Amigo, te voy a contar lo que pasó en el Azteca porque si te perdés el partido inaugural es como faltar el primer día de la escuela: después no entendés nada. México le ganó 2 a 0 a Sudáfrica, pero el resultado es una mentira. Una gran mentira. Porque esto fue un partido de locos, de esos que te dejan el corazón en la boca y la camiseta empapada en birra.
Arrancó todo bien para los aztecas. A los 4 minutos, Sudáfrica ya perdía. El ambiente era una fiesta. El Azteca temblaba. Shakira había dejado la vara altísima con la ceremonia, pero la gente estaba para ver fútbol, no para coreografías. Y vaya si lo vieron.
El primer gol y la ilusión
A los 9 minutos, Julián Quiñones la empujó después de una jugada de terror en el área. El tipo apareció en el momento justo, como todo buen delantero, y puso el 1-0. El Azteca explotó. Los cánticos retumbaron. Todo el mundo pensó que México se iba a llevar puesta a Sudáfrica. Pero el fútbol, amigo, es traicionero.
México controlaba, la tenía, la tocaba, pero no liquidaba. Raúl Jiménez, el veterano, la tuvo clarísima: su remate fue atajado por el arquero sudafricano en una de las primeras atajadas del torneo. Pudo ser el segundo, no fue. Y ahí empezó la novela.
La fiesta se puso turbia
Cuando parecía que México se iba al descanso con una ventaja tranquila, el árbitro brasileño Wilton Sampaio decidió que quería ser protagonista. Primero, en el primer tiempo, Sudáfrica se quedó con nueve. Sí, nueve. Siphephelo Sithole vio la roja directa por una infracción como último recurso en el borde del área. El estadio se vino abajo. Los mexicanos lo ovacionaron. Sampaio, que tuvo una noche movidísima, se ganó al público de una.
Pero la historia no terminó ahí. México jugó todo el segundo tiempo con diez hombres. Sí, con diez. César Montes, el capitán, se fue expulsado en tiempo de descuento por una patada que sobraba. Una roja tonta, de esas que te hacen agarrarte la cabeza. El árbitro brasilero, no conforme con haber echado a dos sudafricanos, decidió que la fiesta tenía que tener color local también.
La joyita de 17 años y el gol que cerró la historia
Con un hombre menos, México no solo aguantó, sino que encontró el segundo. A los 22 minutos del segundo tiempo, Raúl Jiménez, el eterno, apareció para poner el 2-0. Golpe de autoridad. El tipo la vio venir, se acomodó y la mandó a guardar. El Azteca, otra vez, era un volcán.
Antes, había entrado Gilberto Mora. El volante de Tijuana tiene 17 años. Sí, 17. El jugador más joven del Mundial. Y no desentonó. Se mandó un par de lujos. El pibe no sintió la presión. En un Mundial, con 87 mil personas gritando, él jugó como si estuviera en la plaza con los amigos. Mirá si es loco esto.
El final insólito y la promesa de la noche
Para cerrar la obra de terror, Sampaio decidió que una roja no era suficiente. Themba Zwane vio la segunda amarilla en el complemento, dejando a Sudáfrica con nueve jugadores. Sí, con nueve. México con diez. El partido fue un quiebre de piernas constante, una pulseada absurda, una cosa de locos.
Sampaio se fue del Azteca con el silbato humeando. Expulsó a tres. Mostró más amarillas que un semáforo. El tipo había llegado con fama de no tenerle miedo a nadie, y se fue con el cuchillo entre los dientes. El partido fue un descontrol total, justo como nos gusta a los que vemos esto con una birra en la mano.
El dato
Con esta victoria, México rompe una maldición histórica: por primera vez, gana un partido inaugural del Mundial. De siete participaciones anteriores, había perdido cinco y empatado dos. Nunca había arrancado ganando. Javier Aguirre, el técnico, lo sabía y lo usó como combustible: «Hay que romper la estadística», había dicho en la previa. Y vaya que la rompieron.
Lo que viene
La acción mundialista sigue esta noche con Corea del Sur vs. República Checa a las 23. Pero lo que dejó el Azteca es imborrable. México la sufrió, la gozó, la terminó padeciendo y la ganó. Un triunfo que sabe a gloria, a épica, a ese sabor único del fútbol sudamericano puesto en suelo norteamericano. El Mundial arrancó como tenía que arrancar: con polémica, con goles, con una montaña rusa de emociones y con un árbitro que se fue expulsando a todo el mundo.


























