Ya no quiero ser Superwoman

En la víspera del 8 de marzo no voy a repetir la liturgia institucional del feminismo domesticado ni la postal violeta que cada año intenta tranquilizar conciencias; prefiero hablar desde la incomodidad, desde la memoria negra, desde el cansancio de las mujeres pobres, racializadas y de los pueblos originarios que sostienen el mundo con trabajos de cuidado invisibles mientras el capitalismo patriarcal les exige resiliencia, gratitud y silencio.

No te quiero venir con el cuento conmemorativo de todos los santos años, con la historia repetida de las obreras textiles, con el minuto solemne de los ministerios y los discursos prolijos de las empresas que durante once meses explotan cuerpos femeninos y durante un día descubren que las mujeres existen, porque esa escena —tan pulida, tan correcta— tiene algo de teatro cívico que sirve más para tranquilizar al sistema que para incomodarlo, y a mí lo que me interesa, en la víspera de este 8 de marzo, no es tranquilizar nada sino abrir la herida, meter los dedos en la llaga de los silencios, dejar que se derrame esa verdad incómoda que no cabe en los hashtags: el mundo sigue funcionando gracias al trabajo de cuidado de las mujeres, y dentro de ese grupo hay una jerarquía brutal donde las mujeres negras, pobres, racializadas, migrantes y de pueblos originarios cargan con la parte más pesada de la vida.

Hoy quiero regarme como una enredadera de maracuyá por los bordes del discurso feminista cómodo, ese que habla de liderazgo femenino en auditorios con aire acondicionado mientras otras mujeres —que no fueron invitadas al panel— están limpiando los baños, cuidando niños ajenos o atendiendo ancianos que el sistema familiar decidió no mirar más, porque hay algo profundamente obsceno en celebrar la “fortaleza femenina” sin nombrar la estructura económica que necesita de esa fortaleza para seguir acumulando riqueza, y hay algo todavía más obsceno en repetir la palabra sororidad como si la hermandad entre mujeres fuese automática, natural, pura, cuando la realidad cotidiana demuestra que el género nunca actúa solo, que siempre está atravesado por la raza, la clase, el territorio, la historia colonial que ordenó los cuerpos según su utilidad para el trabajo y su valor para el capital.

Las labores de cuidado, esas que aparecen en los discursos como expresión del amor femenino, son en realidad uno de los pilares más sólidos de la economía política del patriarcado, porque permiten que el sistema funcione sin pagar el costo real de sostener la vida; alguien tiene que limpiar, alguien tiene que cocinar, alguien tiene que criar, alguien tiene que acompañar la enfermedad, alguien tiene que organizar los horarios, alguien tiene que escuchar los problemas de todos, alguien tiene que sostener emocionalmente los vínculos, alguien tiene que absorber la angustia que el capitalismo produce y redistribuirla en forma de paciencia doméstica, y ese alguien tiene rostro de mujer casi siempre, pero no de cualquier mujer, sino de aquellas que la historia colocó en el lugar de servicio: las pobres, las negras, las indígenas, las migrantes, las que cargan además con el peso de una racialización que convierte su capacidad de cuidado en recurso natural del sistema.

Cuando Simone de Beauvoir escribió que la mujer rota era aquella que había construido su identidad alrededor de la dependencia afectiva y se encontraba devastada cuando ese vínculo desaparecía, estaba señalando algo más profundo que una tragedia íntima, estaba describiendo el resultado de una pedagogía social que enseña a las mujeres a existir para los otros, a organizar su vida alrededor del cuidado, del sostén, de la disponibilidad permanente; la mujer que fracasa en ese modelo no fracasa por incapacidad personal, fracasa porque el modelo mismo está diseñado para consumir su energía hasta vaciarla.

Pero si esa escena es violenta para cualquier mujer, se vuelve aún más brutal cuando se la observa desde la historia de las mujeres negras y racializadas, porque en nuestro caso el mandato de cuidado no nació del romanticismo doméstico sino de la violencia colonial, de la esclavitud, de la servidumbre obligatoria que convirtió nuestros cuerpos en herramientas para sostener las casas, las plantaciones y las economías de otros; la imagen de la mujer negra fuerte, incansable, capaz de soportarlo todo, no surgió de una campaña de autoestima sino de siglos de explotación donde la supervivencia exigía fortaleza, resistencia, silencio, y donde mostrar vulnerabilidad podía costar la vida.

Las investigaciones sobre el llamado Superwoman Schema describen con precisión esa herencia histórica: la obligación de mostrarse fuerte incluso cuando el cuerpo se rompe, la supresión de emociones para no parecer débil, la resistencia a depender de otros porque la dependencia se aprendió como peligro, la determinación de tener éxito a pesar de recursos escasos, y la costumbre de poner siempre las necesidades de los demás antes que las propias.

Ese patrón, lejos de ser una simple característica psicológica, está profundamente vinculado con el racismo estructural y con la transmisión generacional de estrategias de supervivencia que madres y abuelas enseñaron a sus hijas para enfrentar un mundo hostil, un mundo donde la mujer negra debía ser fuerte porque no había nadie dispuesto a protegerla.

El problema aparece cuando esa estrategia de supervivencia se convierte en mandato cultural permanente, cuando la sociedad decide que la fortaleza negra es una cualidad natural y la transforma en expectativa, cuando el cansancio de las mujeres racializadas deja de ser visto como consecuencia de la explotación y pasa a interpretarse como una especie de capacidad biológica para resistir.

