The Economist, el mismo medio que durante décadas miró a Argentina como quien mira un experimento fallido, se dignó a analizar el discurso del domingo de Javier Milei. Y ¿adivinen qué? Confirmó lo que cualquier laburante que vio el video por YouTube ya sabía: el tipo está más sacado que loro en la pava eléctrica, se regodea insultando, y su «éxito» le generó una mezcla de soberbia y agresividad digna de un rugbier de country borracho. Lo llamaron «arrogante», «agresivo» y señalaron que «se deleita» haciendo llorar a los kukas. Mientras tanto, Moody’s salió a ponerle un baldazo de agua fría a la fiesta: los beneficios de la reforma laboral van a ser «graduales, limitados y desiguales». O sea, que no se entusiasmen mucho con el verso.
Mientras la mayoría de los argentinos seguía preguntándose si llegaba a fin de mes, The Economist, la biblia del liberalismo económico y el establishment global, publicó un análisis sobre el discurso de Milei en el Congreso. El título ya es una pintura: «Javier Milei celebra con agresividad una serie de éxitos» . La volanta, un guiño cinéfilo: «Grita cuando estás ganando». Una frase que parece sacada de un manual de autoayuda berreta, pero que resume perfecto al personaje.
El medio británico, acostumbrado a analizar guerras geopolíticas y crisis financieras globales, dedicó esta vez un artículo al clima político argentino tras el discurso presidencial del domingo. El texto reconoce que el gobierno de Javier Milei atravesó meses políticamente favorables: menciona la aprobación de leyes clave, señales de recuperación económica y la recomposición de reservas del Banco Central. Hasta allí, el diagnóstico resulta elogioso.
Sin embargo, el análisis introduce rápidamente un matiz crítico. Según la revista, ese escenario de éxito político habría venido acompañado de un tono cada vez más confrontativo en el discurso presidencial. El artículo sostiene que los logros recientes parecen haber derivado en “arrogancia y agresividad”, una caracterización que apunta directamente al estilo retórico que Milei ha consolidado desde su llegada al poder.

El análisis de los ingleses (que vinieron por oro y se llevaron una temporada de telenovela argentina)
Lo más pintoresco del artículo de The Economist es que no se anduvo con eufemismos para describir el estilo del Presidente. Según la revista, Javier Milei había prometido hace un año bajar un cambio con los insultos, moderar el tono, comportarse como jefe de Estado y no como panelista en guerra permanente. Bueno… parece que la promesa duró lo mismo que un mate lavado.
En el discurso en el Congreso, recuerda la revista, Milei volvió a su versión más conocida: gritos, provocaciones y el clásico repertorio de epítetos contra la oposición. A los legisladores que lo interrumpían les dedicó un catálogo de insultos —“asesinos”, “ladrones”, “golpistas”, “cavernícolas”— como si el recinto fuera una cancha de ascenso un domingo a la tarde. Y para cerrar la escena, la frase que ya funciona como mantra libertario: “me encanta hacerlos llorar”.
Los británicos, que han visto crisis políticas en medio planeta, parecieron mirar el episodio con una mezcla de fascinación antropológica y desconcierto civilizado. El artículo incluso rescata otra joya del repertorio presidencial: el momento en que Milei bautizó a Myriam Bregman como “Chilindrina troska”. Un nivel de fineza discursiva más cercano a un sketch de televisión o a un cruce de Twitter que a una intervención presidencial en el Congreso.
El diagnóstico de la revista fue elegante, como corresponde a la diplomacia británica, pero bastante claro: las reformas económicas que el gobierno presenta como “sabias y necesarias” suelen venir acompañadas de una retórica furiosa, a veces paranoica, incluso cuando el propio presidente atraviesa uno de sus momentos políticos más favorables. Traducido al castellano rioplatense: el tipo gana una mano y empieza a gritar como si estuviera jugando al truco en un bar de Constitución.
La dualidad: elogios con palmadita… y un par de cachetazos
El artículo también muestra ese equilibrio tan británico entre elogio y advertencia. Por un lado, reconoce que el gobierno logró aprobar leyes importantes y que la economía muestra algunos signos de recuperación. Incluso menciona que la reforma laboral apunta a modificar normas heredadas de los años setenta que, según ese enfoque, contribuyeron a una informalidad laboral que ronda el 40%.
Hasta ahí, todo parece una nota amable.
Pero enseguida llega el baldazo de realidad: el verdadero problema —señala el análisis— es si esa recuperación está generando empleo de calidad o simplemente más precariedad. Y ahí el panorama ya no luce tan heroico.
La revista advierte que la recuperación económica es desigual, que la producción industrial sigue por debajo de los niveles previos al cambio de gobierno y que existe el riesgo de que los puestos de trabajo estables terminen reemplazados por changas mal pagas o empleos informales. En otras palabras: crecimiento puede haber, pero si los laburantes terminan repartiendo paquetes en bicicleta por dos mangos, la fiesta queda bastante deslucida.
Una lectura bastante más sobria —y bastante menos épica— que la que suele circular en el ecosistema digital libertario, donde cada gráfico verde ya se celebra como si hubieran descubierto la pólvora.
Moody’s tira la fría: calma, muchachos
Mientras tanto, la agencia calificadora Moody’s decidió poner un poco de hielo en el champagne oficial.
Según el informe, la reforma laboral representa uno de los cambios más significativos en más de dos décadas y podría mejorar las perspectivas de crecimiento en el mediano plazo. Hasta ahí, aplausos.
Pero la letra chica del análisis es menos festiva: Moody’s advierte que los beneficios económicos en el corto plazo serán limitados y probablemente graduales, atravesados por conflictos sindicales, litigios judiciales y dificultades de implementación. Es decir, el milagro libertario no llega mañana ni pasado mañana. Tal vez llegue… o tal vez no.
Además, el informe señala que los cambios podrían implicar una caída de entre 0,3% y 0,4% del PBI en las contribuciones a la seguridad social, porque parte de esos recursos dejarían de ingresar al sistema previsional. Traducido al criollo: menos guita para la caja de las jubilaciones. Negocio redondo para algunos, un dolor de cabeza para otros.
La ironía final: nos vienen a explicar lo que vemos todos los días
La escena termina siendo bastante argentina, en el sentido más tragicómico del término.
Tenemos un presidente que, envalentonado por algunos indicadores económicos favorables —que todavía no aparecen con claridad en el bolsillo de la mayoría— se para en el Congreso a repartir insultos como si estuviera en un ring.
Tenemos a una revista británica, heredera de una larga tradición imperial que saqueó medio planeta, observando el espectáculo con una ceja levantada y diagnosticando que el hombre gobierna con arrogancia y agresividad.
Y tenemos a una calificadora internacional diciendo, con lenguaje diplomático, que los beneficios de las reformas van a tardar en aparecer… si es que aparecen.
Mientras tanto, Milei parece bastante cómodo en su personaje: el líder que grita, provoca y disfruta el escándalo. La frase ya quedó grabada como síntesis de época: “me encanta hacerlos llorar”.
El problema es que, mientras él festeja el show, las agencias de riesgo hacen números y los laburantes miran el recibo de sueldo pensando lo mismo de siempre:
che… ¿y la guita cuándo llega, carajo?.


























