Mientras la pobreza subió al32,5% y los alimentos aumentaron por encima de la inflación, el Estado se retira y el barrio organiza la supervivencia. Toque Afro sostiene una olla popular todos los lunes en San Telmo y reparte hasta 100 platos de comida caliente por noche.
Hay un punto en el que el hambre deja de ser un dato y se vuelve presencia. No irrumpe de golpe: se instala. Primero aparece en los márgenes, luego ocupa la vereda, finalmente se vuelve cotidiana. La olla de Toque Afro nació en ese punto exacto, cuando el invierno de 2025 convirtió la necesidad de comer en una urgencia visible y persistente en San Telmo.
La decisión se tomó el 21 de julio de 2025, pleno invierno. No hubo anuncio ni gesto fundacional. Hubo una acumulación de escenas que ya no admitían distancia: chicos que no llegaban a comer, personas que hasta hacía poco no dormían en la calle y ahora lo hacían, jubilados con vivienda pero sin recursos para sostener una alimentación básica, familias enteras atravesadas por una economía doméstica quebrada. La iniciativa surgió desde Toque Afro, un bloco de samba reggae y ritmos afroamericanos con fuerte arraigo barrial, donde la música nunca estuvo separada del encuentro ni del cuidado colectivo.

Toque Afro nació como expresión cultural y como disputa del espacio público. En esa experiencia confluyen tradiciones afrodescendientes donde el ritmo no es entretenimiento sino forma de comunidad: el candombe como reunión, el reggae como ética, la calle como territorio compartido. En ese entramado, la comida no es un complemento: es parte de la vida común. Donde hay tambor, hay fuego. Y donde hay fuego, hay organización.
“Nosotros veníamos dando una pelea muy concreta: poder estar en la calle sin que Espacio Público o el Gobierno de la Ciudad nos persigan todos los domingos, sin amenazas de secuestro de instrumentos o contravenciones por hacer arte”, explica Martín Ramírez, integrante de Toque Afro. “Y en medio de esa pelea empezamos a ver algo que ya no se podía ignorar: el hambre. Pibes que no comían, gente que quedaba en la calle, jubilados que tenían casa pero no tenían comida. Ahí entendimos que resistir solo desde lo cultural ya no alcanzaba”.

El alimento es una necesidad básica, pero también un derecho humano. No se trata de una formulación abstracta: sin alimentación adecuada no hay desarrollo posible, ni aprendizaje, ni proyecto de vida. El hambre deteriora el cuerpo y también las capacidades cognitivas; en las infancias, compromete el futuro de manera irreversible. Reconocer el alimento como derecho implica una obligación concreta: el Estado debe garantizarlo.
En contextos de crisis económica, ese derecho es el primero en quebrarse. Antes que la vivienda o la educación, se rompe el plato. Cuando el Estado se retrae de sus responsabilidades primarias, aparecen formas de organización que no buscan reemplazar políticas públicas, sino responder a una necesidad inmediata. Las ollas populares surgen ahí: como práctica colectiva frente a una ausencia estructural.
La historia lo confirma. Alrededor del fuego se organizó la vida comunitaria desde sus orígenes. En Chile, durante la crisis de 1930, las “ollas comunes” emergieron frente al colapso del empleo. En Uruguay, en los años ochenta, las ollas populares se articularon incluso bajo dictadura, combinando alimentación y formación. En Argentina, durante la hiperinflación de los noventa, las ollas volvieron a encenderse como respuesta directa al deterioro social. En todos los casos, el fuego cumplió la misma función: sostener la vida cuando las instituciones fallaron.
La olla de Toque Afro se inscribe en esa genealogía. Al principio fue quincenal. “Arrancamos cada quince días porque no sabíamos hasta dónde podíamos sostenerlo”, recuerda Ramírez. “Cocinábamos, repartíamos y volvíamos con la misma sensación: no alcanzaba”. La frecuencia semanal no fue una decisión ideológica, sino una imposición de la realidad.

Ilustración: Florencia Vespignani
La cocina comenzó en La Casona Cultural, en Carlos Calvo 242, un espacio que había sostenido una olla los sábados durante dos años. La crisis volvió inviable continuar de forma separada. “Las donaciones empezaron a caer, la mercadería no alcanzaba, todo se volvió más caro. Unificar fue una necesidad”, explica Ramírez. Esa articulación permitió consolidar una red barrial sostenida sin financiamiento estatal, basada en aportes de vecinos, espacios culturales y compras colectivas cuando no aparecen donaciones.
Hoy la dinámica es estable. Todos los lunes, a las 18 horas, comienza la cocina. A las 20, la salida. El recorrido —Carlos Calvo y Paseo Colón, Avenida San Juan, Independencia, Tacuarí— responde a un conocimiento territorial: allí hay personas que esperan. “Llueva, haga frío, haga calor o sea feriado, salimos igual”, dice Ramírez. “Porque del otro lado hay gente que cuenta con eso”.
La olla comenzó con 40 porciones. Hoy reparte hasta 100 platos de comida caliente por noche. Un dato central es que cerca del 30% de quienes se acercan lo hacen con ollas o recipientes grandes. No comen solo ellos: llevan comida para sus familias. “Hay muchos jubilados, gente que vive en una casa pero no llega a fin de mes y viene con su olla”, explica.

La comida no es mínima ni simbólica. Se preparan guisos, arroces y platos con carne, pollo y verduras, siempre acompañados por un postre. “La idea es que sea comida completa, no salir del paso”, aclara Ramírez. Por eso los insumos más difíciles de conseguir son los frescos, los más costosos. Cuando no aparecen, se compran de forma colectiva.
El crecimiento de la olla dialoga con el contexto social. Hacia fines de 2025, la pobreza descendió respecto del pico de 2024 y se ubicó entre el 27,5% y el 31,6%, mientras la indigencia bajó al 5%–6%. Sin embargo, ese descenso convive con un costo de vida elevado: en diciembre de 2025 una familia necesitó $1.308.713 para no quedar bajo la línea de pobreza. La mejora estadística no se tradujo de manera homogénea en los territorios.
En paralelo, la situación de calle se agravó. El ReNaCalle registró 9.440 personas sin hogar en 2023, pero organizaciones sociales contabilizaron casi 11.900 a mediados de 2025. En enero de 2026 se informaron incrementos muy marcados en zonas de Buenos Aires. La Ciudad concentra la mayor cantidad de casos.
“Nosotros no necesitamos informes para saber que hay más gente con hambre”, afirma Ramírez. “Lo vemos todos los lunes. Y lo más fuerte es la vergüenza con la que llega mucha gente grande, agradeciendo algo que debería estar garantizado”.
La olla no reemplaza políticas públicas. Las expone. Mientras el Estado regula el uso del espacio público cultural, el barrio garantiza comida. Mientras los discursos celebran mejoras parciales, el fuego sigue encendido.
La olla de Toque Afro no es caridad ni excepción. Es organización barrial, es cultura viva y es una respuesta concreta frente a una ausencia que persiste. Allí donde el Estado no llega, el barrio se organiza. Y cocina.



























