La inquisición progresista: todos defienden la libertad hasta que una negra decide qué hacer con su vida

La humanidad abolió los tribunales de brujas, pero inventó las redes sociales, las asambleas militantes y las reuniones familiares. Ahora cualquiera puede fiscalizar tu útero, tu matrimonio, tus creencias y hasta las ilustraciones de tus libros. Lo llaman preocupación, conciencia política o curiosidad. La Inquisición, por lo menos, tenía la decencia de anunciarse.

En 1633, Galileo Galilei compareció ante la Inquisición por defender que la Tierra se movía alrededor del Sol. Cuatro siglos después, una mujer negra puede terminar frente a un tribunal improvisado por casarse con un blanco, ilustrar sus libros con inteligencia artificial o cumplir quince años de matrimonio sin presentar descendencia. La humanidad avanzó muchísimo: antes te procesaban por hereje; ahora te hacen una captura de pantalla, te organizan un escrache y te explican que es por tu bien. Galileo tuvo que retractarse de sus ideas. Yo todavía espero que alguien me explique por qué debería arrepentirme de mi marido.

Tengo mas de 30 años, nací en República Dominicana y soy argentina por naturalización. Soy periodista, escritora, artista plástica y digital, compositora y estudiante de mi segunda carrera universitaria, Psicología Educativa. Llevo quince años casada y dirijo un medio de comunicación que me costó un ovario fundar, después de sobrevivir a changas y empleadores que habían perfeccionado el arte de explotar trabajadores mientras pronunciaban discursos conmovedores sobre la vocación. También encontré profesionales como Mariane Pécora, de Periódico VAS, cuya ética demuestra que todavía se puede ejercer el periodismo sin confundir una redacción con una plantación de algodón.

Con semejante recorrido, una pensaría que ya reúne antecedentes suficientes para que la dejen vivir en paz. Pero mi currículum tiene una falla administrativa: no satisface la curiosidad de quienes quieren saber cuándo voy a parir, recibirme, publicar otra novela o dejar de dormir con un hombre que no reúne los requisitos cromáticos de cierta comisión revolucionaria. Construí mi independencia para terminar sometida a una auditoría dirigida por gente que no sabe administrar su propia vida. Y encima pretende hacerlo sin pagar honorarios.

El Tribunal Supremo de las Trompas de Falopio

La maternidad encabeza el expediente. «¿Quince años casada y todavía no tienen hijos?», preguntan con la preocupación de quien acaba de encontrar un cadáver en el placard. ¿Qué esperan que responda? ¿Que aguardamos a que Argentina alcance estabilidad económica? ¿Que preferimos esperar hasta que los terraplanistas dejen de votar?.

Enseguida aparecen las recomendaciones médicas, espirituales y sexuales. Una señora quiere saber si me hice estudios; otra propone una posición determinada; una tercera aconseja relajarme. Resulta conmovedor comprobar cuántas personas están dispuestas a colaborar con mi reproducción sin ofrecerse jamás a pagar pañales.

«Pero ¿ustedes están intentando?». Señora, si necesita un informe de nuestra actividad sexual, presente una solicitud por escrito y justifique su interés legítimo. La próxima vez que alguien me pregunte por un embarazo, voy a devolverle la gentileza: «¿Y usted cuándo piensa hacerse la colonoscopia? La veo bastante grande para seguir postergándola».

Seguro se ofende. La intimidad es sagrada, salvo cuando se trata de mis trompas de Falopio.

De la Federación Reptiliana a la SUBE

Como soy afrodescendiente, tampoco falta quien intenta demonizar las religiones de matriz africana. En el conurbano bonaerense, por llevar un turbante, me han gritado «¡macumbera!», «¡asesina de bebés!» y hasta me han acusado de pertenecer a los Illuminati y a la Federación Reptiliana. También me aseguraron que terminaré en el infierno, aunque nadie supo decirme si el pasaje incluye equipaje.

Me fascina esa capacidad para descubrir conspiraciones interplanetarias en un pedazo de tela: salgo a comprar pan y regreso convertida en una amenaza para la civilización occidental.

Si un sacerdote bendice una casa, es protección divina; si una sacerdotisa realiza una ceremonia ancestral, algún vecino llama al Vaticano para denunciar que Satanás abrió una sucursal en La Matanza. Incluso hay quienes reivindican las raíces africanas, pero escuchan hablar de candomblé, santería, umbanda o palo monte y se persignan como si Lucifer hubiera pedido afiliarse al colectivo.

