Mauricio Macri empezó a mover piezas para construir un polo de derecha con expulsados, heridos y desencantados de La Libertad Avanza. Francos, Marra, Mondino y hasta Gabriela Michetti aparecen en el radar de un armado que busca disputarle votos a Javier Milei en 2027. Mientras Karina Milei sigue purgando aliados, el macrismo pasa la ambulancia por los restos del experimento libertario.
La política argentina entró oficialmente en fase carroñera.
Mauricio Macri ya no discute con Milei como aliado incómodo ni como socio táctico: ahora empezó directamente a recorrer el campo libertario buscando sobrevivientes útiles, dirigentes resentidos y funcionarios expulsados por Karina Milei para construir una nueva derecha reciclada con olor a revancha.
Una especie de geriátrico premium del desencanto libertario.
Y honestamente: funciona bastante bien como fotografía del momento político.
Porque el mileísmo se convirtió en una trituradora tan salvaje de egos y cuadros propios que el PRO ya entendió que no necesita destruir al gobierno desde afuera. Le alcanza con esperar sentado mientras Karina echa gente como gerente tóxica administrando recursos humanos durante un brote psicótico.
Entonces Macri hace lo que mejor sabe hacer desde hace veinte años:
esperar heridos.
Y ofrecer refugio.
La escena tiene algo deliciosamente cruel. El mismo hombre que ayudó a fabricar políticamente a Milei ahora empieza a caminar por los márgenes del oficialismo juntando libertarios descartados como si recorriera una feria americana después del incendio.
Ahí aparece Guillermo Francos, expulsado elegantemente del corazón del gobierno después de haber funcionado como único adulto operativo dentro de una administración manejada emocionalmente por trolls, streamers y hermanos con delirios palaciegos.
Después Ramiro Marra, uno de los inventores originales del monstruo libertario, eyectado por Karina como si fuera empleado desprolijo de call center ideológico. Marra, que pasó de financista excitado por el caos anti-casta a paseador de perro deprimido recorriendo el Conurbano mientras intenta descubrir si todavía tiene carrera política o quedó convertido apenas en meme bursátil.
Y por supuesto Diana Mondino, la excanciller que salió del gobierno diciendo básicamente lo peor que puede decir alguien del mileísmo: que el Presidente podía ser “corrupto o estúpido”.
Frase histórica.
Porque en el universo libertario las traiciones nunca son ideológicas. Siempre son emocionales. Mondino dejó de pertenecer el día que rompió el pacto religioso de obediencia estética alrededor de Milei.

Entonces Macri detecta la oportunidad.
Y manda la ambulancia.
La parte más espectacular del operativo es Gabriela Michetti.
Macri literalmente resucitó políticamente a Michetti para usarla como mensaje venenoso contra Milei. Una figura completamente retirada vuelve al escenario únicamente para recordarle al Presidente algo insoportable: que hubo una época donde el PRO podía administrar poder sin que todos los funcionarios terminaran filtrándose chats, carpetazos o audios sexuales entre sí.
Michetti funciona como provocación psicológica.
El macrismo diciéndole al mileísmo:
“¿Ven? Nosotros también éramos una derecha rara… pero al menos sabíamos comportarnos en público.”
La comparación destruye especialmente a Victoria Villarruel, convertida ya en fantasma incómodo del oficialismo. Porque Macri entiende algo fundamental: la crisis libertaria no es económica solamente. Es convivencial. El gobierno ya no puede sostener relaciones internas normales. Todo deriva inevitablemente en expulsión, humillación o guerra digital.
Karina conduce como líder sectaria.
Y eso produce exiliados permanentemente.
Entonces el PRO empieza a imaginar algo fascinante: un polo de derecha post-mileísta. Un espacio para empresarios nerviosos, votantes desencantados y libertarios cansados del caos adolescente de la Casa Rosada.
La derecha geriátrica contra la derecha anfetamínica.
Y ahí aparece el detalle más humillante para Milei: Macri ya habla como si el ciclo libertario pudiera agotarse antes de tiempo. Como si el Presidente dejara de ser solución y empezara a convertirse lentamente en problema electoral para el establishment.
Porque el gran terror empresarial ya no es el kirchnerismo.
Es la inestabilidad.
Y el gobierno empezó a transmitir exactamente eso. Un oficialismo donde todos pelean contra todos, donde Karina expulsa dirigentes semanalmente, donde Santiago Caputo amenaza desde Twitter como villano de animé financiero y donde los funcionarios duran menos que una historia de Instagram.
Entonces Macri intenta construir algo distinto: una derecha con modales.
Más cínica.
Más fría.
Más profesional para administrar negocios.
Menos emocionalmente detonada.
Una derecha que robe oxígeno libertario sin necesidad de gritar “mandril” cada quince minutos.
Y quizá ahí aparezca la ironía más perfecta de toda esta época.
Milei llegó prometiendo destruir al PRO porque eran “casta”.
Ahora el PRO espera tranquilamente quedarse con los pedazos del mileísmo usando exactamente las mismas herramientas que el libertario decía combatir: rosca, paciencia, operadores y reciclaje de dirigentes heridos.
La política argentina siempre termina igual.
Los revolucionarios descubren demasiado tarde que el sistema no se destruye.
Te mastica.
Y después Macri pasa a buscar lo que quedó entero.


























