Los libertarios llegaron diciendo que con ajuste y motosierra la economía despegaba. Dos años después, la macro es un castillo de naipes sostenido con dólares prestados y la micro es un cementerio de fábricas. El salario no alcanza, la industria se desploma y los consensos que bancaron el sacrificio empiezan a hacer agua. Pero ojo, viene el petróleo a salvar al prócer.
El poder, dice un tal Gramsci que seguro no leyeron en los ateneos libertarios, se sostiene con una combinación de violencia y consenso. La violencia la vimos: gas pimienta en el Congreso, pibes de 14 años presos, desalojos en la villa. El consenso lo construyeron a puro marketing: los gobiernos anteriores eran un desastre, el sacrificio es inevitable y la libertad significa que el Estado se corra para que los amigos del poder se queden con todo.
Y durante un par de años funcionó. Porque cuando venís de una inflación de tres dígitos, cualquier número más bajo parece un triunfo. El gobierno pisó el dólar, endeudó al país con el FMI por 57 mil millones de dólares, recibió un salvataje del Tesoro yanqui y logró bajar la inflación a 30 puntos. La prensa hegemónica, esa que siempre encuentra un ángulo para vender humo, tituló: «La macro está bien, la micro está mal». La misma zoncera que escuchamos en los ’90 cuando Menem decía «estamos mal, pero vamos bien».
EL INDUSTRICIDIO TIENE NOMBRE Y APELLIDO
El tema es que la micro no es un detalle. Es la vida de la gente. Y mientras los diarios festejan que el riesgo país bajó a 500 puntos, acá abajo las fábricas cierran, los laburantes se quedan en la calle y el consumo se derrumba. El gobierno abrió las importaciones a lo loco, dejó que entrara de todo y la industria nacional, esa que nunca fue la más competitiva del mundo, directamente se borró del mapa. En vez de arreglar lo que no funciona, lo rompen. En vez de proteger el laburo argentino, lo mandan al frente.
Y el consenso, ese pegamento barato que bancó el ajuste al grito de «que se vayan todos», empieza a resquebrajarse. Porque después de dos años de sacrificio, la gente mira el plato y no ve la abundancia prometida. Ve menos comida, menos trabajo, menos futuro.
LA TABLA DE SALVACIÓN (QUE NO SALVA A NADIE)
Pero la historia argentina siempre encuentra un salvavidas de plomo. Esta vez es el petróleo. Con los bombazos en Irán y el lío en Medio Oriente, el precio del barril se va a las nubes. Y Argentina, casualmente, ahora exporta hidrocarburos. Si el gobierno hace bien las cosas, podría entrar una catarata de dólares que tape por un rato los agujeros del modelo.
Pero ojo, para que esa riqueza llegue a la gente, haría falta intervenir, poner retenciones, arbitrar precios, hacer política. Justo lo que estos libertarios aborrecen. Si no tocan nada, si dejan que las petroleras se lleven toda la diferencia, la inflación se va a disparar de vuelta y la oportunidad se va a esfumar como lágrima en la lluvia.
LA PUTA MADRE
Mientras tanto, los trabajadores siguen perdiendo. Según el diputado del FIT Juan Carlos Giordano, el año pasado los sueldos cayeron por debajo de la inflación mes a mes. El gobierno presiona para que las paritarias no superen el 1% mensual, pero la inflación come el doble. Esa es la «libertad económica» que venden, porque no se chupan una pija de caballo.
Y la deuda, la gran olvidada en los discursos de cadena nacional, sigue ahí. 27 mil millones de dólares vencen este año entre capital e intereses, según CIFRA. El FMI ya tiene más de 57 mil millones prestados y el país es el principal acreedor del organismo, una locura que no se entiende ni explicándola con dibujitos.
La legitimidad del modelo se sostiene con alambre. Si el petróleo no llega, si los precios se disparan, si la gente se harta de ajustar, este castillo de naipes se viene abajo. Y entonces, cuando pregunten quién bancó este desastre, acá vamos a estar para recordarlo.
Andá, seguí creyendo que la libertad es que tu patrón pueda echarte sin indemnización. Acá afuera, los pelotudos que no la vemos, la seguimos bancando.



























