Miles de argentinos siguen enfrentando rechazos, demoras y requisitos cada vez más estrictos para ingresar a Estados Unidos. Mientras tanto, el gobierno libertario convirtió el alineamiento con Washington en una religión diplomática y descubrió una verdad incómoda: chupar medias no otorga ciudadanía.
Durante meses se intentó vender una fantasía bastante infantil sobre las relaciones internacionales. Según esa teoría, bastaba con sonreír en todas las fotos, repetir los mismos discursos, votar lo que pide Washington en los organismos internacionales y declararse el mejor alumno de Occidente para que las puertas del imperio se abrieran de par en par. La realidad, como suele ocurrir cuando intervienen los hechos, llegó para arruinar semejante acto de fe.
Porque mientras en la Casa Rosada hablan de alianza estratégica, amistad histórica, valores compartidos y afinidad ideológica, miles de argentinos siguen descubriendo que el consulado norteamericano mantiene exactamente la misma costumbre de siempre: mirar el pasaporte, pedir documentación, analizar antecedentes y, si corresponde, rechazar la solicitud sin demasiados remordimientos.
Resulta conmovedor observar la sorpresa de algunos funcionarios. Parecen adolescentes descubriendo que poner «me gusta» en todas las publicaciones de alguien no garantiza una invitación a cenar. Estados Unidos podrá tener intereses, socios, aliados circunstanciales y gobiernos preferidos. Lo que no tiene es gratitud diplomática.
Los imperios no funcionan así.
Nunca funcionaron así.
La historia está llena de países que entregaron recursos, mercados, bases militares, alineamientos geopolíticos y obediencia política esperando recibir trato preferencial. Casi todos terminaron aprendiendo la misma lección: el poder acepta la obediencia con una sonrisa y la olvida con la misma velocidad.
Lo más divertido es que esta situación desnuda una enfermedad bastante antigua de cierta dirigencia argentina. Esa fascinación colonial que confunde subordinación con prestigio. Como si aplaudir más fuerte otorgara categoría superior. Como si repetir los argumentos ajenos transformara automáticamente a alguien en miembro del club.
No ocurre.
Jamás ocurrió.
Y probablemente jamás ocurra.
Porque para Washington existe una diferencia enorme entre un aliado útil y un ciudadano estadounidense. La primera categoría puede recibir una foto. La segunda recibe derechos. Son cosas distintas.
Mientras tanto, el ciudadano común sigue atrapado en la realidad. El estudiante que quiere hacer un posgrado. El profesional que busca oportunidades laborales. La familia que pretende viajar. El emprendedor que necesita ingresar al mercado norteamericano. Todos siguen atravesando los mismos controles, los mismos formularios, las mismas entrevistas y las mismas incertidumbres de siempre.
La geopolítica del aplauso permanente no les consiguió un atajo.
Tampoco una fila preferencial.
Ni siquiera una ventanilla especial.
Porque el Departamento de Estado tiene una característica muy poco romántica: no premia la devoción ideológica.
Evalúa intereses.
Y los intereses rara vez incluyen recompensar adulaciones.
Por eso el espectáculo adquiere tonos tragicómicos. Mientras algunos dirigentes argentinos se esfuerzan por demostrar quién ama más a Estados Unidos, los funcionarios norteamericanos continúan haciendo exactamente lo que hicieron siempre: defender los intereses de Estados Unidos.
Ni más.
Ni menos.
Al final, la moraleja resulta bastante sencilla.
Un país serio construye relaciones internacionales desde la dignidad, la negociación y la defensa de sus intereses.
Un país acomplejado cree que la admiración reemplaza a la política exterior.
Y tarde o temprano descubre que las embajadas no entregan visas por entusiasmo.
Porque una cosa es ser aliado.
Otra muy distinta es creer que el dueño de la fiesta te va a dejar entrar por haberle sostenido el saco.
La historia demuestra que los imperios cobran favores.
Lo que casi nunca hacen es devolverlos.


























