El Mundial 2026 arrancó con un récord que nadie pidió: más pausas que nunca. Y no me vengan con el cuento de la hidratación. En los partidos inaugurales en Toronto, Los Ángeles y Ciudad de México no hacía el calor de Qatar. Los jugadores no estaban al borde del infarto. Y sin embargo, los árbitros cortaron el juego igual. Qué casualidad que justo antes de cada pausa, el director de televisión metía un plano del banco de suplentes, el agua y la toalla… y después, oh, sorpresa, entraba la tanda de un auto 0 km.
No me gusta la mentira. Y esto es mentira, amigo.
La estupidez de creer que no nos damos cuenta
La FIFA inventó el cuento de la hidratación para justificar lo injustificable: interrumpir el único deporte del planeta que no las tiene. En el básquet, cada falta es un corte. En el fútbol americano, la pelota vive parada. En el rugby, el juego sigue aunque el tipo se desangre. El fútbol era sagrado porque no paraba. Ahora, cada vez que un jugador pisa la línea de cal o el 9 patea un tiro libre, el árbitro se toma un café, los sponsors muestran su logo y el hincha se come un comercial de una cerveza que seguro le va a dar acidez.
Ya sé, van a decir que son pausas «técnicas», que no cortan jugadas en marcha, que es por la salud de los jugadores. Discúlpeme, pero la salud de los jugadores se cuida con médicos, con preparadores físicos y con un fixture que no los haga jugar cada 48 horas, no con una publicidad de un banco. Esto es como si la FIFA hubiera descubierto que el agua se vende y que la mejor forma de venderla es meterla en el medio de la cancha.
El negocio de arruinar el espectáculo
Lo peor de todo no es la publicidad. Lo peor es el ritmo. El fútbol es el deporte de la continuidad. La emoción del fútbol está en la montaña rusa, en que el corazón no para de latir. Cuando la FIFA mete un corte de 60 segundos a los 20 minutos del primer tiempo, el espectador se desconcentra, los jugadores se enfrían y el partido pierde la magia. He visto pausas que cortaron el momento justo en que un equipo estaba por liquidar al rival. La contra se enfrió, el estadio se quedó en silencio, y el equipo atacante tuvo que empezar de nuevo. Eso no es cuidar a los jugadores, amigo. Esto es matar el espectáculo.
La FIFA se olvida de una cosa: sin el hincha, sin la pasión, sin la locura del domingo, el negocio no existe. Pueden poner todos los logos que quieran, pueden estirar los partidos hasta que se hagan eternos, pero si la gente se aburre, se va. Y cuando se vaya, no va a volver.


