Con semejantes contactos en las altas esferas del poder y del infierno, lo verdaderamente inexplicable es que todavía tenga que cargar la SUBE.

La universidad y el ganado sin dueño

Mi segunda carrera también despierta inquietudes. «¿Todavía no terminaste Psicología Educativa? ¿Cuánto te falta?». Entre trabajar, escribir y sostener proyectos culturales, todavía no descubrí cómo recibirme por generación espontánea. La universidad insiste en que debo aprobar materias, una costumbre medieval que algún influencer terminará reemplazando por un tutorial de TikTok.

Encima, aparecen los pedidos de diagnósticos gratuitos: «Vos que estudiás Psicología, ¿por qué mi pareja me deja en visto?». Primero, querida, estudio Psicología Educativa, no Clínica. Segundo, ¿el manual de ética profesional te suena de algo?. No voy a diagnosticar a alguien que ni siquiera está presente.

Mi especialidad estudia cómo aprendemos, aunque ciertos adultos parecen empeñados en demostrar que la evolución también admite retrocesos. Si hago mi tesis sobre la ignorancia y la compulsión de meterse en la vida ajena, voy a tener que pedirle colaboración a la Asociación Argentina de Ciencias del Comportamiento. Con tantos candidatos para el estudio, el problema no será conseguir voluntarios, sino encontrar a uno que admita que no sabe de qué está hablando.

La literatura negra y los antirracistas de vidriera

«¿Cuándo sale tu próximo libro?, ¿Y el siguiente?, ¿Y la segunda parte?», me preguntan mientras intento juntar plata para imprimir sesenta ejemplares sin vender un riñón. Publicar en Argentina cuesta una fortuna. Los grandes grupos editoriales concentran buena parte del negocio y funcionan como una mafia con departamento de marketing: sin contactos, capital o padrino, llegar a las vidrieras es una hazaña. Si además cae la Ley del Libro, que establece el precio uniforme de venta, las editoriales independientes quedaremos todavía más expuestas.

Aquelarre de Negras: ¡Unidas por la lucha! tardó seis años en llegar al papel. Reunió a mujeres afrodescendientes, afromigrantes y de pueblos originarios cuyas historias difícilmente encajan en los criterios comerciales de una industria acostumbrada a mirar el mundo desde Europa. Para abrir espacio a esas voces Malungo Libros y Tony Vardé fundaron la editorial colectiva Flota Negra.

Lo grotesco vino de ciertos militantes que se proclaman lectores de autores negros y defensores de la literatura decolonial: ni una puta reseña, ni una recomendación, ni una línea dedicada al libro. Mucho discurso sobre visibilizar voces racializadas, pero cuando las autoras son afromigrantes y están vivas, parece que la solidaridad necesita un certificado de defunción o un pasaporte africano.

Por suerte, otros lectores apostaron por la propuesta: agotamos la primera edición y tuvimos que preparar una segunda. Mientras tanto, tengo tres libros más entre correcciones, maquetación y presupuestos.

Si Cervantes hubiera sido una mujer negra migrante en la Argentina actual, habría terminado vendiendo empanadas para imprimir Don Quijote, mientras algún antirracista de Instagram le explicaba, sin comprarle un ejemplar, la importancia de apoyar la literatura afrodescendiente.

La inteligencia artificial y los Médici de cartón

Mis ilustraciones con inteligencia artificial merecen su propio juicio. «¿Por qué la usás?». Porque necesito abaratar costos, estimado fiscal del Renacimiento.

Soy artista plástica y conozco el valor del trabajo creativo; también sé cuánto cuesta producir una publicación independiente. Podemos discutir derechos de autor, condiciones laborales y límites tecnológicos. Lo que resulta bastante más difícil es financiar una editorial con discursos.

Algunos exigen producción artesanal impecable mientras esperan recibir el resultado gratis. Defienden el empleo de los ilustradores hasta que aparece un presupuesto. Entonces descubren que el arte es una vocación y cobrar por trabajar, una vulgaridad capitalista.

Quieren una editorial renacentista financiada con los ingresos de una escritora latinoamericana. Ni los Médici eran tan hijos de puta.

La navaja suiza del exilio

También compongo canciones y ofrezco mis servicios como compositora. En esta economía hay que saber hacer de todo, menos entregar el rosquete, especialmente cuando sos migrante. El instinto de supervivencia te convierte en una navaja suiza con residencia permanente: aprendés oficios, herramientas e idiomas mientras procurás adaptarte antes de que el país que te recibe te lleve puesta. Después te felicitan por reinventarte, como si llegar a fin de mes fuera una disciplina olímpica.

