En una entrevista concedida en España, Javier Milei aseguró que echará a Manuel Adorni «de una patada» si la Justicia lo encuentra culpable. Después de blindarlo durante meses, el Gobierno empezó a ponerle fecha de vencimiento a la lealtad.
La política argentina es un género maravilloso. Durante meses un funcionario puede ser presentado como un héroe incomprendido, una víctima de la casta, del periodismo, de los marcianos y de la humedad ambiente. Pero alcanza con que el costo político empiece a cotizar más alto que el costo de reemplazarlo para que aparezca esa frase que ya forma parte del folclore nacional: «si la Justicia demuestra…».
Desde Madrid, y bastante lejos del humo que sale de Balcarce 50, Javier Milei decidió empezar a despegarse de Manuel Adorni con una elegancia que recuerda a esos pasajeros que, cuando el colectivo vuelca, aclaran que apenas conocían al chofer. «Si la Justicia lo encuentra culpable, lo vuelo yo de una patada», dijo el Presidente. Traducido al castellano político: el fusible empezó a oler a quemado.
Lo curioso es que hasta hace unos días Adorni era poco menos que un prócer viviente. Cada denuncia era una operación. Cada investigación era una conspiración. Cada cuestionamiento era un ataque al cambio. Ahora resulta que el mismo Gobierno que levantó un muro de contención alrededor del jefe de Gabinete ya empezó a medir la distancia entre la puerta del despacho y la salida de emergencia.
La escena tiene algo de tragicomedia administrativa. Mientras Milei hablaba desde España sobre principios republicanos y futuros milagros económicos, en Buenos Aires ya circulaban listas con posibles reemplazantes, funcionarios haciendo cuentas y dirigentes preguntando discretamente quién heredará la oficina. El oficialismo todavía dice que banca a Adorni, pero ya empezó a hacerlo con la misma convicción con la que un banco «acompaña» a un cliente al que acaba de rechazarle el crédito.
Porque la frase presidencial tiene una segunda lectura bastante más interesante. No fue un respaldo. Fue una póliza con cláusulas. Hasta ahora Adorni era intocable. Desde esta entrevista pasó a ser un funcionario con garantía condicionada. Si la causa avanza demasiado, el problema dejará de llamarse Manuel Adorni y pasará a llamarse «lamentablemente nos engañó». Es el deporte favorito de todos los gobiernos cuando descubren que un escándalo pesa más que una amistad.
Mientras tanto, Milei aprovechó la entrevista para volver a autopostularse como candidato en 2027, asegurar que conduce «el mejor gobierno de la historia», celebrar sus indicadores económicos, cuestionar al socialismo español y declararse fanático absoluto de Lionel Messi y de la Selección. Incluso ofreció la Casa Rosada para futuros festejos mundialistas. Un gesto simpático que confirma una vieja costumbre argentina: cuando la agenda doméstica viene complicada, siempre conviene hablar un rato de fútbol.
El problema es que la pelota, esta vez, seguía picando en Buenos Aires.
Porque mientras el Presidente repartía elogios a Messi desde Madrid, en la Casa Rosada todos seguían mirando otro partido mucho más incómodo: el que juega Manuel Adorni contra los expedientes judiciales, los mercados, el Congreso y su propio reloj político.
Y cuando un Presidente deja de decir «mi funcionario es inocente» para empezar a decir «si es culpable lo echo», generalmente no está anunciando una defensa.





























