Después de diez días sin agenda pública, Javier Milei reapareció ante el Council of Americas. No reconoció a la anfitriona, festejó 921 despidos, pidió que caigan salarios públicos, mandó a quebrar empresarios y terminó hablando del aborto y los barbijos. Dos días antes, el Gobierno había aclarado que estaba “muy bien de salud”. Nadie había preguntado por la salud de los empresarios.
Javier Milei reapareció ante el establishment y consiguió algo que parecía imposible: que un salón lleno de empresarios extrañara el silencio presidencial.
La función empezó antes del discurso. Susan Segal, anfitriona del Council of Americas desde hace 23 años, esperaba recibirlo. Milei pasó de largo rumbo al escenario.
No la reconoció.
Primer mensaje a los inversores: riesgo país, riesgo anfitriona.
Después empezó el discurso y quedó claro que el Presidente había recuperado plenamente la energía que su vocero Adrián Ravier había certificado días antes.
Quizás demasiada.
Milei atacó a Paolo Rocca, cargó contra Javier Madanes Quintanilla y celebró que 921 trabajadores de Fate hayan perdido el empleo porque, según su razonamiento, habría 47 millones de beneficiados.
Una hermosa innovación estadística: el desempleado dejó de ser una tragedia y pasó a ser daño colateral del Excel.
Después miró a los empresarios y disparó:
“Los prebendarios hijos de puta tienen que quebrar”.
Hubo pocos aplausos.
Extraño.
Uno invita al Presidente a un hotel cinco estrellas, le pone café, agua mineral y micrófono, y el invitado empieza a seleccionar quién merece fundirse.
Networking libertario.
Pero Milei todavía tenía material.
Preguntó si alguno estaba en contra de que bajaran los salarios de los empleados públicos porque eso significaría menos impuestos para ellos.
Ahí el Presidente logró condensar su teoría económica en una sobremesa:
el trabajador pierde sueldo y usted debería agradecerlo.
En primera fila estaban representantes de la construcción y la industria, sectores golpeados por la actividad económica, escuchando que “la libertad duele”.
Por supuesto.
La discusión siempre fue a quién.
Cuando parecía que el discurso podía mantenerse dentro de la economía, aparecieron los barbijos.
Después el aborto.
Porque nada transmite estabilidad a los capitales internacionales como estar escuchando sobre apertura comercial y que, sin señalización previa, el PowerPoint entre en pañuelo verde.
El público respondió con frialdad. Los aplausos llegaron principalmente desde las filas oficiales.
Es lógico.
Los funcionarios conocen el protocolo:
cuando termina de hablar el jefe, se aplaude aunque todavía estés tratando de averiguar de qué habló.
La escena tuvo además una crueldad perfecta.
El Gobierno había salido apenas dos días antes a aclarar que Milei estaba “vital” después de diez días de ausencia.
El Council of Americas confirmó el diagnóstico.
Caminó.
Habló.
Gritó.
Insultó.
Saltó de empresarios a salarios, de salarios a pandemia y de ahí al aborto.
Vital estaba.
El problema es que los empresarios habían ido a escuchar al Presidente de la Nación y terminaron asistiendo a una prueba de esfuerzo.
La Casa Rosada puede quedarse tranquila.
Después de diez días de dudas, Milei reapareció completamente recuperado.
Los que salieron pálidos fueron los invitados.


