Mi EP Luto Nocturno, disponible en plataformas musicales, reúne cuatro canciones en portugués y una en español. Una de ellas, Mudança de Pele —«Cambio de piel»—, habla del exilio que permanece incluso después de conseguir documentos y aprender a decir «che» sin que parezca una actuación.

«Guardé el mapa en la maleta equivocada», escribí en uno de sus versos.

Emigrar también significa descubrir que la nostalgia puede acompañarte incluso cuando sos feliz donde elegiste vivir. Hay un destierro que se esconde debajo de la piel, una memoria que conserva direcciones y temperaturas que ningún invierno argentino consigue borrar.

Sin embargo, la adaptación nunca parece suficiente. Si una migrante conserva sus costumbres, no se integra; si incorpora otras, perdió sus raíces. La integración ideal, para algunos, consiste en aportar trabajo, cultura e impuestos con la delicadeza de no ocupar demasiado espacio.

El antirracismo y su pequeño virreinato

Uno imaginaría que, después de siglos de esclavización, colonialismo y exclusión, tendríamos suficiente trabajo como para no competir por el protagonismo de una mesa redonda. Error.

En determinados espacios, la militancia funciona como un campeonato de antigüedad. «Yo llevo veinte años luchando», anuncia alguien. «Yo estuve antes de que existiera Instagram», responde otra persona, como si hubiera participado personalmente en la rebelión de Haití.

Si una compañera publica un libro, recibe una invitación o consigue reconocimiento, empieza la investigación: «¿Quién la financia? ¿Por qué ella y no yo?». En el artivismo, una artista escribe sobre la memoria africana y aparece alguien reclamando derechos de autor sobre la diáspora. Otra utiliza su cabello como símbolo y la acusan de apropiarse de una estética que, aparentemente, pertenece a una junta administradora de rizos.

Hay personas que hablan de horizontalidad mientras construyen un trono con las sillas de sus compañeras. Quieren descolonizar el mundo, pero conservar el virreinato de su colectivo.

La xenofobia dentro de ciertos movimientos antirracistas como los autoproclamado del Tronco Colonial y demás finas hierbas reproducen prejuicios sobre los afro-migrantes que contradicen la sociedad que dicen combatir. Una puede compartir luchas, organizar actividades y defender derechos, pero basta una disputa por reconocimiento para que alguien recuerde convenientemente que naciste en otro país.

Entonces la hermandad afrodescendiente descubre los controles migratorios. Hay militantes que quieren abolir las fronteras del racismo, pero todavía tienen un pequeño agente de aduanas viviendo en la cabeza.

Mi ciudadanía argentina por naturalización también parece una membresía de prueba. «Pero vos no naciste acá», me recuerdan, como si hubiera olvidado dónde me parió mi madre. Argentina es mi país por decisión y por derecho. Resulta fascinante que ciertas personas celebren la diáspora africana en sus discursos, pero cuando una integrante de esa diáspora se sienta a su lado y pide la palabra, descubran que el salón está completo.

El Caribe, según los expertos en Punta Cana

Entre las joyas de la curiosidad nacional está «¡Qué bien hablás español para ser dominicana!». Gracias, señora. Fueron treinta y seis años de entrenamiento intensivo para aprender el idioma que se habla en República Dominicana.

La frase esconde una expectativa miserable: que una mujer negra caribeña debería expresarse peor. Cuando descubren que escribo, estudio y puedo sostener una discusión, algunos reaccionan como si hubieran encontrado un chimpancé resolviendo ecuaciones. Después preguntan por qué hablamos de microagresiones. Porque llamarlas «pequeñas pelotudeces racistas» complicaría bastante los informes académicos.

Otra variante es «No parecés dominicana». Todavía no averigüé cuál es el aspecto reglamentario. ¿Debo presentarme bailando merengue, cargando una palmera y anunciando la temperatura de Punta Cana?

República Dominicana es un país, no un paquete turístico con piernas. Lo más curioso es que algunas personas que jamás salieron de su provincia se sienten capacitadas para explicarme cómo debería ser una mujer del país donde nací. La ignorancia geográfica tiene una autoestima que ya quisiera para mí.

