El 23% de los trabajadores destinará el aguinaldo a pagar deudas, frente al 9% que lo hacía un año atrás. Al mismo tiempo, los salarios aumentaron 8,6% en el primer trimestre, por debajo de la inflación acumulada de 9,4%, mientras más de 10 millones de trabajadores registrados enfrentan un escenario de pérdida de poder adquisitivo.
Durante décadas, el aguinaldo funcionó como una especie de premio semestral para millones de trabajadores argentinos. Era el dinero que permitía planificar vacaciones, comprar electrodomésticos, hacer arreglos en la casa o simplemente darse algún gusto postergado. Hoy la situación es muy distinta. El Sueldo Anual Complementario se transformó en una herramienta de supervivencia financiera. Ya no llega para proyectar el futuro: sirve para tapar agujeros del presente.
Los datos de la consultora Focus Market muestran un cambio drástico en el comportamiento de los trabajadores. El 23% afirma que utilizará el aguinaldo para cancelar deudas, cuando apenas un año atrás esa proporción alcanzaba el 9%. En términos simples, la cantidad de personas que necesita usar ese ingreso extraordinario para pagar cuentas se multiplicó por más de dos.
Detrás de esa cifra aparece uno de los fenómenos más importantes de la economía argentina actual: el endeudamiento creciente de los hogares.
Cuando los salarios dejan de alcanzar para cubrir gastos básicos, las familias recurren a mecanismos de financiamiento para sostener el consumo. Primero aparecen las cuotas. Después la tarjeta de crédito. Más tarde los préstamos personales. Finalmente llega el aguinaldo como último recurso para intentar equilibrar cuentas que ya vienen desbordadas desde hace meses.
Lo que muestra la encuesta no es solamente una decisión financiera. Es una radiografía social.
El aumento de tarifas de servicios públicos, transporte, alquileres, medicina prepaga y alimentos obligó a millones de hogares a reorganizar completamente sus presupuestos. El problema es que esa reestructuración no se produjo porque aumentó la capacidad de consumo, sino porque crecieron más rápido los gastos obligatorios.
Por eso el aguinaldo ya no se percibe como ingreso adicional.
Se percibe como un ingreso necesario para llegar a fin de mes.
La explicación económica es relativamente sencilla. Durante el primer trimestre de 2026 los salarios aumentaron 8,6%, mientras que la inflación acumuló 9,4%. La diferencia puede parecer pequeña, pero implica una nueva pérdida del poder adquisitivo. Cuando esa situación se repite durante varios meses consecutivos, el deterioro se acumula y termina modificando profundamente los hábitos de consumo.
Ese fenómeno puede observarse en múltiples indicadores. El consumo masivo acumula varios meses de caída. Las ventas en supermercados continúan por debajo de los niveles previos a la llegada de Javier Milei al poder. El consumo de carne vacuna se encuentra entre los más bajos de las últimas décadas. Incluso indicadores simbólicos como el denominado «Índice de la Milanesa» muestran que un trabajador formal porteño hoy puede comprar casi la mitad de las milanesas que adquiría antes de la pandemia.
Todo forma parte de la misma historia.
La desaceleración de la inflación, principal bandera económica del Gobierno, no logró traducirse todavía en una recuperación sostenida de los ingresos. Los precios suben menos que hace un año, pero los salarios siguen sin recomponer completamente lo perdido durante el ajuste inicial de 2024 y durante buena parte de 2025.
En ese contexto aparece otro dato revelador del estudio. Las vacaciones, históricamente uno de los destinos más habituales del aguinaldo, registraron una caída significativa en las preferencias de los trabajadores. En cambio, crecieron los gastos cotidianos y las obligaciones financieras. La prioridad dejó de ser el descanso o el ocio. La prioridad pasó a ser sostener la economía doméstica.
La situación también refleja un cambio psicológico profundo.
Las familias actúan de manera defensiva porque perciben incertidumbre. Cuando existe confianza en el futuro, las personas suelen consumir, invertir o planificar gastos de largo plazo. Cuando predomina la incertidumbre, ocurre exactamente lo contrario: se prioriza cancelar deudas, acumular liquidez o buscar mecanismos de protección financiera.
Por eso también crece la compra de dólares como refugio. Según Focus Market, el 18% de los consultados destinará parte del aguinaldo a dolarizar ahorros. No se trata únicamente de una decisión financiera. Es una señal de desconfianza respecto de la estabilidad futura de los ingresos y del valor de la moneda local.
Desde el Gobierno suelen destacar que la inflación se redujo drásticamente respecto de los niveles de comienzos de la gestión. El dato es cierto. Pero existe otra realidad que los indicadores macroeconómicos no siempre reflejan con claridad: millones de personas siguen sintiendo que trabajan más para consumir menos.
La explicación aparece cuando se observa la estructura del gasto familiar.
Durante los últimos dos años crecieron con fuerza:
- las tarifas de electricidad y gas,
- el transporte,
- los alquileres,
- las comunicaciones,
- los servicios privados de salud.
Esos gastos son prácticamente inevitables. Las familias no pueden dejar de pagar la luz o el colectivo para compensar una caída salarial. Por lo tanto, terminan resignando otros consumos que sí pueden postergar.
El resultado es una economía donde los ingresos se destinan cada vez más a cubrir gastos fijos y cada vez menos a mejorar la calidad de vida.
Por eso el aguinaldo adquiere una importancia extraordinaria.
No funciona como un ingreso extraordinario para expandir el consumo. Funciona como un mecanismo de compensación frente a un deterioro acumulado del presupuesto familiar.
Los datos oficiales muestran que más de 10 millones de trabajadores registrados cobrarán este medio aguinaldo. Son 6,2 millones del sector privado, 3,37 millones del sector público y más de 450.000 trabajadores de casas particulares. Para una parte importante de ellos, ese dinero servirá para cancelar deudas, cubrir servicios atrasados o afrontar gastos corrientes.
La conclusión económica es contundente. Cuando un ingreso extraordinario deja de utilizarse para invertir, consumir o mejorar el bienestar y pasa a destinarse principalmente a pagar obligaciones acumuladas, lo que está mostrando no es fortaleza económica sino fragilidad financiera.
Por eso el dato más importante de esta encuesta no es que el 23% utilizará el aguinaldo para cancelar deudas. Lo verdaderamente relevante es lo que esa cifra revela sobre la economía argentina actual: una sociedad donde cada vez más trabajadores necesitan ingresos extraordinarios no para progresar, sino simplemente para mantenerse a flote.

























