Victoria Villarruel no recibió invitación formal para participar del Tedeum del 25 de Mayo mientras sí fueron convocados otros senadores y funcionarios nacionales. La exclusión, ejecutada desde el área que controla Karina Milei, expone la ruptura total entre la Casa Rosada y la vicepresidenta.
La exclusión de Victoria Villarruel del Tedeum del 25 de Mayo expuso públicamente una ruptura que dentro del oficialismo ya describen como irreversible. La vicepresidenta no recibió invitación formal para participar de la ceremonia en la Catedral Metropolitana mientras sí fueron convocados otros senadores nacionales y funcionarios del Gobierno. La decisión, administrada desde la Secretaría General de la Presidencia que controla Karina Milei, convirtió una interna política en un gesto institucional de altísimo voltaje.
El episodio rompió una de las reglas históricas no escritas de la política argentina: aun en medio de crisis profundas, las máximas autoridades del Estado preservaban al menos una escenificación mínima de unidad institucional en fechas patrias. El Tedeum del 25 de Mayo no es una ceremonia religiosa menor ni un acto privado del Presidente. Se trata de uno de los rituales políticos más importantes del calendario republicano argentino, donde confluyen el Poder Ejecutivo, el Congreso, la Corte Suprema, gobernadores, representantes diplomáticos y autoridades eclesiásticas. Desde el siglo XIX funciona como una demostración simbólica de continuidad estatal y legitimidad institucional.

Por eso la ausencia de Villarruel no puede leerse como una cuestión protocolar. Lo que está diciendo el Gobierno es otra cosa: la vicepresidenta dejó de formar parte del núcleo político reconocido por la Casa Rosada. Y el dato más explosivo es que la exclusión no surge de una decisión informal o de una disputa privada sino del propio aparato institucional del Ejecutivo nacional. Según reconstruyeron fuentes parlamentarias y eclesiásticas, las invitaciones fueron cursadas desde Presidencia mientras desde la Catedral Metropolitana aclararon que la Iglesia no define ni administra el listado de autoridades presentes. El protocolo depende exclusivamente del Gobierno.
La figura central detrás de esa decisión es Karina Milei. La secretaria general de la Presidencia consolidó durante el último año un nivel de control político inédito dentro del oficialismo. Maneja ceremonial, agenda presidencial, acceso al despacho presidencial, armado partidario y relaciones internas dentro del gobierno libertario. En la práctica, administra quién conserva cercanía con el poder y quién queda afuera del círculo político construido alrededor de Javier Milei. La marginación de Villarruel confirma que la vicepresidenta ya fue desplazada de ese núcleo de confianza.
La tensión entre ambas venía creciendo desde hace meses. Villarruel comenzó progresivamente a construir agenda propia alrededor de temas sensibles como las Fuerzas Armadas, Malvinas, seguridad y relaciones institucionales. En paralelo, empezó a consolidar vínculos con sectores conservadores, militares retirados, grupos nacionalistas y parte del establishment político que observan con preocupación el estilo errático y confrontativo del Presidente. Ese crecimiento político encendió alarmas inmediatas dentro de la Casa Rosada, donde cualquier dirigente que acumule autonomía es interpretado como una amenaza potencial.
La desconfianza hacia la vicepresidenta se profundizó además por el contraste de estilos dentro del oficialismo. Mientras Milei profundiza una narrativa cada vez más agresiva, polarizante y personalista, Villarruel empezó a cultivar una imagen más institucional, asociada al orden, los símbolos patrios y el universo conservador tradicional. Ese perfil comenzó a generar expectativas dentro de sectores que empiezan a mirar con preocupación el desgaste acelerado del Gobierno y la acumulación permanente de conflictos internos.

En la Casa Rosada interpretan ese movimiento como un desafío político.
Por eso la ofensiva contra Villarruel dejó de ser silenciosa.
La exclusión del Tedeum funciona como una exhibición pública de disciplinamiento interno. Y el mensaje no está dirigido solamente a la vicepresidenta. También alcanza a gobernadores, empresarios, sectores militares y dirigentes oficialistas que pudieran imaginar una construcción política paralela alrededor de su figura. La señal es clara: el poder real dentro del mileísmo sigue concentrado exclusivamente alrededor del binomio Javier-Karina Milei.
La ruptura además ocurre en un momento particularmente delicado para el oficialismo. Las internas se multiplicaron durante las últimas semanas alrededor de Manuel Adorni, Patricia Bullrich, Martín Menem y distintos sectores libertarios enfrentados por espacios de influencia dentro del Gobierno. El clima interno aparece cada vez más atravesado por operaciones cruzadas, disputas por control político y temor a desplazamientos dentro de un esquema extremadamente verticalista.
En ese contexto, Villarruel quedó progresivamente aislada.
Pero el problema para la Casa Rosada es que el aislamiento institucional no necesariamente destruye capital político. En algunos casos incluso puede fortalecerlo. Sobre todo cuando una figura desplazada empieza a ser vista como alternativa posible frente al desgaste de quienes concentran el poder. Esa lógica explica parte de la virulencia con la que el entorno presidencial decidió avanzar contra la vicepresidenta durante los últimos meses.
La relación entre Javier Milei y Villarruel venía acumulando episodios de tensión cada vez más visibles. El Presidente llegó a cuestionarla públicamente por sus posiciones sobre Malvinas y por supuestos movimientos políticos propios dentro del Senado y la provincia de Buenos Aires. La vicepresidenta, por su parte, comenzó a diferenciarse del Gobierno evitando compartir actividades con funcionarios cuestionados y tomando distancia de algunas decisiones oficiales.
Uno de los momentos más evidentes ocurrió durante el homenaje al Papa Francisco en Luján. Villarruel evitó participar del acto central donde estaban presentes figuras del Gobierno y luego lanzó una frase que cayó pésimo dentro del oficialismo: “Era un acto donde estaba lo peor de la casta política”. La declaración fue interpretada en Balcarce 50 como una provocación directa y como un intento de despegarse del desgaste creciente de la administración libertaria.
El Tedeum lleva ahora esa disputa a otro nivel.
Porque ya no es la vicepresidenta quien evita la foto.
Es el propio Gobierno el que decide correrla institucionalmente de una de las ceremonias más importantes del Estado argentino.
Y eso transforma la interna libertaria en algo mucho más profundo que una pelea personal. Lo que empieza a aparecer es una fractura política de fondo dentro de la cúpula del poder, donde la disputa ya no pasa solamente por diferencias ideológicas o estilos de gestión sino por control político, construcción de legitimidad y supervivencia dentro de un oficialismo cada vez más tensionado.
La gravedad institucional del episodio también radica en otro punto: cuando una vicepresidenta deja incluso de compartir los rituales patrióticos mínimos con el Presidente, el sistema político empieza a asumir que la convivencia interna dejó de ser reversible. La historia política argentina muestra que las rupturas entre presidentes y vicepresidentes suelen anticipar escenarios de creciente inestabilidad, operaciones cruzadas y fragmentación del poder.
Por eso la ausencia de Villarruel en la Catedral Metropolitana este 25 de Mayo no será solamente una silla vacía.
Será la imagen más visible de una guerra interna que el Gobierno ya no puede ocultar.


























