Murió Chiche Gelblung a los 82 años. Fue una figura enorme, innovadora, polémica y sensacionalista del periodismo argentino. También representó una televisión atravesada por códigos machistas y por abordajes de las diversidades que hoy resultan difíciles de defender. Porque la muerte merece respeto, pero no exige amnesia: el cajón no viene con canonización automática.
Murió Chiche Gelblung.
Y con él se fue una institución argentina: el hombre capaz de convertir cualquier cosa en una primicia, un escándalo nacional o un especial de dos horas con música de película de terror.
Pasó por gráfica, radio y televisión; dirigió Gente entre 1975 y 1981 y La Semana en los 80, condujo ciclos televisivos, trabajó en algunas de las radios más importantes y creó medios digitales. Su carrera atravesó más de cinco décadas.
Hoy alguien hace cuatro reels desde Palermo y pone:
“Periodista | Comunicador | CEO | Storyteller”.
Chiche empezó con el secundario incompleto y, según él mismo contó, un título falsificado que le permitió ingresar a una escuela de periodismo. Después se infiltró en una reunión privada con Arturo Illia y consiguió su primera gran primicia.
Falsificó un papel y se metió donde no estaba invitado.
Periodismo argentino: orientación práctica.
Su jefe Raúl Urtizberea le dijo: “No sé si te irá bien en la letra, pibe. Pero vos tenés la música”.
Y música tuvo.
A veces tango.
A veces jazz.
Y muchas veces sirena de patrullero con placa roja: “URGENTE”.
Porque ahora que murió empezará ese maravilloso proceso argentino mediante el cual una persona fallece a las diez y a las diez y cuarto ya era Gandhi.
No.
La muerte no santifica.
Suspende los signos vitales, no los archivos.
Y el archivo de Chiche es gigantesco.
Gelblung jamás ocultó su gusto por el sensacionalismo. Se burlaba incluso de la categoría “periodismo amarillo”, estudió el funcionamiento de los tabloides británicos y defendió una manera de ejercer el oficio donde el impacto y la provocación eran centrales.
Algunas veces consiguió televisión extraordinaria.
Otras, televisión que hoy necesitaría antes de salir al aire abogado, psicólogo y un comité de diversidad con desfibrilador.
Fue parte central de una generación televisiva en la que la homosexualidad, las identidades trans, los cuerpos disidentes y las sexualidades alejadas de la norma podían terminar convertidos en rareza, escándalo o curiosidad.
Muchos de aquellos abordajes hoy pueden leerse como homofóbicos o transfóbicos.
Chiche no inventó aquella televisión.
Pero tampoco viajaba en el asiento de atrás.
Ayudó a manejarla.
El mecanismo era impecable:
primero convertían al diferente en espectáculo.
Después lo invitaban al estudio.
Finalmente hacían un debate preguntándose por qué la sociedad discriminaba.
El problema y la mesa de análisis venían en el mismo programa.
Y estaba también el Chiche patrón.
Él mismo se describía como un jefe “exigente” y “gritón”, aunque sostenía que nunca había acosado ni faltado el respeto a nadie y que jamás exigía a sus equipos algo que él mismo no estuviera dispuesto a hacer.
La historia sobre los sueldos miserables y el maltrato a colegas —particularmente a mujeres— forma parte de las críticas que rodearon su figura, pero el material que tenemos acá no documenta esos episodios ni permite afirmar montos o una práctica sistemática como hecho comprobado.
Así que no le vamos a inventar prontuario.
Con el archivo alcanza.
Porque aquella cultura laboral también dejó escenas televisivas y formas de tratar a las mujeres que hoy pueden resultar paternalistas, agresivas o machistas.
“Era otra época”, seguramente.
También había teléfonos con cable.
No por eso tenemos que volver a instalarlos.
Y machirulo, además, material biográfico sobra.
Chiche se definió como “infiel serial”. Su relación con Cristina Seoane atravesó infidelidades, crisis y reconciliaciones. Permanecieron juntos más de 45 años y él la consideraba el gran amor de su vida.
Romanticismo siglo XX:
una sola era el amor de su vida; las demás aparentemente eran trabajo de campo.
Pero quedarse solamente con eso sería tan tramposo como convertirlo ahora en San Chiche de los Estudios de Televisión.
Porque el tipo también hizo periodismo de verdad.
Cubrió Biafra, Vietnam, Yom Kipur y la Guerra de los Seis Días. Y a los 79 años todavía viajó a cubrir la guerra de Ucrania.
Mientras parte del periodismo contemporáneo considera cobertura internacional retuitear una agencia desde Nordelta, Chiche todavía quería saber dónde estaban cayendo las bombas.
Esa contradicción es mucho más interesante que cualquier estampita.
Innovador y sensacionalista.
Brillante y excesivo.
Curioso y machirulo.
Capaz de ampliar los límites del periodismo y, simultáneamente, reproducir algunos de los prejuicios más rancios de su generación.
No fue solamente hijo de su época.
También ayudó a criarla.
Y personaje fue hasta el absurdo.
Llegó a acumular tres mil lapiceras y mil corbatas, se anotó a los 79 años como voluntario para un eventual viaje a la Luna y hasta contó que ensayaba “caras de muerto” frente al espejo.
Ese último hobby acaba de recibir una crítica imposible de superar.
Decía que encaraba cada día como si fuera a vivir 200 años.
Llegó a 82.
Murió después de haber ingresado al Sanatorio Los Arcos por un cuadro respiratorio. Era su cuarta internación del año y, pese a sus problemas de salud, había seguido trabajando hasta sus últimos días.
Ni siquiera pudo jubilarse del oficio.
El periodismo tuvo que esperar que Chiche se jubilara de Chiche.
Ahora llegarán los homenajes.
“Maestro”.
“Leyenda”.
“Prócer”.
Perfecto.
Fue una figura enorme.
Pero la muerte no santifica a nadie.
No transforma el machismo en picardía.
No convierte el sensacionalismo en investigación.
No vuelve progresistas los archivos incómodos.
Y tampoco borra el talento, la audacia ni una carrera periodística extraordinaria.
Morirse no debería convertir a nadie en una versión editada de sí mismo.
Menos a un periodista que hizo de revolver archivos ajenos una profesión.
Chiche quería vivir 200 años y viajar a la Luna.
Le quedaron pendientes 118 y el cohete.
Pero dejó material suficiente para admirarlo, discutirlo, cuestionarlo y putearlo durante otros cien.
Un machirulo menos.
Y ningún santo nuevo.
La muerte cerró el programa. El archivo sigue al aire.

























