Claudio «Chiqui» Tapia empezó barriendo calles en San Juan, llegó a Buenos Aires con lo puesto y hoy preside la AFA con tres copas del mundo en la vitrina. Bajo su gestión, la Selección volvió a ganar después de 28 años, los clubes de ascenso cobran como nunca y la televisión dejó de ser negocio para los de siempre. Pero a él lo odian. ¿El motivo real? No es la gestión. Es el color de piel, el origen, el atrevimiento de haber ocupado un lugar que no le correspondía según la aristocracia del fútbol.
Hay una escena que resume todo: un pibe sanjuanino, con la escoba al hombro, barriendo las calles de su provincia. Después, ese mismo pibe, años más tarde, levanta la Copa del Mundo en Qatar junto a Lionel Messi. Entre una imagen y otra hay un montón de trabajo, de gestiones, de decisiones que cambiaron la historia del fútbol argentino. Y también hay una catarata de odio que no se explica por la razón, sino por el prejuicio.
Claudio «Chiqui» Tapia es, probablemente, el dirigente deportivo más exitoso de la historia argentina. Pero también es el más discriminado. Y no hace falta ser muy perspicaz para entender por qué.
El que vino de abajo
Tapia nació en San Juan, en una familia humilde. Antes de ser dirigente, antes de presidir Barracas Central, antes de llegar a la AFA, trabajó como barrendero municipal. No es un dato anecdótico: es la clave de toda su historia. Llegó a Buenos Aires sin contactos, sin padrinos, sin el apellido que abre puertas en los clubes grandes. Su escuela fue el ascenso, el fútbol del interior, ese que la aristocracia porteña siempre miró por encima del hombro.
Cuando asumió la presidencia de la AFA en 2017, los mismos que hoy lo critican ya tenían el argumento listo: «¿Cómo es posible que estos negros manejen la AFA?». La frase no es una interpretación. Está documentada. Es la matriz de todo el odio.
La doble vara y el clasismo
A Tapia le critican todo: que si los arbitrajes, que si los calendarios, que si la ropa. Pero cuando los mismos problemas ocurrían bajo la conducción de dirigentes de clubes grandes, blancos y de apellido conocido, no había notas de tapa ni escraches en los medios. La diferencia es una sola: Tapia y su mano derecha, Pablo Toviggino, no pertenecen a la aristocracia del fútbol argentino.
Toviggino es santiagueño. Sobre los santiagueños pesa un preconcepto infame: que son vagos, que viven durmiendo la siesta. Esa discriminación también se traslada al fútbol. Porque en este país, la clase baja del balompié —el ascenso, el interior— debe acompañar con sumisión las decisiones de los grandes. Nunca puede mandar.
El episodio Mariano Closs: cuando el odio se vuelve viral
En noviembre de 2025, Tapia cometió el pecado de responderle a Mariano Closs, uno de los pocos periodistas que lo critica abiertamente. Lo hizo con un tiro por elevación: «Quiso ser árbitro, se equivocó de profesión. Por suerte no llegó, por eso tanta frustración. 1996, Atlanta».
La reacción de las redes fue inmediata. Pero no fue una discusión sobre gestión o sobre fútbol. Fue una catarata de insultos y descalificaciones personales. Medios como La Derecha Diario titularon: «La indignante actitud de Chiqui Tapia contra Mariano Closs y lo escracharon en las redes».
Lo interesante es que el mismo medio define a Closs como «uno de los periodistas más queridos» y a Tapia como «odiado por todos los hinchas del fútbol argentino». ¿Todos? ¿Todos los hinchas? ¿O los hinchas de los clubes grandes, los que siempre mandaron, los que no soportan que un negro del interior les diga algo a los periodistas de la city porteña?
El episodio dejó al descubierto algo que los medios no quieren admitir: cualquier enfrentamiento de Tapia con una figura mediática blanca y de clase media es leído como «insolencia». Como si el dirigente popular tuviera que agachar la cabeza y callarse.
