Más de 30.000 personas participaron de la última edición de Feira Preta en Río de Janeiro, el mayor encuentro de cultura negra y economía creativa de América Latina. Con un impacto económico cercano a los 8 millones de reales en apenas tres días, el festival se consolidó como una referencia continental para el afroemprendimiento, la innovación y la construcción de autonomía económica afrodescendiente.
A orillas de la bahía de Guanabara, muy cerca del antiguo muelle de Valongo —el principal puerto de ingreso de personas africanas esclavizadas a Brasil y uno de los símbolos más brutales del comercio transatlántico de seres humanos— miles de personas se reunieron una vez más para construir una imagen completamente distinta de la historia negra en América Latina. Allí donde durante siglos llegaron barcos cargados de cuerpos sometidos, hoy circulan emprendedores, artistas, intelectuales, diseñadores, cocineras, editoriales, tecnólogos y productores culturales afrodescendientes que disputan otra narrativa sobre el presente y el futuro de la diáspora africana.
Ese escenario fue el marco de una nueva edición de Feira Preta, considerada la mayor plataforma de cultura negra y economía creativa de América Latina. Lejos de funcionar únicamente como una feria comercial, el encuentro se consolidó a lo largo de más de dos décadas como un espacio donde convergen producción económica, pensamiento político, innovación tecnológica, creación artística y construcción comunitaria. Lo que ocurre allí durante unos pocos días es, en realidad, la expresión visible de un trabajo mucho más amplio que se desarrolla durante todo el año y que tiene como objetivo fortalecer la autonomía económica de las poblaciones afrodescendientes.
La historia de Feira Preta comienza con una experiencia aparentemente modesta. Hace más de veinte años, Adriana Barbosa vendía ropa usada en una pequeña plaza de São Paulo. Aquella actividad nacía de una necesidad concreta de supervivencia, una situación compartida por millones de mujeres negras latinoamericanas obligadas históricamente a construir estrategias económicas propias frente a mercados laborales profundamente desiguales. Lo que comenzó como una experiencia individual terminó convirtiéndose en una de las iniciativas más importantes de organización económica afrodescendiente de toda la región.

La trayectoria de Barbosa resulta reveladora porque permite comprender una de las transformaciones más significativas de las últimas décadas dentro de los movimientos negros latinoamericanos. Durante mucho tiempo, las discusiones públicas sobre racismo estuvieron concentradas casi exclusivamente en cuestiones vinculadas a la representación cultural, la discriminación o el acceso a derechos básicos. Sin abandonar esas luchas, espacios como Feira Preta incorporaron una pregunta complementaria: ¿qué ocurre con la riqueza? ¿Quién produce valor económico? ¿Quién accede al crédito? ¿Quién controla los circuitos comerciales y financieros? La feria se convirtió así en un laboratorio donde la emancipación se piensa también desde la capacidad de producir, invertir, distribuir y construir autonomía material.
Las respuestas a esas preguntas continúan mostrando desigualdades profundas. Los datos presentados durante la feria revelan que el acceso al financiamiento sigue siendo uno de los principales obstáculos para el desarrollo de emprendimientos afrodescendientes. En Brasil, las solicitudes de crédito rechazadas entre emprendedores negros continúan siendo considerablemente superiores a las registradas entre la población blanca. La discriminación no siempre se presenta de forma explícita. También se esconde detrás de algoritmos, sistemas automatizados de evaluación financiera y mecanismos que penalizan a quienes viven en territorios históricamente asociados a la pobreza y la racialización.

La discusión adquiere todavía mayor relevancia cuando se observa el peso demográfico de la población negra brasileña. Más de la mitad de los habitantes del país se reconocen como negros o afrodescendientes. Sin embargo, esa mayoría poblacional no se traduce automáticamente en igualdad económica. Las brechas de ingresos, acceso al crédito, representación empresarial y acumulación de patrimonio siguen reproduciendo desigualdades heredadas de siglos de esclavitud y exclusión estructural. Feira Preta aparece entonces como una intervención concreta frente a esas asimetrías históricas.
Durante la última edición participaron cientos de expositores vinculados a sectores tan diversos como la moda, la gastronomía, la literatura, la cosmética, la tecnología, el diseño y las industrias creativas. Lo importante no es solamente la venta de productos. Lo fundamental es la construcción de redes. La feria funciona como un espacio donde emprendedores que muchas veces desarrollan su actividad en soledad encuentran oportunidades para intercambiar experiencias, acceder a formación especializada, establecer alianzas y construir estrategias colectivas de crecimiento.
La influencia de Feira Preta trasciende las fronteras brasileñas precisamente porque ofrece una respuesta concreta a una pregunta que atraviesa a las comunidades afrodescendientes de toda América Latina: cómo construir autonomía económica y cultural en sociedades que históricamente negaron o marginaron la presencia negra. La feria demuestra que la organización colectiva puede transformarse en infraestructura económica y que la identidad puede convertirse en una herramienta de desarrollo sin perder su dimensión política.

