El juez de la Corte criticó a Pullaro por renovar casi toda la Corte santafesina.
En Santa Fe responden que el verdadero enojo sería porque Pablo Lorenzetti no fue designado. La pelea expone el barro profundo de las dinastías judiciales argentinas.
Hay algo profundamente conmovedor en ver a Ricardo Lorenzetti indignarse por la discrecionalidad judicial. Es como encontrar a Mirtha Legrand escandalizada por una cena larga o a un financista libertario descubriendo que existe la timba financiera. Un momento mágico de cinismo argentino donde el problema nunca es el sistema: el problema es quién reparte los cargos.
Porque el cortesano salió a hablar de moral institucional después de que Pullaro metiera mano fuerte en la Corte santafesina y designara seis jueces sobre siete. “No es normal”, dijo Lorenzetti, con ese tono solemne de patriarca judicial que intenta sonar republicano mientras media provincia murmura otra cosa bastante más criolla:
“Está caliente porque no entró el hijo.”
Y ahí la política santafesina hizo lo que mejor sabe hacer: convertir una discusión institucional en un conventillo federal premium.
Porque desde el gobierno provincial no tardaron en deslizar la versión más jugosa de todas: Lorenzetti habría operado fuerte para que Pablo Lorenzetti, camarista en Rafaela e hijo del juez supremo, aterrizara cómodamente en la Corte provincial. Pero Pullaro armó otra lista y el apellido no entró al paquete de ascensos cortesanos.

Entonces apareció la república.
Es maravilloso cómo funciona el sistema judicial argentino. Mientras acomodan esposas, hijos, amigos, secretarios, ahijados políticos y ex compañeros de facultad en tribunales de medio país, todos hablan de institucionalidad como si fueran próceres de mármol leyendo a Montesquieu arriba de un caballo blanco.
En Rafaela directamente se matan de risa.
Porque allá conocen perfecto el ecosistema Lorenzetti. Funcionarios judiciales recuerdan casualmente que la esposa del cortesano trabaja en el juzgado federal local, que hay amistades familiares orbitando cargos estratégicos y que buena parte de la estructura judicial rafaelina parece armada más por árbol genealógico que por concursos transparentes.
Pero lo más espectacular es la amnesia selectiva.
Lorenzetti se horroriza porque Pullaro nombró seis jueces sobre siete. Correcto. Gravísimo. Escandaloso. República en llamas. Ahora bien: cuando Néstor Kirchner lo nombró a él en la Corte Suprema nacional ya había designado cinco integrantes sobre siete. Ahí parece que la preocupación institucional estaba en mantenimiento.
Hermoso.
La Argentina judicial tiene esa lógica de parrilla política: el humo molesta solamente cuando el asado lo cocina otro.
Encima el contexto viene cargadísimo porque la pelea no ocurre en abstracto. Ocurre en medio del escándalo por el lobbysta judicial Santiago Busaniche, las internas salvajes dentro de Comodoro Py versión litoral y las operaciones cruzadas entre Rosatti, Lorenzetti, Rosenkrantz y el clan Mahiques, que ya parece dinastía napolitana administrando tribunales.
Todo es extraordinario.
Jueces acusándose entre sí de operar concursos mientras tienen familiares repartidos en despachos judiciales como souvenirs institucionales. Cortesanos denunciando discrecionalidad mientras empujan candidatos propios. Funcionarios hablando de ética republicana con el mismo tono con el que un dealer habla de responsabilidad emocional.
Y en el medio Pullaro mirando la escena como gobernador que acaba de descubrir que tocar la Justicia argentina es como patear un hormiguero lleno de abogados con fueros.
Porque el verdadero problema de esta pelea no es la Corte santafesina.
El verdadero problema es que dejaron expuesto algo que el sistema judicial argentino intenta ocultar hace décadas: que muchas veces los tribunales funcionan menos como poderes independientes y más como clubes familiares con toga, café recalentado y operadores eternos hablando de institucionalidad mientras acomodan apellidos.
Entonces Lorenzetti salió a denunciar discrecionalidad.
Y terminó recordándole al país entero cómo funciona realmente la aristocracia judicial argentina.
Viste que la casta siempre fuimos nosotros, debes de darte cuenta.



























