Mientras Milei posa en Budapest con los halcones de la ultraderecha europea, Irán e Israel se dan con un caño en el campo gasífero más grande del mundo. El petróleo se fue a 110 dólares, los fertilizantes subieron 40% en un mes, y acá, en el país que podría estar vendiendo energía para forrarse de dólares, desmantelan el reactor nuclear CAREM para que una empresa yanqui haga el negocio. Siete de cada diez argentinos no quieren saber nada con esta guerra. Pero a nadie le preguntan.
El miércoles pasado, mientras la mayoría dormía, Israel bombardearon South Pars, la parte iraní del campo gasífero más grande del mundo, en la frontera con Qatar. El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, dijo que su país «actuó solo». Donald Trump salió a desmentir: «Estados Unidos no sabía nada sobre este ataque en particular».
Irán no se quedó con los brazos cruzados. Respondió atacando infraestructura energética en Qatar, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Irak y Kuwait. QatarEnergy, la principal proveedora de gas licuado del mundo, advirtió que cerca del 17% de su capacidad de exportación quedó afectada. El primer ministro qatarí lo dijo claro: «Una escalada muy peligrosa que tendrá repercusiones en el suministro energético mundial».
La Agencia Internacional de Energía lo llamó «la mayor interrupción del suministro de petróleo y gas de la historia». El Brent pasó los 110 dólares. Faltan ocho millones de barriles por día. Van a pasar años y van a hacer falta miles de millones de dólares para que todo vuelva a funcionar.
La bomba que no viste venir
Mientras los diarios hablan del petróleo, la verdadera bomba de tiempo está en los fertilizantes. Producirlos requiere cantidades enormes de gas natural, y cerca del 30% del comercio mundial de urea pasa por el Estrecho de Ormuz. Un tercio de los fertilizantes del mundo se quedaron en el molde.
En apenas un mes, la urea saltó de US$ 485 a US$ 590 por tonelada en el Mar Negro. En algunos mercados, llegó a US$ 752. El fosfato monoamónico (MAP), el que usan los productores de soja, también se fue a las nubes. En total, los fertilizantes subieron más de 40% en pocas semanas.
Argentina importa cerca del 50% de los fertilizantes que consume. El año pasado se gastaron más de US$ 2.000 millones en traerlos. Y la cadena comercial ya está en pausa: los importadores y distribuidores se retiraron del mercado porque no saben cuánto va a salir reponer lo que venden.
La mala noticia no es solo que los fertilizantes están caros. La mala noticia es que la siembra de trigo y maíz se define en mayo. El trigo necesita nitrógeno. El maíz también. La soja, aunque usa menos, depende del MAP que también viene de la zona del conflicto. Los precios de la comida van a subir. Mucho. Y cuando suben los precios de la comida, los que la pasan mal son los que menos tienen.
El Programa Mundial de Alimentos de la ONU ya advirtió que si esto sigue hasta junio, otros 45 millones de personas podrían caer en inseguridad alimentaria aguda. La portavoz del FMI, Julie Kozack, confirmó que «el transporte de fertilizantes se ha visto interrumpido, lo que eleva el riesgo de aumentos en los precios de los alimentos».
La joya que nos estamos perdiendo
Mientras el mundo se pelea por la energía y los fertilizantes, Argentina tenía un as bajo la manga: el CAREM, un reactor nuclear pequeño de diseño nacional con más del 70% de avance, uno de los más avanzados del planeta en su tipo.
Pero esta gestión lo está desmantelando. En marzo, Techint suspendió a 270 trabajadores en la obra civil de Lima, provincia de Buenos Aires, argumentando «entrega tardía de documentación técnica, cambios permanentes por parte de la CNEA y atraso en los pagos».
El gobierno decidió impulsar «desde cero» otra iniciativa, «cuya patente es compartida con una empresa extranjera», evidenciando «la pérdida de autonomía que esconde esta decisión». La Secretaría de Energía del Partido Justicialista lo denunció con todas las letras: «El sector nuclear atraviesa un proceso de paralización, despidos y desguace».
Mientras las grandes tecnológicas del mundo buscan reactores nucleares pequeños para hacer sus servidores independientes de la grilla eléctrica, Argentina desmantela el suyo. El conocimiento acumulado en 75 años de desarrollo nuclear soberano se está rifando para que una empresa yanqui haga el negocio. Patético.
El club de los que juegan a la guerra
El sábado, Milei fue la figura principal de la CPAC en Budapest, el foro de la ultraderecha global. Compartió escenario con Santiago Abascal (VOX), Eduardo Bolsonaro y el anfitrión Viktor Orbán. En su discurso de cierre, soltó: «Las naciones que abrazan la libertad, la propiedad privada y el orden moral de la civilización occidental progresan».
Lo que no dijo es que Orbán lleva años desmantelando la democracia húngara. Que en 2022 el parlamento húngaro le otorgó poderes de emergencia que nunca derogó. Que la Unión Europea le retuvo 10.000 millones de euros por corrupción. Que su gobierno acaba de ordenar a los tribunales archivar todos los casos relacionados con un impuesto controvertido, una medida que el Colegio de Abogados de Hungría calificó de «violación del principio de separación de poderes».
Pero bueno, detalles.
Lo que dicen los números (y lo que no dice el gobierno)
Una encuesta de Zubán Córdoba reveló que el 72,7% de los argentinos rechaza esta guerra. Entre los votantes de Milei, el rechazo es del 53,4%; entre los votantes de Massa, del 91,9%. Y el 66,4% considera que la postura de Milei frente al conflicto no representa al conjunto del país.
Siete de cada diez argentinos no quieren saber nada con esta guerra. Pero a nadie le preguntaron. Milei tomó el avión, se fue a Budapest, se sacó la foto con los halcones y después volvió a twittear sobre «la batalla cultural».
Mientras tanto, los precios de los fertilizantes subieron, los alimentos se van a encarecer y el proyecto nuclear que podía dar soberanía energética está en terapia intensiva.
La paz como territorio
Argentina tiene energía, tiene alimentos, tiene fertilizantes. Tiene todo para jugar un partido distinto. Pero el que maneja el volante está más preocupado por sacarse fotos con los dueños del mundo que por proteger lo que tenemos.
Siete de cada diez argentinos no quieren esta guerra. Si Milei es el presidente de los que juegan a la guerra, la oposición debería ser la que levante la bandera de los que quieren vivir en paz. En el Congreso. En los gobiernos provinciales. En los sindicatos. En las calles. Sobre todo en las calles.
Porque esta guerra no la pidió nadie. Pero la vamos a pagar todos.


























