El fin de semana largo por el paso a la inmortalidad del general Güemes pinta como un salvavidas para la golpeada economía marplatense. Las reservas hoteleras, sin embargo, anticipan lo contrario. El termómetro del sector, que históricamente se disparaba en cada feriado, hoy marca fiebre, pero de la mala.
La Unión de Trabajadores Hoteleros y Gastronómicos (UTHGRA) saltó a la cancha con un diagnóstico lapidario. En apenas dos meses, alrededor de 40 establecimientos entre hoteles, cafés y restaurantes bajaron la persiana o anunciaron su cierre definitivo. Más de 400 trabajadores se quedaron en la calle. “Detrás de cada persiana que se baja hay familias que pierden su fuente de ingresos”, advirtió el secretario general, Pablo Santín, en un comunicado que retumbó en los pasillos del municipio.
Los cierres no son de cualquier lugar. La lista incluye a históricos como el hotel Castelmar, con más de dos décadas de vida, y el Dodo. En gastronomía, se llevaron puestos a cadenas como Weiss y Adorado, que debieron achicar su estructura, y a clásicos como La Bicicleta o Antares. Son 400 familias, pero las cuentas del gremio señalan que los que se fueron son apenas la punta del iceberg. Hay más locales en terapia intensiva.
El combo de la muerte lenta
Los números fríos de la ocupación hotelera explican el derrumbe. Los fines de semana largos de marzo, abril y mayo fueron un fracaso. La ocupación no superó el 45 o 50 por ciento, niveles ínfimos para una ciudad que alguna vez se jactó de llenarse en cada fecha patria.
El problema de fondo, sin embargo, no es la falta de turistas. Es la falta de plata en el bolsillo de los que vienen. Pablo Santín fue claro en Radio Provincia: “El 95 por ciento de los turistas que vienen a Mar del Plata son del AMBA, y de esa masa, el 80 por ciento es clase trabajadora o clase media”. Esa misma clase, la que le pone el pecho a la inflación todos los días, perdió más del 30 por ciento de su poder adquisitivo desde que arrancó la motosierra.
El gremio hizo la cuenta: si las paritarias tienen un techo del 1 por ciento y la inflación corre al 2,5 o 3 por ciento mensual, la cuenta es sencilla. Al trabajador le alcanza para menos. Y si al laburante no le alcanza, no gasta. Y si no gasta, el negocio no vende. Y si no vende, cierra. La cadena del hambre se completa en la puerta del local, con un cartel de “se alquila” pegado en el vidrio.
La motosierra también corta empanadas
Los responsables del sector insisten en que la actividad atraviesa la peor crisis en años. “Mientras siga cayendo el poder adquisitivo de los trabajadores, el problema se va a seguir profundizando”, advirtió Santín.
El gobierno municipal, por su parte, intenta sostener la narrativa de la “reactivación”, pero los datos la desmienten. “No vemos inversiones importantes que generen empleo genuino ni nuevas aperturas que compensen los cierres”, remató el gremialista.
Mar del Plata es el espejo de la Argentina de Milei. Una postal engañosa. Por un lado, el mar, la plata, los veraneantes que aún se animan a pisar la playa. Por el otro, el desierto de la economía real: locales clausurados, familias endeudadas y un estado de necesidad que crece a la par de la inflación.
Milei dijo que el ajuste lo pagaba la casta. En Mar del Plata, el ajuste lo pagan los pibes que se quedaron sin trabajo en el hotel Castelmar y los mozos que ya no tienen donde llevar el plato a la mesa. La casta, como siempre, está en otro lado, mirando el horizonte, mientras la ciudad se queda sin persianas que subir.


























