Martín Menem rechazó que el Indio Solari fuera velado en el Congreso alegando problemas de seguridad e infraestructura. La decisión detonó una tormenta política dentro del gobierno, obligó a improvisar alternativas y dejó a la Rosada atrapada entre el miedo a una multitud y el costo de enfrentar a uno de los símbolos populares más grandes del país.
Hay errores políticos. Hay errores de comunicación. Y después están esas decisiones extraordinarias que consiguen convertir un problema manejable en una crisis nacional en menos de una mañana. El gobierno de Javier Milei acaba de producir una pieza de colección cuando Martín Menem explicó que el Congreso de la Nación no podía albergar el velorio del Indio Solari porque no estaban garantizadas las condiciones de seguridad.
La frase debería ser archivada junto a otras joyas históricas de la administración pública argentina.
Porque estamos hablando del mismo edificio donde se veló a Juan Domingo Perón. Al mismo edificio donde desfilaron cientos de miles de personas para despedir a Raúl Alfonsín. El mismo Congreso que recibió los restos de Carlos Menem, tío del propio Martín. Pero aparentemente el problema institucional insalvable apareció con el cantante de Los Redondos.
La explicación fue tan desafortunada que terminó generando una pregunta peor que el problema original. Si el Congreso argentino no puede garantizar la despedida de uno de los artistas más convocantes de la historia nacional, entonces alguien debería avisar urgentemente para qué exactamente sirve semejante estructura estatal mantenida por millones de contribuyentes.
Lo fascinante es que la crisis no nació de la muerte del Indio. Nació del reflejo ideológico del gobierno frente al Indio.
Porque la incomodidad era visible desde el primer minuto. Para una parte importante del universo libertario, Solari nunca fue solamente un músico. Fue una figura cultural asociada durante años al kirchnerismo, a los movimientos populares y a todo aquello que el ecosistema oficialista suele combatir con intensidad religiosa. El problema es que una cosa es pelearse con dirigentes políticos y otra bastante distinta es intentar administrar el duelo de millones de personas que jamás militaron en ningún partido.
Y ahí apareció el viejo problema de los gobiernos que viven demasiado tiempo dentro de Twitter: confundir una burbuja ideológica con la realidad.
Mientras algunos referentes libertarios discutían si correspondía homenajear al Indio o recordaban viejas declaraciones contra Milei, afuera seguía existiendo un país donde generaciones enteras crecieron escuchando Los Redondos. Un país donde el Indio es mucho más grande que cualquier etiqueta partidaria. Un país que no consulta alineamientos electorales antes de emocionarse con una canción.
La reacción fue tan feroz que la Casa Rosada tuvo que improvisar una retirada táctica. De golpe apareció Tecnópolis como alternativa. De golpe comenzaron los llamados desesperados a la familia. De golpe funcionarios que horas antes explicaban por qué no se podía hacer nada empezaron a explicar que siempre estuvieron dispuestos a colaborar.
La escena tuvo algo de incendio burocrático. Primero cerraron una puerta. Después descubrieron que la gente estaba mirando. Finalmente salieron corriendo a buscar otra puerta para mostrar que nunca habían querido cerrarla.
Pero el daño ya estaba hecho.
Porque el episodio dejó expuesta una debilidad que empieza a repetirse demasiado seguido. El gobierno parece tener enormes dificultades para interpretar fenómenos culturales, sociales o emocionales que exceden la lógica del enfrentamiento político permanente. Todo se analiza como una batalla. Todo se traduce en amigos o enemigos. Todo se filtra a través del conflicto ideológico.
El resultado suele ser grotesco.
Terminan discutiendo la despedida de un artista como si estuvieran negociando un pliego judicial.
Terminan evaluando el impacto político de un funeral como si fuera una sesión parlamentaria.
Terminan reaccionando frente a una manifestación de duelo con la misma sensibilidad que un molinete del subte.
Por eso la decisión de Menem provocó tanto ruido incluso dentro del oficialismo. No porque el Congreso fuera necesariamente la única opción posible. Sino porque la negativa transmitió algo peor: la sensación de un gobierno más preocupado por evitar una foto incómoda que por comprender la dimensión simbólica del momento.
Mientras tanto, los ricoteros hicieron lo que hacen los ricoteros desde hace décadas. Se juntaron igual.
Y como ocurre cada vez que la política intenta administrar desde una oficina fenómenos que pertenecen a la cultura popular, terminó descubriendo una verdad bastante incómoda.
Los gobiernos pasan.
Los ídolos permanecen.
Y a veces una multitud cantando en una plaza tiene mucha más potencia política que una conferencia de prensa cuidadosamente redactada.


