El amor afrocentrado y la policía de la melanina

Otro asunto que me tiene las trompas de Falopio hechas un nudo es la radicalización de ciertos sectores del activismo que han convertido el amor afrocentrado en un examen de coherencia política, con puntos adicionales si la relación no es heterosexual.

Reivindicar los vínculos afectivos entre personas negras frente al racismo histórico es legítimo; imponerlos como requisito de militancia equivale a administrar el deseo ajeno según una tabla de melanina.

Bajo semejante reglamento, mis quince años de matrimonio con un hombre blanco constituyen alta traición a la revolución.

«¿Cómo vas a luchar contra el racismo si te casaste con un blanco?». Porque me enamoré, querida, no porque estuviera diseñando un programa de reproducción racial. Si pretendía blanquearme, el experimento fracasó: sigo siendo negra, dominicana y bastante más contestataria que cuando nos conocimos. Mi marido tampoco adquirió melanina por convivencia.

Ahora quisiera conocer el procedimiento: ¿hay que presentar el árbol genealógico antes de coger? ¿La asamblea autoriza el orgasmo o exige certificado de pureza racial?

Lo verdaderamente revolucionario es que algunos hayan conseguido resucitar las leyes segregacionistas, ponerles lenguaje inclusivo y venderlas como emancipación.

Leviatán, el flequillo y la SIDE

Las microagresiones completan el menú. «¿Por qué llevás el pelo tan corto? ¿No te resta feminidad?». Porque me da la gana. Aunque entiendo la insinuación: pelo corto, lesbiana; flequillo, zurda radical. Aparentemente, las peluquerías expiden certificados de orientación sexual y afiliación política.

Para escándalo de los inspectores de mi feminidad, les aclaro que mi referente estético es Leviatán, pero en versión lesbiana: una criatura bíblica que hunde barcos y no necesita un hombre para sentirse completa.

«¿Puedo tocarte el pelo?». No, señora, no soy un zoológico interactivo.

«Qué lindo color de piel, ¿es natural?». No, me lo pinté esta mañana con dos litros de látex.

«¿De dónde sos realmente?». De República Dominicana.

«¿Y tus antepasados?». De una historia atravesada por África, la esclavización y el colonialismo. Si quiere detalles, abra un libro, no un expediente sobre mi persona.

Cuando pongo límites, llega la sentencia: «Qué agresiva sos».

Si mañana me rapo, estos pelotudos van a llamar a la SIDE para denunciar que una negra organiza una célula lésbico-marxista en la peluquería. Y van a presentar pruebas: una tijera, un ejemplar de Marx y una señora que jura haberme visto salir sin corpiño.

La última herejía: vivir sin pedir permiso

A mis mas de treinta años he descubierto que debo ser madre, profesional, escritora prolífica, artista autosuficiente, militante ejemplar, migrante agradecida y esposa racialmente aprobada. Todo al mismo tiempo, sin quejarme y preferentemente sonriendo.

Simone de Beauvoir escribió que no se nace mujer, sino que se llega a serlo. Yo añadiría que, una vez que llegás, encontrás una fila de imbéciles esperando para decirte cómo tendrías que haberlo hecho.

No pretendo que la humanidad deje de hacer preguntas. Sería una tragedia para la filosofía, la ciencia y el periodismo. Me conformaría con que algunas personas aprendieran a distinguir la curiosidad del interrogatorio, la solidaridad del oportunismo y la conciencia política de las ganas de mandar.

Mientras tanto, seguiré escribiendo, estudiando, componiendo, haciendo arte, amando a mi marido y defendiendo mis ideas. Mi maternidad, mis libros y mis decisiones creativas no están sometidos a votación.

En cuanto a quienes insisten en administrarme la existencia, tengo una última recomendación espiritual. No hace falta consultar a Ifá, preparar una ofrenda ni convocar a un babalawo. Es un procedimiento gratuito, compatible con todas las religiones y de eficacia inmediata.

Cierren el orto.

No cura el racismo, pero reduce considerablemente sus manifestaciones públicas.

  • Foto del avatar

    Melina Orquidea

    Melina Orquídea, antes firmaba sus artículos periodísticos como Melina Schweizer, soy periodista, escritora, compositora y poeta dominicana naturalizada argentina, fundadora y editora de infonegro.com. Coeditó y coordinó la antología Aquelarre de Negras (2021), actualmente en su primera edición impresa, y en 2022 recibió una mención especial en los Premios Lola Mora por su trabajo periodístico en defensa de los derechos de las mujeres. Es autora de la novela El mundo de Laurita: el secreto del museo antártico (2026).

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