El consumo masivo cayó 3,8% interanual en abril y acumula cinco meses consecutivos en baja, mientras las ventas ya equivalen apenas al 84,7% del nivel registrado en enero de 2023. Supermercados, autoservicios y mayoristas muestran retrocesos simultáneos en un contexto donde los salarios pierden contra la inflación y la recesión profundiza el deterioro social.
La caída del consumo dejó de ser un dato estadístico aislado para transformarse en una radiografía brutal de la economía argentina bajo el gobierno de Javier Milei. Los números difundidos por la consultora Scentia muestran algo más profundo que un simple retroceso comercial: revelan una sociedad que empezó a reducir incluso las compras básicas porque el salario ya no alcanza para sostener hábitos cotidianos que durante décadas formaron parte de la vida normal de millones de personas.
El consumo masivo cayó 3,8% interanual en abril y acumuló una baja de 3,3% en los primeros cuatro meses del año. Pero el dato más alarmante aparece cuando se observa la serie larga: el volumen comercializado hoy representa apenas el 84,7% de lo que se consumía en enero de 2023. Es decir, en poco más de dos años desapareció casi el 15% del consumo cotidiano argentino. No se trata de bienes de lujo ni de productos excepcionales. Se trata de alimentos, limpieza, desayuno, productos perecederos y artículos básicos de supermercado.
El dato destruye uno de los principales argumentos del Gobierno: la idea de que la desaceleración de la inflación automáticamente generaría recuperación económica. La inflación efectivamente bajó respecto de los niveles explosivos posteriores a la devaluación de diciembre de 2023, pero el problema central es que los ingresos quedaron muy por detrás de esa desaceleración. Los salarios perdieron capacidad de compra durante todo el ajuste y la caída del consumo refleja exactamente eso: el dinero ya no alcanza para comprar lo mismo que antes.
Ahí aparece la verdadera dimensión política y social del problema.
La economía no funciona solamente cuando bajan los precios. Funciona cuando las personas pueden consumir, proyectar, ahorrar y sostener un nivel de vida relativamente estable. En Argentina empezó a consolidarse otro fenómeno: una aparente estabilidad macroeconómica sostenida sobre un fuerte deterioro microeconómico. El Gobierno muestra equilibrio fiscal, dólar relativamente quieto y menor inflación, pero debajo de esos indicadores aparece una sociedad que reduce compras esenciales, posterga gastos y reemplaza productos básicos por alternativas más baratas.
Los números de Scentia muestran que la caída atraviesa casi todos los canales comerciales. Los supermercados de cadena registraron un derrumbe interanual de 4,5%, mientras el acumulado anual ya cae 5,2%. Los autoservicios independientes retrocedieron 3% y los mayoristas 4,5%. El dato es importante porque destruye otra idea muy instalada durante los últimos meses: que la crisis estaba afectando solamente a grandes cadenas o determinados segmentos comerciales. La caída es generalizada y atraviesa toda la estructura de consumo.
Eso ocurre porque el ajuste no golpea únicamente a sectores pobres. Empieza a perforar también a segmentos medios formales que históricamente funcionaban como motor del mercado interno argentino. Cuando incluso trabajadores registrados empiezan a perder poder adquisitivo frente a la inflación, la economía entra en un problema estructural: cae el consumo, cae la producción, cae la actividad comercial y finalmente cae también el empleo.
Por eso el consumo funciona como uno de los termómetros más sensibles de cualquier economía.
Cuando las familias dejan de comprar, el impacto se multiplica rápidamente:
- venden menos supermercados
- producen menos fábricas
- trabajan menos transportistas
- se frenan inversiones
- aumenta endeudamiento familiar
- caen ingresos fiscales
La recesión se transforma entonces en un círculo que se retroalimenta.
El mapa de productos que más cayeron expone además algo todavía más delicado: el ajuste ya afecta consumos cotidianos básicos. Los productos impulsivos se derrumbaron 12%, desayuno y merienda cayó 7,6%, perecederos retrocedió 7,8% y limpieza de ropa y hogar bajó 5,9%.
Traducido al lenguaje cotidiano:
- familias comprando menos leche
- menos galletitas
- menos yogures
- menos productos frescos
- menos artículos de limpieza
- menos alimentos básicos
La caída del consumo deja entonces de ser una abstracción económica para transformarse en una modificación concreta de hábitos de vida.
Y ahí aparece una dimensión social mucho más profunda.
Porque la crisis ya no implica solamente pobreza extrema. Empieza a producir una degradación gradual del nivel de vida de sectores medios y trabajadores formales. Familias que todavía conservan empleo pero reducen consumos básicos. Hogares que pagan servicios y transporte mucho más caros mientras resignan alimentación, recreación o salud privada para llegar a fin de mes.
El problema se agrava porque la economía argentina actual combina simultáneamente:
- caída del consumo
- salarios deteriorados
- tarifas altas
- crédito caro
- apertura importadora
- destrucción de empresas
Ese combo destruye especialmente al mercado interno.
La actividad económica argentina históricamente dependió en gran parte del consumo doméstico. Cuando cae el poder de compra de millones de personas, la recesión se expande rápidamente sobre comercio, industria y servicios. Eso explica por qué sectores intensivos en empleo aparecen entre los más golpeados del modelo Milei:
- industria
- construcción
- comercio
- pequeñas empresas
- pymes manufactureras
Mientras tanto, los sectores que mejor funcionan son justamente aquellos menos vinculados al consumo popular:
- agro
- minería
- finanzas
- energía
- exportación primaria
Ahí aparece uno de los rasgos más profundos del modelo económico actual: una economía dual.
Por un lado, sectores financieros y exportadores que muestran ganancias extraordinarias favorecidos por:
- desregulación
- apertura
- rentabilidad financiera
- RIGI
- ventajas cambiarias
Por otro, una economía cotidiana cada vez más deprimida donde la mayoría de la población reduce gastos básicos para sobrevivir.
El crecimiento explosivo del comercio electrónico que muestra el informe de Scentia también debe leerse dentro de ese contexto. El e-commerce creció 40,4% interanual. Pero lejos de expresar prosperidad generalizada, muchas veces refleja un consumidor desesperado por encontrar precios más baratos, promociones o financiamiento. La digitalización del consumo aparece menos asociada al bienestar que a estrategias defensivas de ahorro.
El dato de bebidas alcohólicas creciendo 6,7% también resulta revelador desde el punto de vista social. Históricamente, en contextos de crisis prolongada aumentan ciertos consumos vinculados a escape emocional, ansiedad o deterioro de expectativas colectivas. No es casual que mientras caen alimentos esenciales crezcan rubros asociados a evasión o consumo emocional.
El Gobierno insiste en que la desaceleración inflacionaria terminará ordenando el resto de las variables económicas. Pero los números empiezan a mostrar otro escenario posible: una economía estabilizada financieramente, aunque socialmente cada vez más deteriorada.
Ese es el riesgo central que empieza a enfrentar Milei.
Porque la estabilidad económica no depende únicamente del dólar o de la inflación. También depende de legitimidad social. Y cuando millones de personas sienten que trabajan más para consumir menos, el problema deja de ser solamente técnico.
Se transforma en político.
La caída persistente del consumo revela exactamente eso: una sociedad donde la estabilidad prometida todavía no se traduce en mejora material concreta. Mientras el Gobierno celebra equilibrio fiscal y baja inflacionaria, cada vez más argentinos reorganizan su vida cotidiana alrededor de una sola pregunta qué dejar de comprar para poder llegar a fin de mes.


























