Prometían trabajo. Entregaron fusiles.
La globalización cumple su parte: vos llevás la necesidad, ellos ponen la guerra. Ciudadanos de Kenia —y de otros países africanos— aceptan empleos civiles en Rusia y aterrizan directo en el frente de Ucrania. No hay error administrativo ni estafa aislada: es un modelo de negocios. Mano de obra barata convertida en baja invisible.
Investigaciones de The Washington Post y CNN describen un procedimiento prolijo en su crueldad: pasaje pago, promesa salarial, contrato en idioma ajeno, entrenamiento exprés y envío a los llamados asaltos de carne. Drones arriba. Cuerpos abajo. La guerra industrial mata a distancia; los cuerpos llegan importados.
Ucrania identificó a 1.436 ciudadanos de 36 países africanos combatiendo por Rusia. Identificados. Los demás no cuentan. En la contabilidad contemporánea, lo extranjero es prescindible: no vota, no reclama, no hace duelo. Ideal para morir sin costo político.
Las historias se repiten como formulario. Conductores, limpiadores, guardias de seguridad. Cuentas bancarias “administradas” por reclutadores. Preparación militar mínima, impartida en lenguas incomprensibles. Quien duda, arresto. Quien intenta escapar, amenaza. La consigna es simple y eficiente: avanzás o desaparecés. Alguno vuelve por una grieta burocrática; la mayoría queda del lado correcto del encuadre: fuera de cámara.
El Estado keniano reconoce haberse enterado “por la prensa”. Las embajadas explican que no ingresan a morgues. Los intermediarios son “agencias deshonestas”. Siempre hay un tercero para que la guerra mantenga las manos limpias. Empresas pantalla, socios prófugos, abogados que admiten haber enviado más de mil hombres. El mercado funciona porque la pobreza existe y porque la muerte, bien tercerizada, abarata.
Eduardo Galeano lo escribió sin drones ni mapas tácticos:
“El mundo no está mal hecho, está hecho para que algunos vivan bien y otros apenas sobrevivan.”
— Eduardo Galeano, Patas arriba. La escuela del mundo al revés
Rita Segato lo dijo sin anestesia:
“La violencia no es un accidente ni una anomalía: es una pedagogía del poder.”
— Rita Segato, La guerra contra las mujeres
Prometer empleo y entregar guerra no es reclutamiento: es trata con envoltorio de empleo.
Tercerizar la muerte no es una rareza rusa: es eficiencia geopolítica.
Y mirar para otro lado —con informes, cumbres y condolencias de manual— ya no es neutralidad: es complicidad tercerizada.



























