La vicepresidenta recibió a la jueza Verónica Michelli en el Senado y respaldó un pliego que los hermanos Milei intentan bloquear desesperadamente. Mientras la Casa Rosada pierde imagen, pelea con la Iglesia y se desangra en internas, Villarruel sigue haciendo lo que más disfruta: recordarle a Karina que no logró echarla.
La Libertad Avanza llegó prometiendo terminar con las internas de la política argentina y terminó convirtiendo la Casa Rosada en un campeonato permanente de operaciones cruzadas. Lo que alguna vez se presentó como una fuerza compacta, disciplinada y conducida por un líder iluminado hoy se parece más a una reunión familiar después de una pelea por una herencia. Nadie se habla demasiado. Nadie confía en nadie. Y todos sospechan que el otro está conspirando.
En ese contexto, Victoria Villarruel acaba de cometer uno de los pecados más graves que existen dentro del universo libertario: hacer algo sin consultar a Karina Milei. La vicepresidenta recibió en el Senado a la jueza Verónica Michelli, cuyo pliego los hermanos Milei intentan bloquear desesperadamente, y con ese gesto volvió a meter un palo en la rueda de una maquinaria oficial que ya viene haciendo ruido por todos lados.
No hizo falta una conferencia de prensa ni un discurso incendiario. Bastó una foto. En política, las fotografías suelen ser más crueles que las declaraciones. Sobre todo cuando la imagen muestra exactamente lo que la Casa Rosada intenta evitar: una vicepresidenta ejerciendo poder propio.
Karina Milei lleva meses intentando resolver el problema Villarruel con una estrategia bastante simple: fingir que no existe. La dejaron afuera de actos oficiales, la excluyeron de reuniones importantes, la transformaron en blanco favorito de la artillería digital libertaria y la convirtieron en una especie de pariente incómoda que nadie quiere sentar en la mesa de Navidad. El inconveniente es que Villarruel desarrolló una habilidad notable para reaparecer cada vez que la dan por desaparecida.
La situación empieza a adquirir dimensiones tragicómicas. Mientras el Gobierno enfrenta cuestionamientos de la Iglesia por el deterioro social, intenta aprobar leyes clave en el Congreso, administra encuestas cada vez menos amigables y contiene una guerra civil permanente entre Karina Milei, Patricia Bullrich, Santiago Caputo, los Menem y medio gabinete, la vicepresidenta encontró una forma elegante de recordar que sigue ocupando el segundo cargo más importante del país. Y que no piensa transformarse en un adorno institucional para tranquilidad de nadie.
Lo más llamativo es que la discusión ya ni siquiera gira alrededor de Michelli. Como suele ocurrir en las crisis de poder, el expediente se convirtió en una excusa. Lo que realmente está en juego es otra cosa: quién manda. Quién obedece. Quién desafía. Quién puede mover una pieza sin autorización de la hermana presidencial. Cada nombramiento, cada pliego y cada votación terminan funcionando como una prueba de ADN político dentro de un oficialismo obsesionado con detectar traidores.
El problema para Karina es que Villarruel dejó de actuar como una dirigente que intenta reconciliarse con el gobierno. Hace tiempo que se mueve como alguien que entendió que la reconciliación no existe. Y cuando desaparece la expectativa de reconciliación, desaparece también el incentivo para comportarse bien.
Por eso la foto con Michelli provocó tanta irritación. Porque no fue un gesto institucional. Fue un mensaje. Un mensaje corto, simple y perfectamente comprensible incluso para quienes nunca leyeron un reglamento parlamentario: «No pudieron echarme, no pudieron disciplinarme y tampoco pudieron borrarme.»
Mientras tanto, Javier Milei sigue intentando convencer a los argentinos de que la verdadera batalla ocurre contra la casta, los periodistas, los gobernadores, los sindicalistas, la Iglesia o quien toque esa semana. Sin embargo, cada vez resulta más evidente que la pelea más feroz de todas ocurre dentro de su propio espacio.
Y ahí está la gran ironía libertaria. Vinieron a dinamitar el sistema y terminaron atrapados en la actividad más tradicional de la política argentina: pelearse entre ellos mientras el país mira el espectáculo desde la tribuna.
Porque si algo quedó claro esta semana es que Villarruel no está jugando para los Milei.
Está jugando contra ellos.
Y disfruta cada minuto.

