El escándalo de los cánticos racistas: el gobierno lo usa para pegarle
En julio de 2024, después de la obtención de la Copa América, estalló un escándalo internacional por un video de Enzo Fernández donde los jugadores de la Selección cantaban una canción con contenido racista contra la selección francesa. La Federación Francesa anunció que demandaría a la AFA y la FIFA abrió una investigación.
Y ahí apareció el gobierno de Javier Milei. El entonces subsecretario de Deportes, Julio Garro, salió a decir que Lionel Messi y Claudio Tapia debían pedir disculpas públicas porque «es algo que nos deja mal parados como país».
La respuesta del gobierno no se hizo esperar: Garro fue despedido en cuestión de horas. Pero el daño ya estaba hecho. La imagen que quedó flotando fue: «Tapia es tan nefasto que hasta su propio gobierno (el que después lo echó) le pide que se disculpe».
Pero lo más grave vino después. La vicepresidenta Victoria Villarruel salió a bancar a los jugadores con una frase que es un monumento a la hipocresía: «Ningún país colonialista nos va a amedrentar por una canción de cancha».
¿Qué logró el gobierno con esto?
Primero, puso a Tapia contra la pared: si pedía disculpas, quedaba como débil y como traidor a los jugadores. Si no las pedía, quedaba como cómplice del racismo. Una trampa perfecta.
Segundo, se despegaron ellos: Villarruel quedó como la «defensora de la argentinidad», mientras Tapia quedaba en el medio del escándalo, solo, bancando el trapo. El gobierno usó la situación para dañarlo, para dejarlo mal parado, para que la opinión pública lo asociara con lo peor.
Eso es «usarlo para pegarle»: aprovechar un escándalo en el que Tapia no tenía nada que ver directamente, y maniobrar para que el costo político lo pague él.
La pelea de fondo: las SAD y el negocio de la tele
Mientras tanto, el conflicto real sigue ahí: Tapia defiende el sistema de clubes asociados contra las Sociedades Anónimas que quiere imponer el gobierno. Milei lo acusa de querer «socialismo pobre en el fútbol» y amenaza con intervenir la AFA. Pero la FIFA y la CONMEBOL salieron al cruce: cualquier intromisión del Estado significaría la desafiliación.
Tapia resiste. Y mientras resiste, los clubes siguen siendo de los socios, no de los multimillonarios.
El otro frente de batalla fue con Clarín. Durante años, el grupo monopólico manejó los derechos de televisión del ascenso. Pagaba migajas y se llevaba la torta. Tapia decidió rescindir el contrato y transmitir los partidos por la plataforma de la AFA. La decisión fue un antes y un después: los clubes pasaron a cobrar mucho más, y Clarín perdió un negocio que daba por descontado.
La respuesta fue una embestida judicial y mediática contra Tapia y Toviggino, con causas que aparecieron en los tribunales y tapas escandalosas en los diarios. La misma historia de siempre: cuando el poder ve peligrar sus negocios, usa los medios para destruir al que se animó a desafiarlos.
LPF Play: la estocada final al monopolio
Mientras el gobierno lo ataca y los medios afines lo escrachan, Tapia sigue sumando. El 9 de marzo presentó oficialmente LPF Play, la plataforma que ya transmite de forma gratuita el Ascenso, el fútbol femenino y el futsal, con más de 455 mil usuarios en sus primeras tres semanas y conexiones desde 150 países.
«Los números en 6 u 8 meses se van a triplicar», prometió. Y luego soltó una frase que muchos interpretaron como una advertencia a sus acusadores: «Muchos van a empezar a transpirar. Como transpiraba yo a veces, cuando me agarraba calor. Pero van a transpirar de vergüenza, porque la verdad va a salir a la luz» .
El mensaje llega justo cuando la Justicia lo espera: el 12 de marzo deberá presentarse a indagatoria por una denuncia de ARCA que le endilga una deuda de más de 19 mil millones de pesos. Pero él, mientras tanto, sigue construyendo.
