Paolo Rocca empuja una candidatura presidencial de Patricia Bullrich para 2027 y busca convencer a Mauricio Macri de sumarse al operativo. Sectores del establishment empiezan a construir un “plan B” frente al desgaste de Javier Milei, las internas libertarias y el deterioro económico. Mientras el Presidente todavía grita contra la casta, los dueños reales del poder ya discuten cómo administrar la transición post-mileísta.
El movimiento de Paolo Rocca alrededor de Patricia Bullrich no debe leerse como simple simpatía empresarial hacia una candidata de derecha. Lo que empieza a configurarse es algo mucho más profundo y típicamente argentino: un operativo de preservación del orden económico frente al desgaste acelerado del instrumento político que eligieron para ejecutar el ajuste. El establishment no discute el programa de Milei porque, en términos estructurales, Milei está haciendo exactamente lo que las grandes corporaciones querían: pulverización salarial, disciplinamiento social, destrucción sindical, desregulación económica y transferencia brutal de ingresos hacia sectores concentrados. El problema no es el contenido del modelo. El problema es el envase emocionalmente inestable que lo administra. El capital argentino tolera recesión. Tolera conflictividad social. Tolera incluso deterioro democrático. Lo que no tolera es imprevisibilidad prolongada dentro del propio núcleo del poder.
Por eso Bullrich vuelve a adquirir valor estratégico. No como outsider, no como fenómeno antisistema, sino exactamente por lo contrario: como garantía de administración clásica del orden. Patricia representa para ciertos sectores empresarios la posibilidad de conservar el corazón económico del mileísmo sin el componente esquizofrénico del laboratorio libertario. Ajuste sí, pero sin ministros operando entre sí por Telegram. Represión sí, pero sin presidentes compartiendo mapas falsos, videos hechos con IA o audios sexuales filtrados en medio de crisis institucionales. Mano dura sí, pero sin un gobierno funcionando psicológicamente como secta digital paranoica administrada entre trolls, streamers y hermanas presidenciales convertidas en supervisoras absolutas del acceso al líder.
Ahí aparece el verdadero drama del mileísmo: el gobierno empieza a generar miedo dentro de los propios sectores que originalmente lo financiaron y legitimaron. Porque la acumulación de episodios delirantes ya no se percibe solamente como extravagancia estética. Empieza a ser leída como incapacidad real de construcción estatal. La economía puede sostener cierto nivel de violencia social; lo que los grupos de poder necesitan evitar es la sensación de vacío de conducción. Y hoy la Casa Rosada transmite exactamente eso: un poder encapsulado, emocionalmente frágil y crecientemente consumido por guerras palaciegas internas. Karina Milei expulsando dirigentes. Santiago Caputo enfrentado con los Menem. Bullrich marginada. Villarruel aislada. Adorni transformado en símbolo tóxico de supervivencia presidencial. Todo el oficialismo orbitando alrededor de conflictos internos mientras afuera se deteriora la economía real.

Macri detecta perfectamente esa ansiedad empresarial y empieza a ocupar un lugar muy específico: el del administrador conservador capaz de reconstruir racionalidad de derecha después del experimento libertario desbordado. Su reaparición pública no responde solamente a nostalgia política o ego personal. Responde a una demanda concreta de sectores económicos que empiezan a preguntarse cómo preservar el rumbo general del ajuste evitando que el colapso político de Milei termine habilitando un regreso competitivo del peronismo. El establishment argentino históricamente funciona así: nunca se enamora de sus presidentes. Los utiliza mientras resultan funcionales y empieza a preparar relevos apenas detecta señales de agotamiento. La relación con Milei empieza lentamente a entrar en esa fase.
La candidatura potencial de Bullrich funciona entonces como una especie de transición administrada. Un mileísmo sin crisis nerviosa permanente. Un neoliberalismo más profesionalizado, más clásico, más compatible con estabilidad corporativa. La paradoja es brutal: Milei llegó prometiendo destruir a la “casta política” y terminó produciendo exactamente el escenario que mejor conocen las élites argentinas desde hace décadas. Un presidente útil para aplicar shock económico, pero demasiado caótico para garantizar reproducción estable del sistema. Y ahí aparecen nuevamente los viejos administradores del poder tradicional ofreciendo orden, previsibilidad y continuidad de negocios. La política argentina siempre termina igual: los outsiders llegan prometiendo incendiar todo y las clases dominantes terminan usándolos apenas como fuerza de demolición transitoria antes de volver a buscar gerentes más confiables para administrar los restos.


























