Martín Menem intentó bajar el tono de la interna libertaria tras el escándalo de la cuenta troll atribuida a su entorno. El presidente de Diputados habló de resolver diferencias “en el vestuario”, mientras el oficialismo sigue filtrando capturas, operaciones y acusaciones cruzadas. La Libertad Avanza ya no parece un partido político: parece un reality de egos paranoicos administrado por community managers.
Hay algo obscenamente cínico en escuchar a Martín Menem hablar de “resolver las cosas en privado” después de meses donde el oficialismo convirtió Twitter en una unidad básica de demolición interna financiada con adrenalina, operadores y hambre de poder.
Porque no apareció un hacker ruso.
No aterrizó una conspiración internacional.
No hubo infiltración extraterrestre.
Lo que explotó fue el propio ecosistema libertario devorándose desde adentro como colonia de ratas encerradas en un tambor incendiado.
Y Menem lo sabe perfectamente.

Por eso ahora intenta ponerse el traje de dirigente institucional, de adulto razonable, de muchacho prudente que pide calma y moderación. El problema es que la interna ya mostró demasiado: funcionarios operándose entre sí, trolls alineados con sectores del gobierno funcionando como servicios de inteligencia low cost y una estructura política completamente intoxicada por la lógica de redes sociales donde nadie discute proyectos, sólo territorialidad, influencia y capacidad de daño.
La famosa “nueva política” terminó funcionando como camarilla cortesana.
Pero con celulares.
El episodio Rufus fue apenas una filtración accidental de algo mucho más grande. Porque la cuenta no importó solamente por los ataques. Importó porque dejó visible el método. El modo en que distintos sectores del mileísmo usan aparatos digitales para marcar territorio, disciplinar rivales y mandar mensajes internos envueltos en ironías de troll profesional.
No gobiernan.
Hostigan.
Todo el tiempo.
Y detrás de cada publicación aparece la verdadera disputa: quién controla el acceso al Presidente, quién administra el algoritmo libertario, quién decide candidaturas, quién maneja la caja y quién queda vivo para la próxima etapa del experimento Milei.
Karina arma estructura.
Santiago construye influencia.
Menem protege posiciones.
Bullrich calcula supervivencia.
Caputo cuida mercados mientras el gobierno se pudre públicamente.
Y Milei aparece en el centro como figura religiosa rodeada de tribus enfrentadas que usan su nombre como legitimidad mientras se apuñalan entre sí por debajo de la mesa.
La escena ya tiene algo de monarquía decadente.
Un oficialismo donde cada sector necesita destruir al otro antes de que el otro consiga expulsarlo primero. Por eso las cuentas anónimas importan tanto. No son entretenimiento. Son herramientas de guerra política. Funcionan como carpetazos permanentes, canales de presión y usinas de desgaste interno.
El mileísmo construyó un poder completamente dependiente de la comunicación digital y ahora quedó preso de su propia criatura.
Porque cuando gobernás mediante fandoms, trolls y fanáticos hiperestimulados, llega un momento donde la maquinaria deja de obedecer verticalmente y empieza a actuar sola. Cada tribu desarrolla reflejos propios, agenda propia y enemigos propios.
Eso explica el nerviosismo de Menem.
No intenta solamente cerrar una polémica.
Intenta evitar que el gobierno entre en fase de fragmentación irreversible justo cuando las encuestas empiezan a mostrar desgaste, el escándalo Adorni sigue drenando credibilidad y los mercados ya miran al oficialismo con la misma cara que un banco observa a un cliente sobreendeudado.
Y ahí aparece la frase del “vestuario”.
Una frase maravillosa porque revela nostalgia por un tipo de política que ya no existe dentro del propio mileísmo. Antes las internas podían administrarse discretamente entre operadores profesionales. Ahora todo se transforma instantáneamente en espectáculo público porque el gobierno vive conectado a una economía emocional de redes donde cada facción necesita mostrar fuerza permanente para no parecer derrotada.
Entonces nadie calla.
Todos filtran.
Todos amenazan.
Todos tuitean.
Todos acumulan capturas.
La política libertaria ya no se organiza alrededor de instituciones sino alrededor de climas digitales.
Y eso vuelve imposible cualquier disciplina real.
El problema de fondo no es Rufus.
El problema es que el oficialismo perdió completamente la frontera entre gobierno, aparato de propaganda y guerra interna. Todo ocurre simultáneamente y en el mismo espacio. Funcionarios que operan como influencers. Influencers que actúan como inteligencia política. Militantes convertidos en brigadas de hostigamiento online. Diputados hablando como streamers. Y trolls condicionando dirigentes reales desde cuentas anónimas.
La revolución anti-casta terminó convertida en una incubadora de mini-castas digitales peleando por migajas de poder alrededor de un liderazgo cada vez más encapsulado.
Y mientras Menem pide cerrar puertas, la sensación es exactamente la contraria el oficialismo ya se quedó sin paredes.



























