Del macrismo a Milei, del bolsonarismo al trumpismo y de ahí al resto de América Latina: el consultor armó una maquinaria digital capaz de vender influencia política por millones de visualizaciones. Ahora que el engranaje quedó expuesto, algunos clientes descubren una tragedia peor que la ideología: quizás pagaron fortunas por likes inflados.
Fernando Cerimedo dejó de ser solamente un problema judicial en Bolivia para convertirse en algo bastante más incómodo: la autopsia del marketing político que durante años se presentó como voluntad popular espontánea.
La genealogía tiene algo de árbol familiar de los Addams. La explotación política de las redes comenzó a profesionalizarse durante el macrismo con Marcos Peña y Jaime Durán Barba. Después aparecieron los ejércitos digitales, las cuentas anónimas, las tendencias fabricadas y finalmente la versión industrial: convertir un algoritmo en pueblo y un hashtag en Plaza de Mayo.
Cerimedo entendió rápido el negocio. No hacía falta llenar estadios si se podía llenar una pantalla. La militancia podía tercerizarse y, mejor todavía, no pedía choripán: pedía contraseña.
Su participación en las estructuras digitales vinculadas al bolsonarismo y luego en la campaña de Milei lo colocó en una liga regional. Según el relato de Ignacio Fidanza, después Santiago Caputo absorbió buena parte de aquel aparato y Cerimedo terminó enfrentado con él.
Una especie de sustitución tecnológica: Caputito importó la fábrica y prescindió del fabricante.
Pero Cerimedo ya había conseguido algo bastante más rentable que un despacho argentino: contactos vinculados al trumpismo y una red de relaciones que le permitieron expandirse por América Latina junto con Javier Negre y La Derecha Diario.
En una celebración de Wall Street Latino en Mar-a-Lago llegó a agradecer públicamente a Brad Parscale, ex estratega digital de Trump, por “la tecnología que nos diste”.
Una frase maravillosa.
Durante años la derecha regional explicó sus victorias como el despertar espontáneo de millones de ciudadanos hartos del sistema. Resulta que el despertar venía con soporte técnico.
El modelo era tentador: candidatos distintos, países distintos y una misma arquitectura digital capaz de fabricar volumen, instalar temas y convertir marginalidad política en sensación de mayoría.
Era el viejo imperialismo, pero actualizado: antes llegaban los marines; ahora llegaba el community manager.
La dimensión económica tampoco sería menor. Fidanza citó el relato de la expareja de Cerimedo, según el cual habría cobrado hasta 800 mil dólares mensuales en Bolivia.
A ese precio uno esperaría por lo menos derrocar un gobierno, fundar otro y que te incluyan el diseño del logo.
Pero aparece ahora el detalle más delicioso de toda la industria: según Fidanza, algunos clientes vinculados a este ecosistema pasaron de conseguir alrededor de un millón de visualizaciones a apenas decenas o cientos.
Y ahí puede estar el verdadero escándalo.
No que hayan manipulado las redes.
Que quizá las redes también los manipularon a ellos.
Porque si políticos y empresarios pagaron fortunas convencidos de que estaban comprando opinión pública cuando en realidad compraban tráfico artificial, Cerimedo no habría vendido solamente propaganda.
Habría comercializado multitudes sin gente.
Y mientras el caso amenaza con abrir cajones incómodos en varios países, en la Argentina adquiere una dimensión especialmente interesante: el hombre que ayudó a construir una maquinaria digital luego absorbida por Santiago Caputo terminó convertido en un problema que nadie parece demasiado interesado en reconocer como propio.
Es comprensible.
En política todos quieren ser padres de la victoria.
Del algoritmo huérfano no aparece ni el tío.

