Ahí nace la mentira más sofisticada del capitalismo contemporáneo: la resiliencia como virtud obligatoria.

Nos dicen que somos resilientes, que las mujeres podemos con todo, que tenemos una capacidad extraordinaria para sostener la vida incluso en condiciones adversas, y esa frase que parece elogio es en realidad una forma elegante de justificar la injusticia, porque cuando el sistema te llama resiliente lo que está diciendo es que no piensa cambiar nada, que espera que sigas resistiendo, que sigas cuidando, que sigas trabajando gratis para sostener el mundo.

Y en ese contexto aparece la figura moderna de la Superwoman, una especie de heroína neoliberal que puede ser madre perfecta, profesional exitosa, compañera afectiva equilibrada, militante social, líder comunitaria, gestora emocional, terapeuta improvisada y además una mujer feliz, saludable y agradecida; el problema es que esa supermujer no existe en la realidad sino en la propaganda, y la insistencia cultural en ese modelo no libera a las mujeres sino que multiplica su carga, porque ahora ya no basta con cuidar, también hay que triunfar, brillar, producir, emprender, liderar, sanar, acompañar y hacerlo todo con sonrisa pedagógica.

Germaine Greer ya denunciaba hace décadas que la liberación femenina ofrecida por el sistema era una libertad mutilada, una libertad que permitía a las mujeres moverse dentro del orden masculino sin cuestionar las bases de ese orden, un permiso limitado para participar del juego sin alterar sus reglas fundamentales.

Y Betty Friedan, desde otra perspectiva, mostró cómo la cultura de consumo era capaz de manipular el vacío existencial de las mujeres ofreciéndoles objetos, roles y expectativas que prometían realización mientras mantenían intacta la estructura que las confinaba al servicio de otros.

Si uno mira con cuidado el feminismo mainstream contemporáneo encontrará muchas veces esa misma lógica: discursos sobre empoderamiento femenino que no mencionan la redistribución del trabajo doméstico, charlas sobre liderazgo que ignoran el racismo estructural, campañas sobre igualdad que no cuestionan la explotación de trabajadoras domésticas, migrantes o rurales, discursos sobre sororidad que se pronuncian en auditorios donde casi nunca están presentes las mujeres que limpian el lugar.

Por eso me incomoda tanto esa palabra, sororidad, cuando se pronuncia sin una mirada crítica sobre las desigualdades que atraviesan la experiencia femenina, porque la hermandad entre mujeres no puede construirse sobre la negación de la raza, de la clase, del territorio, de la historia colonial que sigue organizando quién cuida a quién, quién trabaja para quién, quién tiene tiempo para teorizar y quién apenas tiene tiempo para dormir.

Las mujeres de pueblos originarios, las mujeres negras, las mujeres pobres de barrios populares, las migrantes que sostienen economías domésticas enteras en países que las miran con sospecha, no viven el feminismo desde el mismo lugar que una ejecutiva de multinacional que habla de techo de cristal mientras su casa funciona gracias al trabajo mal pagado de otra mujer; no porque una lucha invalide a la otra, sino porque la estructura social reparte de forma desigual el peso del cuidado y la posibilidad misma de tener tiempo propio.

Desde una mirada afrofeminista la pregunta central no es si las mujeres pueden ser fuertes o exitosas, sino quién paga el costo de esa fortaleza y de ese éxito.

Quién limpia cuando una mujer triunfa.

Quién cuida cuando una mujer lidera.

Quién sostiene el mundo cuando otra puede dedicarse a transformarlo.

Y esa pregunta nos devuelve siempre al mismo lugar incómodo: la base invisible del sistema sigue siendo el trabajo de cuidado de mujeres pobres y racializadas.

Por eso, en la víspera de este 8 de marzo, quiero decir algo que puede sonar incómodo incluso dentro de algunos feminismos: yo ya no quiero ser Superwoman.

No quiero seguir sosteniendo un ideal que glorifica el agotamiento femenino.

No quiero seguir celebrando la fortaleza cuando esa fortaleza nace del abandono institucional.

No quiero seguir aceptando que el sacrificio sea el precio de nuestra dignidad.

No quiero que me digan resiliente cuando lo que estoy es cansada.

Quiero un mundo donde el cuidado deje de ser una condena femenina.

Quiero un feminismo que no tenga miedo de nombrar el racismo.

Quiero una política que reconozca que la vida se sostiene con trabajo invisible.

Quiero una revolución que entienda que la justicia de género sin justicia racial y sin justicia de clase es apenas una reforma estética.

Porque la verdadera pregunta que deberíamos hacernos este 8 de marzo no es cuán fuertes somos las mujeres.

La pregunta es por qué el mundo sigue necesitando que seamos tan fuertes para sobrevivir.

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    Melina Schweizer

    Melina Schweizer es periodista, escritora, compositora y poeta dominicana naturalizada argentina, fundadora y editora de infonegro.com. Coeditó y coordinó la antología Aquelarre de Negras (2021), actualmente en su primera edición impresa, y en 2022 recibió una mención especial en los Premios Lola Mora por su trabajo periodístico en defensa de los derechos de las mujeres. Es autora de la novela El mundo de Laurita: el secreto del museo antártico (2026).

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