El PAMI cancelará más de 500.000 millones de pesos de deuda con farmacias mediante Letras del Tesoro. Mientras el Gobierno exhibe el superávit como una medalla olímpica, quienes sostienen la atención de millones de jubilados descubrieron que ahora también les toca financiar al Estado.
Durante años la política argentina encontró distintas formas de meterle la mano en el bolsillo a los jubilados. Algunas fueron brutales. Otras elegantes. Esta merece un premio especial porque combina cinismo, ingeniería financiera y relato fiscal en una sola maniobra. El PAMI les debe una fortuna a las farmacias por medicamentos y prestaciones ya entregadas. ¿La solución?. No pagarles. O mejor dicho: pagarles con papelitos del Estado para que tengan el privilegio de esperar.
La escena parece escrita por un guionista con problemas de empatía. Una farmacia compra medicamentos, adelanta stock, paga salarios, impuestos, alquileres y proveedores. Atiende a jubilados durante meses sin cobrar. Cuando finalmente llega el momento del pago, el Estado aparece con una sonrisa burocrática y le dice: «efectivo no tengo, pero te puedo ofrecer una letra del Tesoro». Es como ir a un restaurante, comer, pedir postre, café y whisky importado y después intentar cancelar la cuenta entregando un pagaré firmado en una servilleta.
Lo extraordinario es que el Gobierno presenta la maniobra como si fuera una muestra de orden y responsabilidad. Y técnicamente tiene razón. Porque la deuda desaparece de donde molesta y reaparece donde conviene. El superávit sigue reluciendo. Las conferencias de prensa conservan la sonrisa. Los funcionarios mantienen el discurso. El único detalle incómodo es que alguien tiene que absorber el costo de semejante ejercicio de maquillaje.

Y ese alguien no es un banco de inversión de Manhattan.
Es la farmacia de barrio.
La que le fía remedios a una jubilada que no llega a fin de mes.
La que escucha historias de enfermedades, pensiones miserables y tratamientos postergados.
La que ahora, además de vender medicamentos, parece obligada a especializarse en deuda pública.
Lo fascinante del mileísmo es que prometió destruir intermediarios y terminó multiplicándolos. Entre el remedio y el pago apareció una Lecap. Entre el trabajo realizado y el dinero adeudado apareció un bono. Entre la economía real y la caja del Estado apareció una operación financiera. El país que supuestamente venía a terminar con las distorsiones descubrió una nueva.
Caputo perfeccionó un arte muy argentino: convertir problemas de caja en virtudes ideológicas. Si no hay plata para pagar, no se habla de deuda. Se habla de instrumentos. Si no hay fondos disponibles, no se habla de atraso. Se habla de ingeniería financiera. Si alguien termina financiando al Estado contra su voluntad, no se llama crédito forzado. Se llama administración eficiente.
La belleza del truco reside en que todos pueden fingir que ganaron. El Gobierno exhibe superávit. El PAMI dice que canceló obligaciones. Las estadísticas quedan prolijas. Los mercados aplauden. Lo único que cambia es la realidad material de quienes esperan cobrar.
Porque la farmacia no le paga a la droguería con patriotismo fiscal.
No paga salarios con equilibrio presupuestario.
No repone medicamentos con discursos sobre la macroeconomía.
Y mucho menos puede explicarle a un jubilado que el remedio falta porque una parte de la cadena de pagos fue reemplazada por una apuesta financiera.
Lo más brutal es que esta historia ocurre en el mismo país donde se repite hasta el cansancio que no hay recursos para sostener prestaciones, medicamentos o programas sociales. Sin embargo, siempre aparecen recursos cuando se trata de cuidar la narrativa oficial. La austeridad es rigurosa para los jubilados. La creatividad es infinita para las planillas.
Por eso la discusión ya no es económica.
Es moral.
Porque cuando el Estado convierte a quienes entregan remedios en acreedores cautivos para preservar una foto fiscal, deja de administrar escasez y empieza a administrar prioridades.
Y las prioridades quedaron bastante claras.
El medicamento puede esperar.
La farmacia puede esperar.
El jubilado puede esperar.
Lo único que no puede esperar es el superávit para la próxima conferencia de prensa.
Porque en la Argentina de Caputo los remedios ya no curan.
Ahora también financian.


























