El exgobernador santiagueño asegura que puede sumar a cuatro mandatarios peronistas y uno radical detrás de su candidatura presidencial. Su vínculo con Sergio Massa y su ascendencia sobre el Norte le permiten tender puentes que el gobernador bonaerense todavía no controla. Pero, mientras los apoyos no tengan nombre y fotografía, el lanzamiento también funciona como una herramienta para negociar poder dentro del peronismo.
La aparición de Gerardo Zamora en la carrera presidencial no agrega solamente otro nombre a la extensa lista de aspirantes del peronismo. Introduce un actor con una ventaja específica: mientras Axel Kicillof concentra volumen electoral, conocimiento público y el control del principal distrito del país, el santiagueño pretende construir su candidatura desde los gobernadores, las estructuras provinciales y una relación política con Sergio Massa cultivada durante años.
La promesa que Zamora comenzó a transmitir en reuniones reservadas es ambiciosa. Asegura que puede conseguir el respaldo de cuatro gobernadores peronistas y sumar a un mandatario de origen radical. Si lograra convertir esa oferta en apoyos públicos, podría presentarse como articulador de una coalición federal capaz de atravesar las fronteras tradicionales del Partido Justicialista.
Por ahora, sin embargo, los cinco gobernadores no tienen nombre. Esa omisión es el dato más importante de la operación.
En política, afirmar que existen apoyos reservados sirve para instalar una candidatura, despertar el interés de dirigentes y aumentar el precio de una negociación. Pero un gobernador que conversa no necesariamente acompaña; uno que expresa simpatía tampoco compromete su estructura, y mucho menos sus legisladores, intendentes y recursos electorales.
Zamora deberá transformar la promesa en una fotografía. Hasta entonces, su candidatura es una posibilidad real, pero también una herramienta de presión.
Una candidatura construida desde las provincias
El santiagueño no parte desde cero. Aunque ya no gobierna formalmente su provincia, conserva la conducción del Frente Cívico y una influencia decisiva sobre la administración de Elías Suárez. El sistema político provincial construido desde 2005 sobrevivió a sucesiones, cambios de cargos y realineamientos nacionales.
Ese control territorial le permite ofrecer algo más concreto que una declaración de respaldo: una provincia ordenada, legisladores nacionales, intendentes, aparato electoral y capacidad de negociación institucional.
Su segundo activo está en el Norte Grande. Zamora mantuvo durante años una relación pragmática con gobernadores de distinto origen partidario. No fue únicamente un aliado del kirchnerismo. También actuó como interlocutor de mandatarios preocupados por la distribución de fondos nacionales, las obras de infraestructura, los subsidios al transporte, las tarifas energéticas y la pérdida de recursos coparticipables.
Ese entramado federal cobra valor ante el ajuste del gobierno de Javier Milei. Las provincias necesitan reconstruir una representación nacional que les garantice recursos y capacidad de negociación, pero varias se resisten a quedar subordinadas nuevamente a una conducción diseñada desde Buenos Aires.
Una reciente cumbre del peronismo ya mostró a Zamora y Ricardo Quintela como articuladores del sector federal encargado de acercar a los gobernadores más distantes de la interna bonaerense. El problema que une a esos mandatarios no es necesariamente una identidad política común, sino el temor a convertirse en espectadores de una disputa protagonizada por Cristina Kirchner y Kicillof.
La candidatura de Zamora busca ocupar ese espacio.
La ventaja sobre Kicillof
Kicillof continúa siendo, según la lectura que circula dentro del peronismo, el dirigente opositor mejor posicionado para enfrentar a Milei. Gobierna una provincia que concentra cerca del 40% del padrón electoral, tiene una identidad política definida y dispone de una estructura territorial considerable.
Pero Buenos Aires también representa su principal limitación.
Los gobernadores suelen desconfiar de los proyectos presidenciales construidos desde la provincia más grande. Temen que sus agendas fiscales, productivas y de infraestructura queden subordinadas al conurbano bonaerense. Esa resistencia aumenta cuando el candidato aparece involucrado en una interna provincial que amenaza con trasladarse al resto del país.
