Milei reconoció que hubo “más inflación, menor actividad y tasas más altas” en los últimos meses. Pidió paciencia y volvió a responsabilizar al kirchnerismo, pese a indicadores que muestran deterioro económico. En medio de escándalos y caída en encuestas, el Gobierno insiste en negar su propio presente.
El reconocimiento llegó, pero en cuotas, con culpa tercerizada y relato intacto, porque Javier Milei finalmente admitió que los últimos meses fueron duros, que hubo más inflación, menos actividad y tasas más altas, es decir, describió la crisis que atraviesa la sociedad, pero al mismo tiempo se corrió de esa escena como si fuera un narrador externo, como si los efectos no tuvieran relación con las decisiones tomadas desde diciembre, como si gobernar fuera comentar la realidad y no intervenirla.
La fórmula discursiva se repite con precisión quirúrgica: Crisis actual = herencia pasada − responsabilidad presente, y en esa ecuación el Gobierno se ubica siempre del lado de la explicación y nunca del lado de la causa, un mecanismo que puede funcionar durante un tiempo pero que empieza a mostrar fisuras cuando los datos no acompañan y la experiencia cotidiana desmiente el optimismo oficial.

Milei habló de “bombas” heredadas, de irresponsables, de una economía al borde del estallido, un repertorio que ya es parte del manual, pero lo novedoso no es la acusación sino el contexto en el que aparece, porque ya no se trata de justificar el punto de partida sino de explicar un presente que lleva meses de deterioro en variables clave, inflación que no cede, actividad que no repunta, consumo que cae, indicadores que no responden al relato de mejora.
El punto más incómodo del discurso es la afirmación de que la pobreza es la más baja en siete años, un dato que choca con la percepción social y con otros indicadores que muestran lo contrario, porque cuando los ingresos pierden, cuando el empleo se resiente y cuando el consumo se desploma, la mejora estructural no aparece como evidencia sino como enunciado, y ahí es donde el relato empieza a perder potencia frente a la realidad.
Mientras tanto, el pedido de paciencia funciona como un recurso clásico, una extensión del crédito político que se le pide a la sociedad cuando los resultados no llegan, pero la paciencia no es infinita ni abstracta, tiene un correlato concreto en el bolsillo, en el precio de los alimentos, en la capacidad de llegar a fin de mes, y cuando esa experiencia cotidiana se vuelve cada vez más difícil, el margen para sostener el discurso se achica.
En paralelo, el Gobierno enfrenta una acumulación de problemas que exceden lo económico, escándalos internos, denuncias, tensiones políticas, caída en las encuestas, un contexto que no sólo complica la gestión sino también la capacidad de sostener una narrativa coherente, porque cuando los frentes se multiplican, el relato se vuelve más frágil.
Entonces el reconocimiento de los “meses duros” no funciona como punto de inflexión sino como confirmación, una admisión parcial que no modifica la lógica central del discurso, que sigue anclada en el pasado como explicación total y en el futuro como promesa, dejando el presente en una especie de limbo donde se reconoce el problema pero no se asume la responsabilidad.
Y en ese punto, cuando la realidad se describe pero no se asume, cuando los datos se mencionan pero se relativizan, cuando la crisis se reconoce pero se explica siempre en otro lado, la pregunta deja de ser económica.
Pasa a ser política.
Viste que la casta siempre fuimos nosotros, debes de darte cuenta




























