La reforma promete un BCRA autónomo, pero amplía su capacidad de endeudarse y podría dejar a Bausili blindado para el próximo gobierno. La independencia libertaria tiene una cláusula sencilla: nadie manda sobre el Central, salvo los que ya están mandando.
Javier Milei decidió independizar al Banco Central. Después de casi tres años de coordinación íntima con Luis Caputo, el Gobierno descubrió que la política no debería meter las manos en la autoridad monetaria.
El hallazgo ocurrió, casualmente, cuando empezó a existir la posibilidad de que la política la maneje otro.
La reforma pretende prohibir el financiamiento del Tesoro mediante el BCRA. Hasta ahí, motosierra monetaria: nunca más darle a la maquinita.
Pero mientras clausuran la emisión, amplían las posibilidades para que el propio Central tome deuda externa, incluso utilizando activos de las reservas como garantía. Los dólares obtenidos podrían entrar a las reservas y después ser adquiridos con pesos por el Tesoro.
La maquinita era inmoral. La tarjeta de crédito internacional es libertad.
El problema argentino, según esta filosofía, nunca habría sido gastar recursos que no existen. El pecado era fabricarlos acá.
Si vienen con intereses desde afuera, recuperan inmediatamente la dignidad.
Pero el proyecto guarda otra delicadeza: eliminaría el artículo 61 de la Ley de Administración Financiera, que obliga al Banco Central a evaluar el impacto sobre la balanza de pagos de operaciones que generan deuda pública externa.
Es una innovación administrativa notable.
Para endeudarse con mayor tranquilidad, nada mejor que despedir al que pregunta si podemos pagar.
La reforma también quiere dificultar la remoción de las autoridades del Banco Central. La independencia institucional es importante, sobre todo cuando el actual presidente del organismo es Santiago Bausili, un hombre identificado con esta administración y ex socio comercial de Caputo.
Ahí aparece la verdadera obra de arte.
Milei quiere impedir que los futuros presidentes controlen políticamente al Banco Central dejando allí a un presidente elegido durante su propio gobierno.
No están despolitizando el Central: están tratando de plastificarlo antes de irse.
El Gobierno pone el funcionario y después reclama que nadie lo toque porque las instituciones deben ser respetadas.
Es como ocupar una reposera a las seis de la mañana y redactar al mediodía una Constitución contra quienes mueven toallas.
Además, el proyecto propone concentrar al BCRA en un único gran objetivo: estabilidad de precios. El texto analizado advierte que esa concepción quedó vieja después de la crisis financiera de 2007-2008, cuando la estabilidad financiera recuperó centralidad en los bancos centrales; incluso la Reserva Federal estadounidense mantiene el máximo empleo entre sus objetivos.
Argentina vuelve a ingresar al Primer Mundo por una puerta que el Primer Mundo clausuró hace veinte años.
Pero quizás el detalle más interesante sea el calendario.
Entre los posibles objetivos de la reforma aparecen cumplir con un pedido del FMI, aumentar la capacidad de endeudamiento del BCRA y preparar el escenario frente a una eventual derrota en 2027, dejando una autoridad muy cercana a Milei y Caputo en condiciones de permanecer y condicionar al gobierno siguiente.
Ahora se entiende mejor la urgencia institucional.
No quieren solamente un Banco Central independiente.
Quieren que sea independiente del resultado electoral.
Porque si Milei gana, seguirá gobernando Milei.
Y si pierde, por lo menos una parte importante de la economía podría quedar atendida por alguien de la casa.
Eso sí: completamente autónomo.
Autónomo del próximo presidente, del próximo ministro y posiblemente de los próximos votos. De Caputo, ni en pedo.

