El enfrentamiento entre Kicillof y Cristina Kirchner abrió una duda sobre quién controla efectivamente el dispositivo electoral bonaerense. El gobernador cuenta con intendentes, ministros y organizaciones alineadas con su Movimiento Derecho al Futuro, pero el kirchnerismo conserva legisladores, dirigentes territoriales y una capacidad de conducción que no puede darse por terminada.
Zamora intenta explotar ese flanco. No puede competir con Kicillof en conocimiento público ni en intención de voto, pero puede ofrecerse como el dirigente capaz de evitar que la interna bonaerense determine por sí sola la candidatura nacional.
Su mensaje implícito hacia los gobernadores es sencillo: con Kicillof deberían integrarse a un proyecto ya conducido; con Zamora podrían participar de su construcción.
El puente con Massa
El vínculo con Sergio Massa constituye otra pieza central. Zamora mantuvo una relación estable con el excandidato presidencial incluso durante los períodos de mayor fragmentación del peronismo.
Massa conserva contactos con gobernadores, legisladores, empresarios, sindicatos y organismos internacionales. Aunque todavía no defina si volverá a competir, dispone de una red nacional que ningún otro dirigente del espacio puede ignorar.
Para el massismo, la instalación de Zamora presenta varias ventajas. Evita que Kicillof monopolice anticipadamente la representación del peronismo, mantiene abierto el juego de alianzas y permite construir un puente con los gobernadores sin exponer directamente a Massa.
Zamora podría ser un candidato aliado, un socio para una fórmula o un instrumento para negociar un programa y el reparto del poder. También podría terminar respaldando a Massa si el exministro decide regresar a la competencia.
La imagen del santiagueño junto a Massa, Juan Manuel Olmos, Alejandra Vigo, Martín Llaryora y Juan Schiaretti durante el homenaje a José Manuel de la Sota mostró el universo político al que pretende acercarse: peronistas no kirchneristas, gobernadores, cordobesismo y dirigentes partidarios con capacidad de negociación.
La participación en un acto no equivale a un respaldo presidencial. Pero la fotografía permite observar hacia dónde apunta su construcción.
El radical que puede romper la frontera
El origen radical de Zamora no es un detalle biográfico. Es una de las bases de su poder.
El santiagueño llegó al gobierno provincial desde la Unión Cívica Radical y posteriormente se incorporó al esquema de los llamados radicales K. Sobre esa experiencia construyó el Frente Cívico, una coalición provincial que combinó sectores radicales y peronistas bajo una conducción territorial propia.
Ahora asegura que esa trayectoria le permitiría sumar a un gobernador radical.
El eventual respaldo tendría un fuerte valor simbólico, porque mostraría que la oposición a Milei puede superar al peronismo. También ayudaría a presentar a Zamora como candidato de un frente federal antes que como representante de una facción justicialista.
Sin embargo, vuelve a aparecer el mismo límite: no se conoce la identidad del mandatario ni el alcance del supuesto compromiso. La UCR atraviesa un proceso de dispersión, con gobernadores y legisladores que alternaron acuerdos, críticas y negociaciones con la Casa Rosada. En ese contexto, conversar con Zamora puede servirle a un mandatario radical para presionar al Gobierno sin comprometerse todavía con una candidatura opositora.
Quintela desembarca en el territorio de Kicillof
La candidatura de Zamora no es el único movimiento dirigido a impedir una definición anticipada. Ricardo Quintela comenzó a trabajar para “unir partes” y organizó una reunión con alrededor de 15 intendentes bonaerenses en la Quinta de Perón, en San Vicente.
La elección del lugar tiene una carga política evidente. Quintela intenta presentarse como articulador de una unidad peronista amenazada por la pelea entre Cristina y Kicillof, pero al hacerlo ingresa directamente en el territorio del gobernador.
La invitación a intendentes como Federico Otermín, Federico Achával y Gastón Granados busca demostrar que las alianzas nacionales no se resolverán exclusivamente entre las conducciones provinciales. Los jefes comunales administran estructuras, votos y recursos, y pueden convertirse en árbitros de una interna cerrada.
Quintela probablemente no necesite encabezar la fórmula para beneficiarse. Su objetivo inmediato es recuperar centralidad, participar en la negociación nacional y evitar que La Rioja y las provincias pequeñas queden marginadas.
