Mientras el Gobierno destaca que el consumo privado creció 7,9% en 2025 y alcanzó niveles récord, informes privados muestran que gran parte de ese aumento se explica por el fuerte encarecimiento de tarifas, transporte, comunicaciones y otros gastos obligatorios. Las ventas en supermercados siguen 9% por debajo de 2023 y la masa salarial real permanece 11% debajo de los niveles de 2015.
Javier Milei volvió a utilizar uno de los indicadores favoritos del Gobierno para defender su programa económico: el crecimiento del consumo privado dentro del Producto Bruto Interno. Desde la Casa Rosada presentan ese dato como una prueba contundente de recuperación económica, mejora de los ingresos y reactivación del mercado interno. Sin embargo, detrás de esa cifra aparece una realidad mucho más compleja y menos favorable para millones de argentinos.
La clave está en comprender qué significa realmente el consumo privado dentro de las estadísticas económicas. A diferencia de lo que suele interpretarse en el debate público, no se refiere únicamente a la compra de alimentos, ropa o productos para el hogar. También incluye el dinero que las familias destinan a pagar electricidad, gas, agua, transporte, alquileres, medicina prepaga, internet, telefonía celular y otros servicios básicos. En consecuencia, una familia puede estar consumiendo más según las cuentas nacionales aunque en realidad esté comprando menos bienes y tenga mayores dificultades para llegar a fin de mes.
Ese fenómeno se convirtió en una de las características centrales de la economía argentina bajo la gestión Milei. Desde diciembre de 2023, las tarifas de servicios públicos registraron aumentos muy superiores a la inflación general. Electricidad, gas, agua, transporte y otros servicios regulados pasaron a absorber una proporción creciente de los ingresos familiares. Lo que antes se destinaba a alimentos, indumentaria o consumo cotidiano comenzó a redirigirse hacia gastos obligatorios que no pueden evitarse.
Por eso el aumento del consumo privado que celebra el Gobierno debe analizarse con mayor profundidad. Según un informe de la consultora PxQ, dirigida por Emmanuel Álvarez Agis, el consumo privado efectivamente creció 7,9% durante 2025 y alcanzó niveles récord. Sin embargo, el mismo estudio advierte que esa expansión convive con una masa salarial real que continúa 11% por debajo de los máximos alcanzados en 2015. Al mismo tiempo, las ventas en supermercados permanecen 9% debajo de los niveles de 2023 y 27% por debajo de los máximos históricos registrados hace una década.
La contradicción es solamente aparente. Lo que muestran los datos es que los argentinos gastan más dinero, pero no necesariamente consumen más bienes ni viven mejor. Una parte creciente del presupuesto familiar se destina a cubrir costos fijos que aumentaron aceleradamente durante los últimos dos años. El resultado es que el indicador agregado de consumo privado crece, aunque la capacidad de compra efectiva de los hogares continúe deteriorándose.
La economía doméstica ofrece un ejemplo sencillo para entender el fenómeno. Si una familia percibe ingresos por 100 unidades monetarias y destina 90 al consumo mientras logra ahorrar 10, su consumo privado es de 90. Si al mes siguiente los servicios públicos aumentan y debe gastar esos 10 adicionales para pagar luz, gas o transporte, dejará de ahorrar y consumirá las 100 unidades. Las estadísticas registrarán un aumento del consumo. Sin embargo, la familia no mejoró su situación económica; simplemente perdió capacidad de ahorro porque aumentaron los gastos obligatorios.
Eso es exactamente lo que está ocurriendo en buena parte de los hogares argentinos.
Los datos del Observatorio de Tarifas y Subsidios de la UBA-Conicet muestran la magnitud del cambio. Una familia promedio del Área Metropolitana de Buenos Aires necesitó en mayo destinar alrededor de 249.832 pesos para cubrir la canasta de servicios públicos. Ese gasto registró un incremento interanual del 50%. La cifra refleja hasta qué punto los servicios básicos se transformaron en uno de los principales componentes del presupuesto familiar.
Desde una perspectiva económica, el fenómeno revela una profunda modificación en la estructura del consumo. Históricamente, el crecimiento económico argentino estuvo asociado a una expansión de la demanda interna: más alimentos, más bienes durables, más actividad comercial y más producción industrial. El actual esquema muestra una dinámica diferente. Crecen los gastos en servicios obligatorios mientras continúan débiles numerosos sectores vinculados al mercado interno.
Los indicadores de consumo masivo ayudan a comprender esa diferencia. Las ventas en supermercados, autoservicios y comercios de cercanía siguen mostrando niveles inferiores a los registrados antes del inicio del programa de ajuste. La compra de alimentos básicos, productos de limpieza e incluso carne vacuna continúa afectada por la pérdida de poder adquisitivo de los salarios. Sin embargo, esos retrocesos quedan parcialmente ocultos cuando se observa únicamente el indicador agregado de consumo privado.
La cuestión adquiere una dimensión política porque el Gobierno utiliza esos datos para sostener la narrativa de una recuperación generalizada. Desde la óptica oficial, el crecimiento del consumo privado demostraría que la población está mejorando su situación económica. Pero los datos sectoriales muestran una realidad mucho más fragmentada. Algunos segmentos vinculados a bienes durables, turismo emisivo, tecnología o automóviles efectivamente registran mejoras. Al mismo tiempo, amplios sectores de la población continúan ajustando gastos esenciales para poder afrontar facturas cada vez más elevadas.
La diferencia entre ambas lecturas no es menor. Determina cómo se interpreta el estado real de la economía argentina. Una cosa es afirmar que las familias consumen más porque tienen mayores ingresos y mejores condiciones de vida. Otra muy distinta es reconocer que gastan más dinero porque aumentaron fuertemente los costos de servicios esenciales que no pueden dejar de pagar.
La propia composición del consumo privado confirma esa complejidad. Cerca del 45% del indicador corresponde a servicios. Allí aparecen transporte, telecomunicaciones, salud privada, gastronomía, alojamiento, electricidad, gas y agua. Muchos de esos rubros experimentaron incrementos muy superiores a la inflación promedio durante los últimos dos años. Por lo tanto, parte importante del crecimiento registrado responde simplemente al encarecimiento de esos servicios.
Cuando PxQ recalcula el indicador descontando servicios públicos, turismo en el exterior y bienes importados, el panorama cambia drásticamente. El denominado «consumo del mercado interno» crece apenas 1,4%, muy lejos del 7,9% que exhibe el dato agregado utilizado por el Gobierno. Esa diferencia ilustra con claridad la distancia entre la recuperación que muestran las estadísticas generales y la realidad que enfrentan millones de hogares.
La discusión de fondo no es técnica. Es profundamente política y social. Porque detrás de cada punto de crecimiento del consumo privado existen preguntas esenciales sobre quién consume, qué consume y en qué condiciones lo hace. Los números muestran que una parte importante de los argentinos no está destinando más recursos a mejorar su calidad de vida, sino a cubrir gastos básicos cada vez más elevados.
Por eso, cuando el Gobierno presenta el aumento del consumo privado como evidencia del éxito económico, omite un dato central: una sociedad puede gastar más dinero y al mismo tiempo vivir peor. En la Argentina de 2026, una porción creciente del ingreso familiar se destina a sostener servicios esenciales que antes ocupaban un lugar mucho menor dentro del presupuesto. Y esa diferencia explica buena parte de la distancia entre los indicadores que celebra la Casa Rosada y la realidad económica que experimentan millones de personas todos los días.

























