Un peritaje de la Policía Federal concluyó que el contrato para comprar Libra no era público cuando Milei promocionó la criptomoneda. La prueba golpea una de las principales líneas de defensa presidencial y aparece justo cuando la interna entre Patricia Bullrich y los hermanos Milei atraviesa su momento más explosivo.
La política argentina produce escenas tan extraordinarias que terminan pareciendo escritas por un guionista con problemas de medicación. Durante meses Javier Milei repitió que Libra era un proyecto público, transparente y accesible para cualquiera que quisiera participar. Ahora una pericia de la propia Policía Federal concluye exactamente lo contrario y la situación adquiere una ironía difícil de mejorar: una de las pruebas más incómodas contra el Presidente apareció desde una fuerza históricamente asociada al universo político de Patricia Bullrich.
No es una derrota judicial. Todavía no. Es algo peor.
Es una derrota narrativa.
Porque el mileísmo construyó buena parte de su defensa sobre una idea sencilla: cualquiera podía acceder a la información. Cualquiera podía comprar. Cualquiera podía participar. El problema es que el informe técnico sostiene que el contrato no estaba disponible públicamente cuando Milei publicó el famoso mensaje promocional y que el control inicial permanecía concentrado en manos de Hayden Davis.
Traducido al castellano político: la puerta que supuestamente estaba abierta para todos tenía dueño.
Y el dueño tenía la llave.

Lo fascinante del episodio no es únicamente el contenido del peritaje sino el contexto en que aparece. Porque el gobierno atraviesa una guerra civil de baja intensidad donde cada despacho parece funcionar como una embajada extranjera. Karina Milei combate a Villarruel. Villarruel administra sus propias operaciones. Santiago Caputo pelea sus guerras particulares. Patricia Bullrich construye autonomía. Los gobernadores toman distancia. Y en medio de semejante festival de desconfianza aparece un informe que dinamita uno de los argumentos centrales de la Casa Rosada.
La pregunta dejó de ser qué dice el peritaje.
La pregunta es quién permitió que se conociera.
Y ahí es donde la paranoia oficialista empieza a trabajar horas extras.
Porque en Balcarce 50 hace tiempo que dejaron de ver casualidades. Ven mensajes. Ven señales. Ven advertencias. Ven movimientos de piezas. Un documento judicial deja de ser un documento judicial para convertirse en un episodio más de una interna donde todos sospechan de todos y donde cada filtración se interpreta como una declaración de guerra.
El resultado es casi cómico. El gobierno que llegó prometiendo una revolución contra la casta terminó reproduciendo una de las tradiciones más antiguas del poder argentino: la pelea palaciega permanente. La diferencia es que antes las puñaladas eran metafóricas y discretas. Ahora circulan por grupos de WhatsApp, canales de televisión y expedientes judiciales.
Mientras tanto, la causa Libra sigue avanzando como una sombra incómoda que se niega a desaparecer. Cada vez que el oficialismo cree haber cambiado de tema aparece un nuevo dato. Cada vez que intenta clausurar la discusión surge otro documento. Cada vez que intenta correr el foco, la realidad vuelve a poner el expediente arriba de la mesa.
Y la realidad tiene una costumbre bastante desagradable.
No acepta comunicados de prensa como prueba.
Por eso el problema para Milei no es solamente jurídico.
Es político.
Porque cuando una investigación empieza a perforar el relato oficial, el daño ya no depende de una sentencia. Depende de la credibilidad. Y la credibilidad funciona como un parabrisas: puede resistir muchos impactos, pero llega un momento en que las grietas empiezan a conectarse.
La tragedia para el Presidente es que esta vez la piedra no vino de la oposición.
Ni del kirchnerismo.
Ni de los medios.
Ni de los sindicatos.
Vino desde una fuerza de seguridad que responde al propio Estado.
Y en una administración donde las traiciones ya cotizan más que el dólar, eso duele bastante más que cualquier denuncia opositora.
Porque una cosa es combatir enemigos.
Otra muy distinta es descubrir que los testigos aparecen dentro de casa.


























