Antes de que existieran los festivales de folklore, antes de que la payada fuera «tradición nacional», hubo un pibe huérfano de San Telmo que se ganó la vida a puro verso y guitarra. Derrotó a los mejores payadores del Río de la Plata, inventó la milonga cantada, fue amigo de presidentes y Gardel lo lloró. Murió pobre, como siempre. Se llamaba Gabino Ezeiza. Y si no lo conocés, no es casualidad.
Hay una imagen que la historia oficial no quiere mostrar: la de un negro con una guitarra, sentado en la vereda de un conventillo de San Telmo, sacándole ritmo al candombe que le llegaba de herencia y transformándolo en milonga. Ese negro se llamaba Gabino Ezeiza, y sin él, la música popular argentina sería otra cosa. O no existiría.
El pibe que perdió todo antes de los 6 años
Gabino nació el 3 de febrero de 1858 en el barrio de San Telmo, en esa época conocido como «barrio del Mondongo» por la cantidad de afrodescendientes que lo habitaban . Su abuelo había sido soldado de San Martín y volvió de la guerra lisiado, pero lleno de medallas. Su padre murió en la guerra del Paraguay. Su madre falleció un año después. A los 6 años, Gabino ya era huérfano y vivía en la calle .
Pero el destino, que a veces es generoso con los que más perdieron, lo cruzó con Pancho Luna, un pulpero del barrio que había payado con el mítico Santos Vega. Luna se apiadó del pibe y le regaló una guitarra. Ahí empezó todo .
La noche que cambió la historia de la música popular
El 23 de julio de 1884, en el Teatro Artigas de Montevideo, Gabino Ezeiza se enfrentó a Juan de Nava, un payador oriental que venía con fama de invencible. El teatro estaba lleno, el público hostil, y las apuestas en contra del negro argentino .
En medio del contrapunto, con la tensión al palo, Gabino improvisó una décima que le voló la cabeza a todos: el «Saludo a Paysandú». La ovación fue tan grande que Nava quedó sin respuesta. Gabino ganó, y con esa victoria se ganó un lugar en la historia .
Esa noche, además, Gabino introdujo un cambio que iba a ser fundamental: empezó a payar con ritmo de milonga. Hasta entonces, se cantaba por cifra. Él, que venía del candombe afroporteño, le metió ese compás que después iba a ser la base de todo .
El 23 de julio es, desde 1992, el Día del Payador en la Argentina .
El que sabía de todo (hasta de logaritmos)
Gabino Ezeiza no era solo un tipo con buena voz. Era un intelectual popular, de esos que se forman solos a fuerza de curiosidad y calle. La gente lo desafiaba con temas imposibles para ver si podía improvisar. Y él siempre respondía.
Una vez le pidieron que payara sobre el logaritmo. Pidió unos minutos, fue a lo de un profesor amigo, se asesoró y volvió con esto:
«Señores, voy a explicar / la ciencia del logritmo, / si acierto a cantar al ritmo / de mi modesto payar. / Pongamos, para empezar, / dos progresiones enfrente; / por diferencia y cociente / correspondiendo entre sí, / y ¡ahijuna! saldrá de aquí / un sistema sorprendente…»
En otra ocasión, le pidieron que improvisara sobre «la metempsicosis». Sin inmutarse, contestó:
«Al que me mete en psicosis…/ Al que me mete en psicosis/ le digo en estilo vario…/ por qué al mandarme el temita/ no me mandó el diccionario.»
El artista total
Gabino no solo payaba. Escribió más de 500 obras: canciones, piezas teatrales, poemas, una novela . Colaboró en el periódico «La Juventud» entre 1876 y 1878, donde publicaba poemas con una mirada crítica de la sociedad. En «Meditación», por ejemplo, escribió:
«Al suicidio fatal luego / Se presenta á nuestros ojos / Y en la tumba sus despojos / Cremos hallar calma y paz / Y es abismo que sondeamos / Tan solamente al travez / Que cuando esos pasos damos / Se habre bajo nuestros piés.»
En «Mi caudal», una especie de autorretrato de su pobreza, describía:
«Tengo en el cajón los restos / de una posta de pescado / que la compré en el mercado / anoche para cenar. / Mi pobre guitarra ostenta / una cuerda y dos clavijas, / que pienso en alguna rifa / cinco centavos sacar.»
Yrigoyen, Gardel y el reconocimiento que llegó tarde
Gabino era radical, de esos de la primera hora. Actuaba en los comités de la Unión Cívica Radical apoyando a Hipólito Yrigoyen, y se hicieron amigos . El 12 de octubre de 1916, el día que Yrigoyen asumió la presidencia, Gabino, ya muy enfermo de neumonía y con fiebre altísima, cantó en un teatro repleto. Lo tuvieron que ayudar a levantarse cuando terminó. Esa noche, en su casa de Flores, murió .
Cuando Yrigoyen se enteró, lloró y dijo: «Pobre negro Gabino, él sí que fue leal» .
Carlos Gardel y José Razzano lo conocieron en los comités y en el Café de los Angelitos, y se hicieron amigos. Cuando Gabino murió, el dúo cantó «Heroico Paysandú» en su homenaje. Años después, Gardel lo grabó .
En 1915, un año antes de su muerte, Enrico Caruso debutó en el Teatro Colón y, en un gesto que hoy sería impensable, se vistió de Gabino Ezeiza. El cantante de ópera más famoso del mundo rindiéndole homenaje a un payador negro de San Telmo .
El poeta de la negritud
A Gabino le criticaron, como a tantos, haber perdido su identidad afro en un país que se empeñaba en ser blanco. Pero él respondió con un poema que debería estar en todas las antologías:
«Soy de la raza de Falucho / que sin herencia se queda / engranaje de una rueda / que arrastró un carro triunfal; / viejo escudo que ha salvado / la vida a quien lo llevaba / y con desdén lo arrojaba / cuando le llegó a estorbar.»
Falucho era el apodo de Antonio Ruiz, un soldado afroargentino de la independencia. Gabino sabía bien de qué hablaba: su abuelo había sido soldado de San Martín, su padre murió en la guerra del Paraguay . La historia de los negros en la Argentina era su historia.
No existen filmaciones de Gabino Ezeiza. Murió en 1916, antes de que el cine llegara a los barrios. Pero en 2025, un artista brasileño usó inteligencia artificial para animar su única foto conocida. Esto no es Gabino, pero es un intento de devolverle la memoria.
Redoblante
Gabino Ezeiza murió pobre, como mueren casi todos los artistas populares que no se doblegan. Pero dejó un legado que atraviesa toda la música argentina: la milonga, la payada, el contrapunto, la improvisación. Sin él, no existiría el modo en que cantamos nuestras penas y alegrías.
En 1933, el letrista Héctor Blomberg le dedicó «El adiós de Gabino Ezeiza», con música de Enrique Maciel e interpretada por Ignacio Corsini. Una estrofa decía:
«Buenos Aires de mi amor, / ¡oh, ciudad donde he nacido! / No me arrojes al olvido / yo, que he sido tu cantor.»
Pero Buenos Aires lo arrojó al olvido igual. Durante décadas, el nombre de Gabino Ezeiza fue apenas una referencia para eruditos y folkloristas. El argentino medio no sabe quién fue. Y eso también es política: borrar al negro que fundó la cultura popular para construir el mito de la Argentina blanca y europea.
Nos leemos pronto.





























