Las flores que crecen cuando todo se cae

Una viñeta convierte un terremoto, el acoso digital y la sextorsión en grietas de una misma casa: el cuerpo. Desde una mirada afrofeminista y afromigrante, la obra nos recuerda que sobrevivir no siempre significa mantenerse entera, sino encontrar quién nos sostenga mientras volvemos a reconstruirnos.

La viñeta Mis amigos mientras todo se cae, firmada por Isabella, comienza con un terremoto. Una casa se parte, las paredes se agrietan y algunos pedazos terminan en el suelo. Pero pronto comprendemos que la vivienda derrumbada no es únicamente la que aparece dibujada: también es el cuerpo de quien narra. “Una parte de mí también quedó inestable y empezó a caerse”, confiesa. La frase abre una verdad difícil de mirar: ciertas catástrofes terminan en los noticieros, mientras otras continúan temblando silenciosamente dentro de las personas.

La protagonista describe un océano furioso en su interior, la imposibilidad de hablar y unas grietas que se profundizan cuando comienzan el acoso digital y la sextorsión. No estamos entonces ante una historieta sobre la tristeza, sino frente al retrato de una violencia que invade el espacio más íntimo sin necesidad de cruzar una puerta. El agresor entra a través de una pantalla, se instala en el miedo y convierte el cuerpo, la sexualidad y la reputación de la víctima en mercancías para el chantaje. La tecnología, presentada tantas veces como promesa de libertad, también puede transformarse en una plantación moderna donde alguien pretende apropiarse de la imagen y de la voluntad de otra persona.

Desde una mirada afrofeminista, esa apropiación no resulta desconocida. Las mujeres negras hemos heredado una larga historia de cuerpos observados, exotizados, hipersexualizados y tratados como territorios disponibles. Durante siglos, otros hablaron sobre nosotras, decidieron qué debíamos ocultar, cuánto valíamos y de qué manera podíamos aparecer ante el mundo. La sextorsión actualiza aquella lógica con herramientas digitales: ya no necesita cadenas de hierro cuando puede utilizar contraseñas, fotografías, amenazas y vergüenza social. Cambian los dispositivos, pero permanece la vieja pretensión de gobernar el cuerpo ajeno.

La viñeta también habla del insomnio, del silencio y de la medicación. No convierte el sufrimiento en una escena hermosa para que el público se emocione durante unos minutos. Lo muestra como es: confuso, repetitivo y agotador. Las grietas dibujadas atraviesan paredes y rostros porque el dolor no respeta las divisiones que inventamos entre lo físico y lo emocional. Una puede abandonar una casa dañada; resulta mucho más difícil mudarse de una misma.

Para una mujer migrante, además, derrumbarse suele parecer un lujo prohibido. Migrar exige fingir una fortaleza casi administrativa: conseguir documentos, trabajar, enviar dinero, aprender otros códigos y explicar una y otra vez de dónde venimos. Nos enseñan que debemos agradecer la oportunidad, adaptarnos rápidamente y no molestar demasiado con nuestras heridas. La migrante negra carga incluso con una exigencia adicional: demostrar que merece estar en el lugar al que llegó. Como si la residencia tuviera que pagarse con productividad, silencio y una sonrisa que tranquilice a quienes todavía nos miran como extranjeras.

Pero la protagonista recibe mensajes de sus amistades y de su familia. Cada “¿cómo estás?”, cada “estoy pensando en ti” y cada plegaria se convierte en una flor amarilla que brota entre las grietas. Es una decisión artística sencilla y poderosa: las palabras no reconstruyen mágicamente la casa, pero impiden que el derrumbe se convierta en abandono. La viñeta no promete que el afecto curará por sí solo el trauma. Dice algo más honesto: cuando una persona no puede sostenerse, una red puede acompañarla hasta que recupere fuerzas para intentarlo nuevamente.

El afrofeminismo conoce muy bien el valor político de esa red. Nuestras ancestras sobrevivieron porque construyeron comunidad allí donde el poder intentó reducirlas al aislamiento. Compartieron alimentos, criaron colectivamente, protegieron memorias, inventaron parentescos y convirtieron la palabra en refugio. Para la diáspora, la familia nunca fue solamente un apellido o un vínculo sanguíneo: también fue la comadre, la vecina, la amiga, la hermana elegida y aquella persona que preguntó si habíamos llegado bien. El cuidado comunitario no nació como una consigna atractiva para las redes sociales. Nació como una tecnología de supervivencia.

Sin embargo, la obra también se atreve a mostrar el límite de esa comunidad. “Hubo gente que no escuchó, hubo gente que no me sostuvo”, dice la narradora. No todas las personas que se llaman amigas saben acompañar una caída. Algunas desaparecen cuando el dolor deja de ser cómodo; otras exigen explicaciones, sospechan de la víctima o la obligan a demostrar que sufrió lo suficiente. Son especialistas en celebrar flores, pero se espantan cuando descubren que debajo del jardín existen raíces, barro y heridas.

Por eso resulta tan importante la frase final sobre las “semillas antiguas que no quieren florecer”. Sanar no consiste en conservar todos los vínculos por gratitud, costumbre o miedo a la soledad. También significa reconocer qué relaciones alimentan el jardín y cuáles continúan ensanchando las grietas. El mandato de perdonar, aguantar y comprenderlo todo ha pesado especialmente sobre las mujeres. A las negras y migrantes se nos pide, además, que seamos resistentes, agradecidas y pedagógicas incluso frente a quienes nos lastiman. Pero ninguna ancestralidad digna puede exigirnos que confundamos resistencia con resignación.

Las flores amarillas de la viñeta no borran el terremoto. Crecen precisamente porque la tierra fue removida. Representan los mensajes que llegaron desde lejos, las manos que no preguntaron demasiado antes de sostener y las personas que permanecieron cuando ya no quedaba una versión alegre que ofrecerles. Son la prueba de que una red afectiva puede atravesar fronteras, pantallas y silencios sin convertirse en invasión.

Esta obra nos deja una enseñanza urgente: preguntar “¿cómo estás?” no debe ser una fórmula automática. A veces es necesario permanecer para escuchar la respuesta, incluso cuando llega fragmentada, tarde o entre lágrimas. Sostener no significa salvar, controlar ni hablar en nombre de la otra persona. Significa ayudarla a recuperar su propia voz y creerle cuando finalmente encuentra el valor para contar lo sucedido.

Cuando todo se cae, descubrimos quiénes admiraban nuestra fachada y quiénes estaban dispuestos a entrar entre los escombros. También comprendemos que no todas las pérdidas son derrotas: algunas semillas deben quedar atrás para que el jardín tenga espacio. Porque sanar no es volver a ser la casa intacta de antes. Es aprender a habitar nuestras grietas sin vergüenza, rodearnos de quienes no le temen a nuestras ruinas y permitir que, allí donde alguien quiso sembrar silencio, florezca por fin nuestra palabra.

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    ISABELLA QUINONEZ

    Isabella Quiñónez Trujillo (Cali, 1987) es una artista afrocolombiana radicada en Zagreb, Croacia. Bajo el nombre Messtiza, explora racismo, género y migración a través de ilustración, fotografía y arte urbano. Su obra interviene el espacio público para visibilizar experiencias de mujeres racializadas. Es autora del arte de Aquelarre de Negras y colaboradora en la sección Mirada Meztisa en InfoNegro. Instagram: @messtiza.art

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