Ángel Estrada, fabricante de los históricos cuadernos Rivadavia, cerró el primer semestre de 2026 con ventas por $48.238 millones, frente a los $72.595 millones del mismo período de 2025. La empresa responsabilizó a la retracción del consumo y al aumento de la capacidad ociosa. El dato tiene una dimensión adicional: su negocio depende de la matrícula escolar, en momentos en que el abandono secundario llegó al 6,9%.
La recesión argentina empieza a dejar marcas en sectores donde la caída del consumo difícilmente pueda explicarse por el abandono de gastos suntuarios. Ángel Estrada, fabricante de los tradicionales cuadernos Rivadavia, perdió $4.818 millones durante el primer semestre de 2026 y registró un desplome del 34% en sus ventas netas medidas en valores corrientes. La propia compañía vinculó el deterioro de sus resultados con el escenario recesivo, la retracción del consumo y el crecimiento de la capacidad ociosa de su planta.
La magnitud del retroceso aparece al comparar la facturación: durante los primeros seis meses de 2025 había alcanzado $72.595 millones, mientras que en igual período de este año quedó reducida a $48.238 millones. Es una diferencia nominal de más de $24.000 millones y resulta particularmente significativa porque se trata de valores corrientes: incluso sin descontar la inflación, la compañía facturó mucho menos dinero que un año atrás.
No solamente vende menos: también le sobra capacidad para producir
La propia empresa explicó que “la caída en el monto de las ventas con respecto al ejercicio anterior y el aumento de la capacidad ociosa de planta” afectaron sus resultados. Esa segunda parte del diagnóstico es central para comprender la profundidad del problema industrial.
La capacidad ociosa significa que una fábrica dispone de máquinas, instalaciones y estructura para producir más, pero no encuentra demanda suficiente para utilizar todo ese potencial. Los costos fijos permanecen mientras se fabrican y venden menos unidades, de modo que cada producto debe absorber una porción mayor de la estructura empresarial. La caída del consumo deja entonces de ser únicamente un problema comercial y empieza a transformarse en un problema productivo.
Ese mecanismo ayuda a explicar las pérdidas por $4.818 millones. Una industria puede soportar durante cierto tiempo una reducción de ventas utilizando capacidad ociosa, pero si la situación persiste aparecen decisiones más difíciles: reducción de producción, postergación de inversiones y necesidad de ajustar costos. El material aportado no informa despidos ni cierres de plantas, por lo que no corresponde afirmar que eso haya ocurrido en Ángel Estrada.
El dato más fuerte: las ventas cayeron 34% aun medidas en pesos corrientes
La caída del 34% adquiere una dimensión todavía mayor cuando se observa cómo está calculada. No se está comparando la cantidad física de cuadernos vendidos, sino el monto nominal de las ventas netas.
En una economía donde los precios continúan aumentando, una empresa podría vender menos unidades y aun así facturar nominalmente más pesos gracias al incremento de precios. En este caso ocurrió lo contrario: la facturación cayó de $72.595 millones a $48.238 millones.
Por eso no puede deducirse a partir de estos números exactamente cuántos cuadernos, carpetas o resmas menos vendió la compañía, pero sí puede afirmarse algo contundente: el deterioro fue suficientemente grande como para que ni siquiera los precios nominales compensaran la retracción de las ventas.
Cuando cae Rivadavia, el problema también entra a la escuela
El caso tiene una particularidad que lo diferencia de otras empresas golpeadas por la recesión. Ángel Estrada produce cuadernos, carpetas, hojas y otros artículos estrechamente relacionados con la actividad educativa.
La propia compañía reconoció que opera en un mercado de “crecimientos acotados” y especialmente influido por las variaciones de la matrícula escolar. Esto significa que su desempeño no depende solamente del poder adquisitivo de las familias, sino también de cuántos estudiantes permanecen dentro del sistema educativo.
Y allí aparece otro indicador preocupante: el abandono escolar secundario entre 2024 y 2025 alcanzó el 6,9%, según el informe citado en el material.
No corresponde atribuir automáticamente la caída de ventas de Rivadavia a la deserción escolar, porque los estados financieros identifican principalmente la recesión y la retracción del consumo y no cuantifican cuánto explica cada factor. Pero existe una relación económica evidente: menos estudiantes dentro del sistema significan un mercado potencial menor para empresas cuya demanda está directamente vinculada con la escolaridad.