Jorge Capitanich se mueve con una lógica parecida. Su eventual candidatura le permite conservar presencia en la discusión, representar una línea con identidad peronista más tradicional y acumular poder para negociar.
La proliferación de aspirantes no significa necesariamente que todos crean que pueden llegar a la Presidencia. En muchos casos, una precandidatura permite discutir la vicepresidencia, lugares en las listas legislativas, cargos en un futuro gabinete, recursos para las provincias y participación en la elaboración del programa económico.
La liga de gobernadores como poder de veto
El verdadero objetivo de Zamora puede no ser superar a Kicillof en una encuesta nacional. Puede bastarle con reunir un bloque de mandatarios capaz de impedir que cualquier candidato cierre la interna sin negociar.
Cinco gobernadores no garantizan una victoria presidencial. Pero pueden aportar senadores, diputados, aparatos provinciales y fiscales electorales. También pueden condicionar un congreso partidario, una alianza electoral, la distribución de candidaturas y la selección del compañero de fórmula.
El poder de Zamora, por lo tanto, no reside únicamente en su capacidad para ganar. Reside en su capacidad para bloquear o habilitar la candidatura de otro.
Esa posición lo convierte en un potencial árbitro entre Kicillof, Massa, los gobernadores y el kirchnerismo. Si consigue sostener simultáneamente esos vínculos, tendrá poder para exigir una fórmula federal y un programa que incluya las demandas provinciales.
El riesgo consiste en quedar atrapado entre todos ellos. Una candidatura que pretende representar demasiados sectores puede terminar sin identidad propia. Zamora deberá explicar qué propone frente al ajuste, cómo financiará a las provincias, cuál será su política productiva y qué posición adoptará ante la deuda, el sistema tributario y la distribución de recursos.
Sin esa definición, su fortaleza negociadora puede convertirse en una debilidad electoral: ser aceptable para muchos, pero elegido por pocos.
Quién gana y quién pierde
El primer beneficiado es el propio Zamora, que vuelve a instalarse en la política nacional y eleva su poder de negociación. También gana Massa, porque la fragmentación impide que Kicillof clausure la discusión y mantiene vigentes las redes políticas que el excandidato presidencial conserva.
Los gobernadores también se benefician. Cuantos más aspirantes necesiten sus votos, mayor será su capacidad para exigir recursos, lugares y compromisos programáticos.
Quintela obtiene centralidad como mediador y los intendentes bonaerenses aumentan su valor frente a las distintas terminales del peronismo.
El principal perjudicado es Kicillof. No porque Zamora sea hoy electoralmente más competitivo, sino porque cuestiona la idea de que el gobernador bonaerense sea el candidato natural. Cada gobernador que demora su respaldo obliga a Kicillof a negociar y reduce su margen para imponer las condiciones.
También puede perder el peronismo si la competencia no desemboca en una síntesis. La multiplicación de candidaturas ofrece representación a sectores diferentes, pero prolongar la interna puede impedir la construcción de una alternativa nacional coherente frente a Milei.
Una candidatura real o una negociación anticipada
La operación deberá superar tres pruebas para convertirse en una candidatura presidencial efectiva.
La primera será revelar quiénes son los cuatro gobernadores peronistas y el radical. La segunda, construir presencia fuera del Norte y presentar una organización en Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, Mendoza y la Ciudad. La tercera, elaborar una propuesta nacional capaz de trascender la administración provincial.
Mientras eso no suceda, Zamora será simultáneamente candidato y negociador.
Su mayor capital no es todavía una intención de voto, sino una red de relaciones. Su fortaleza no está en representar una ola popular, sino en conectar actores que desconfían entre sí: gobernadores peronistas, radicales distanciados de Milei, massistas, kirchneristas y dirigentes provinciales que rechazan la hegemonía bonaerense.
La candidatura puede terminar en una fórmula presidencial, una vicepresidencia o un acuerdo federal detrás de otro postulante. Pero ya cumple una función política: advertirle a Kicillof que ganar las encuestas no alcanza para conducir al peronismo.
Zamora promete cinco gobernadores. Quizá ese número todavía no sea suficiente para llevarlo a la Casa Rosada, pero puede alcanzar para impedir que otro llegue sin sentarse antes a negociar con él.

























