de los primeros tiempos y Las Fuerzas del Cielo, vinculadas políticamente a Caputo, están replegadas en una suerte de huelga digital.
Hermoso momento histórico.
El Gobierno que considera a los sindicatos una enfermedad corporativa terminó sufriendo una medida de fuerza de trolls.
Marx murió demasiado temprano.
Los muchachos celestiales dejaron de empujar como antes y Karina respondió creando estructura propia. El problema es que reemplazar militancia digital por empleados de comunicación tiene aproximadamente la misma espontaneidad que contratar 70 personas para organizarte una fiesta sorpresa.
El nuevo aparato puede fabricar videos, recortes, placas, consignas y épica.
Lo que todavía no consiguió fabricar es entusiasmo.
Y tampoco ayuda demasiado el protagonista.
Santiago Caputo ya no escribe todos los discursos presidenciales y Milei empezó a mostrarse más libre frente al micrófono.
Libertad era precisamente lo que pedían.
Ahora la tienen.
En sus últimas intervenciones el Presidente consiguió recorrer en una misma exposición empresarios, salarios públicos, aborto, barbijos, quiebras y puteadas, dejando a los asistentes con esa expresión facial que precede a la pregunta:
“¿Quién le sacó el bozal al PowerPoint?”
Ahí Oría enfrenta una dificultad técnica que ninguna escuela de cine resuelve.
Puede elegir el plano.
Puede editar.
Puede musicalizar.
Puede poner cámara lenta.
Lo que no puede hacer es gritar “corte” cuando habla el Presidente.
Pero detrás de esta batalla entre Santiagos aparece Cerimedo.
Y ahí desaparece buena parte de la comedia.
El exasesor de Milei está detenido preventivamente en Bolivia e imputado por tentativa de femicidio contra su expareja Nadia Beller. Además, las derivaciones políticas del caso y las revelaciones atribuidas a Beller abrieron interrogantes sobre relaciones, operaciones y personajes vinculados al ecosistema libertario.
No existe, con la información aportada, prueba pública que permita afirmar que Santiago Caputo esté comprometido judicialmente en esa causa.
El problema de Karina es político: no sabe hasta dónde puede llegar la metralla.
Y después de Adorni parece haber decidido que no necesita esperar la autopsia para reconocer un cadáver político.
Por eso resulta tan significativa la pérdida del área comunicacional.
Caputo construyó buena parte de su poder alrededor de la estrategia, las redes y Las Fuerzas del Cielo. Sacarlo justamente de ahí no equivale a echarlo, pero tampoco parece un ascenso.
Es como conservar al capitán del Titanic pero comunicarle que, por reorganización interna, ya no puede acercarse al timón.
Mientras tanto, Oría filtra qué contenidos llegan al Presidente, el aparato karinista gana terreno y los antiguos soldados digitales de Caputo observan desde la tribuna.
Todos pertenecen al mismo Gobierno.
Todos trabajan para la reelección de Milei.
Todos quieren derrotar al enemigo.
El único inconveniente es que todavía están discutiendo cuál compañero es el enemigo.
Karina y Santiago Caputo llevan años disputando poder alrededor del Presidente. Pero ahora hay una diferencia: el karinismo controla una herramienta fundamental si el caso Cerimedo sigue produciendo novedades.
La botonera.
Porque cuando existe la posibilidad de una crisis política, controlar la comunicación significa decidir quién explica, quién calla, quién aparece, quién desaparece y, sobre todo, quién queda debajo del colectivo cuando haya que encontrar un responsable.
Eso ya no es comunicación.
Es seguro contra terceros.
Oría tendrá que hacer el resto.
Setenta personas creando contenido para recuperar la imagen de Milei mientras las Fuerzas del Cielo cruzan los brazos, Caputo pierde territorio, Cerimedo amenaza con convertirse en una caja de Pandora y Karina reorganiza el organigrama mirando de reojo quién puede ser el próximo Adorni.
La ventaja es que Oría viene del cine.
Material no le va a faltar.
Lo único que todavía falta decidir es el género.
Comedia ya fue.
Drama está en desarrollo.
Y si Cerimedo realmente prende el ventilador, Karina parece haber empezado a preparar el elenco para la película de catástrofe.


