La AFA contra el racismo (mientras a él lo discriminan)
Hay una ironía que no escapa a nadie: la misma AFA que Tapia preside ha sido muchas veces la primera en condenar actos discriminatorios. En noviembre de 2025, cuando hinchas de All Boys insultaron a los de Atlanta con cantos antisemitas, el organismo salió con un comunicado durísimo: «La discriminación no es folclore. Eso es discriminación».
Presentaron una denuncia ante el Tribunal de Disciplina y reclamaron erradicar estas conductas de las canchas. Hicieron lo que tenían que hacer. Pero a él, cuando le toca, le aplican la misma vara que él condena.
El peso del origen
Hay una frase que circula en los pasillos del fútbol y que pocos se animan a decir en público: «Estos negros no tendrían que estar ahí». No importa la legitimidad democrática, no importan los logros, no importa el superávit. Lo que importa es que Tapia es sanjuanino, ex barrendero, y Toviggino es santiagueño. No son de Capital. No son de los clubes grandes. No tienen el apellido que habilita.
Y eso, en la Argentina clasista, es el pecado original.
El vínculo con los jugadores
Mientras los medios lo destrozan, los jugadores lo bancan. Messi lo respeta. El Dibu Martínez le decía «disfrutalo, gordo» después de ganarle a Países Bajos en el Mundial. Scaloni, a quien todos criticaban cuando Tapia lo puso, es hoy el técnico más ganador de la historia. El plantel se formó como grupo en la convivencia de Ezeiza que Tapia impulsó.
Los futbolistas saben algo que los periodistas de escritorio ignoran: el Chiqui estuvo ahí cuando nadie creía. Bancó a Scaloni cuando todos pedían su cabeza. Defendió a Messi cuando se quería ir. Armó una estructura que permitió que la Selección funcione.
La liberación de Gallo: cuando el gobierno le negó el mérito
Hace apenas unos días, Tapia logró lo que la Cancillería no pudo en 448 días: traer de vuelta al gendarme Nahuel Gallo, secuestrado en Venezuela. Usó sus contactos en la CONMEBOL y la Federación Venezolana de Fútbol, puso un avión de la AFA, y gestionó en silencio lo que la diplomacia oficial no conseguía ni con declaraciones rimbombantes.
La respuesta del gobierno fue mezquina. El presidente Milei soltó: «Si vuelve por la gestión de Estados Unidos e Italia o gracias al vehículo que haya puesto a disposición otra persona, bienvenido». Le robó el mérito. No dijo «gracias, Chiqui». Dijo «si volvió por otro lado, bien». Y los medios oficialistas repitieron la versión de que fue gracias a la gestión del gobierno.
Usarlo, desgastarlo, negarle los logros: esa es la estrategia.
El imperdonable
A Claudio Tapia le preguntaron una vez por las críticas. Y respondió con una ironía que debería quedar grabada: «Por si no lo saben, acá habla el imperdonable».
El imperdonable. El que no debería estar ahí. El que se animó a ocupar un lugar que no era para él.
Un tipo que empezó barriendo calles en San Juan, que llegó a Buenos Aires sin contactos, que jugó en la C y después se hizo dirigente, que sacó a Barracas Central del barro y lo llevó a la B Nacional, que llegó a la AFA con el apoyo de los clubes chicos, que bancó a Scaloni cuando todos pedían su cabeza, que levantó tres copas con la Selección, que les peleó el negocio de la tele a los monopolios, que trajo de vuelta a un gendarme mientras la Cancillería dormía, que condena el antisemitismo mientras a él lo insultan por negro.
Todo eso es lo que no le perdonan.
Porque en este país, la movilidad social está permitida siempre que no se note demasiado. Siempre que el que asciende sepa mantener el perfil, agachar la cabeza, no incomodar. El problema de Tapia es que no agachó la cabeza. Incomodó. Y encima, ganó.
Y para colmo, es negro. Eso no se lo van a perdonar nunca.
Nos leemos pronto.



