El cuaderno se convierte en otro gasto que las familias administran
El deterioro también permite observar cómo funciona una recesión desde la microeconomía familiar. Ante una pérdida de poder adquisitivo, los hogares no necesariamente eliminan por completo un gasto escolar, pero pueden modificar la manera de realizarlo: reutilizar materiales, comprar menos, elegir alternativas más económicas o postergar reposiciones.
Para una empresa, todas esas pequeñas decisiones familiares terminan acumulándose en el balance.
El fenómeno es especialmente relevante porque los útiles escolares no son un consumo de lujo. Forman parte del gasto necesario para sostener la educación de niños y adolescentes. Que una empresa emblemática de ese mercado atribuya sus dificultades a la retracción del consumo muestra hasta dónde se extendió la debilidad de la demanda.
No estamos hablando de una familia que decide no cambiar el automóvil.
Estamos hablando de un mercado que vende cuadernos.
De $72.595 millones a $48.238 millones en un año
Los números permiten dimensionar el golpe con claridad. La compañía perdió aproximadamente $24.357 millones de facturación nominal entre ambos primeros semestres.
Eso representa una contracción cercana a un tercio de sus ventas.
Y al mismo tiempo cerró el período con un resultado integral negativo de $4.818 millones.
La combinación importa porque una empresa puede atravesar una caída de ventas y conservar rentabilidad si consigue reducir costos suficientemente. En este caso, el ajuste operativo no alcanzó para impedir el resultado negativo.
La mayor capacidad ociosa mencionada por la propia compañía ayuda a explicar esa dificultad: una fábrica preparada para determinado volumen tiene costos que no desaparecen al mismo ritmo que la demanda.
La recesión reduce las ventas más rápido de lo que necesariamente pueden reducirse los costos industriales.
Además debe $5.411 millones entre capital e intereses
El balance agrega otra variable sensible. Al cierre del primer semestre, Ángel Estrada informó $5.411 millones en capital e intereses adeudados.
Ese dato adquiere importancia cuando se combina con pérdidas y menor facturación. La deuda debe atenderse independientemente de cuánto venda la empresa, de manera que una contracción de ingresos reduce el margen disponible para afrontar obligaciones financieras.
No significa que la empresa sea insolvente ni que se encuentre al borde de una cesación de pagos: el material disponible no permite sostener ninguna de esas conclusiones. Pero sí muestra una estructura financiera que debe administrar simultáneamente menores ventas, pérdidas operativas y compromisos financieros.
La apuesta de la empresa está en Carlos Spegazzini
Pese al escenario negativo, la compañía identifica una posible fuente de crecimiento fuera del núcleo tradicional de cuadernos y artículos escolares.
La habilitación de su Centro de Distribución en Carlos Spegazzini, provincia de Buenos Aires, generó expectativas de un crecimiento moderado de los ingresos provenientes de servicios logísticos. La empresa anticipó que intensificará la búsqueda de nuevos clientes para aprovechar esa infraestructura.
La estrategia resulta significativa: frente a un mercado tradicional debilitado, busca obtener ingresos utilizando activos y capacidades ya instaladas para prestar servicios a terceros.
No representa todavía una recuperación de su negocio principal, pero sí una forma de diversificar ingresos en un contexto en el que la demanda escolar y el consumo continúan mostrando debilidad.
La recesión ya no se mide solamente en autos, electrodomésticos o restaurantes
El balance de Ángel Estrada aporta una fotografía particularmente concreta de la economía argentina porque conecta industria, consumo y educación.
La empresa vende 34% menos en términos nominales, acumula pérdidas por $4.818 millones, reconoce mayor capacidad ociosa y mantiene obligaciones por $5.411 millones. Al mismo tiempo, advierte que su mercado está condicionado por una matrícula escolar que también enfrenta problemas.
Es una cadena que empieza en el bolsillo y termina dentro de la fábrica.
Cuando el ingreso familiar pierde capacidad de compra, se recortan consumos. Cuando millones de hogares toman decisiones similares, disminuyen las ventas. Cuando las ventas bajan, las fábricas producen por debajo de su capacidad. Y cuando esa situación se prolonga, la rentabilidad y la inversión empiezan a sentir el impacto.
Por eso el caso Rivadavia funciona como algo más que el mal balance de una empresa conocida. Cuando una fábrica de cuadernos explica sus pérdidas por la recesión y la retracción del consumo, la discusión deja de estar solamente en los grandes indicadores macroeconómicos: el ajuste ya llegó al pupitre.

