En Argentina, donde el mito de la desaparición afrodescendiente continúa teniendo peso en el imaginario nacional, experiencias como Malungo Libros permiten observar la emergencia de respuestas construidas desde la propia comunidad. Impulsado por Roberto Ruiz Sena, reconocido como el primer librero afrodescendiente del país, Malungo se convirtió en mucho más que una librería especializada. Su trabajo articula literatura afrocentrada, memoria, circulación de pensamiento crítico y construcción de redes culturales que conectan a lectores, investigadores, artistas y activistas de distintos territorios.
En un mercado editorial donde las producciones afrodescendientes continúan ocupando espacios marginales, la existencia de proyectos como Malungo representa una intervención concreta sobre quiénes tienen derecho a producir conocimiento, contar historias y formar parte del archivo cultural argentino. Cada libro puesto en circulación cuestiona décadas de silenciamiento y demuestra que las comunidades afrodescendientes no solamente reclaman representación: también producen pensamiento, teoría, arte y memoria.
La experiencia de Malungo dialoga además con el trabajo desarrollado por el Colectivo Editorial Flota Negra, una propuesta independiente impulsada por Tony Vardé, Naty Baldrich y otros productores culturales comprometidos con la circulación de pensamiento afrodescendiente, cultura musical popular y memorias de la diáspora africana. Más que una editorial tradicional, Flota Negra funciona como una plataforma cultural que busca intervenir allí donde los grandes circuitos editoriales suelen guardar silencio.
Su catálogo refleja con claridad esa apuesta. Entre sus publicaciones se encuentran Aquelarre de Negras: Unidas por la lucha, una antología poética que reúne voces afrodescendientes, originarias y disidentes de América Latina y el Caribe; Una canción hizo la diferencia. La leyenda de Toots Hibbert… y el reggae tuvo soul, de Tony Vardé, una investigación dedicada a uno de los músicos más influyentes de la historia del reggae; y ¡Escuchate esto! 75 joyas de la música soul, un recorrido por algunas de las expresiones más significativas de la música negra internacional. A estas obras se suman investigaciones vinculadas al soul, la cultura afroatlántica y futuros proyectos dedicados a la historia y la cultura de Etiopía.
La presencia de estos libros en espacios como Malungo permite comprender que la construcción de economías culturales afrodescendientes no se limita a la venta de productos. También implica producir conocimiento, recuperar historias invisibilizadas, fortalecer archivos comunitarios y ampliar los márgenes de aquello que una sociedad considera digno de ser leído, estudiado y recordado. Allí radica una de las conexiones más profundas entre experiencias como Feira Preta, Malungo Libros y Flota Negra: todas entienden que la circulación cultural forma parte de la disputa por el poder.

El impacto económico de Feira Preta resulta difícil de ignorar. En apenas tres días de actividades se movilizaron alrededor de ocho millones de reales, una cifra que permite dimensionar el potencial económico existente dentro de las comunidades afrodescendientes cuando cuentan con infraestructura, visibilidad y espacios de articulación propios. Sin embargo, reducir la experiencia a sus números sería un error. Buena parte de su importancia radica en la dimensión simbólica que construye.
Durante generaciones, las poblaciones negras latinoamericanas fueron representadas principalmente desde el sufrimiento, la pobreza o la exclusión. Aunque esas realidades existen y continúan demandando respuestas urgentes, la feria busca desplazar el foco hacia otro lugar: la capacidad de producir conocimiento, innovación, arte, riqueza y futuro. La propia Adriana Barbosa insiste en esa idea cuando afirma que la historia de la diáspora africana no puede reducirse únicamente al dolor. Existe también una historia de creatividad, intelectualidad, liderazgo, resistencia y producción cultural que merece ocupar el centro de la escena.
Quizás por eso Feira Preta se ha convertido en mucho más que un evento. Se transformó en una plataforma donde economía, identidad, cultura y política dejan de aparecer como dimensiones separadas. Allí se encuentran porque, para millones de personas afrodescendientes, siempre formaron parte de una misma lucha. Una lucha que se libra en los mercados, en las universidades, en las editoriales, en las calles, en las librerías y en cada espacio donde la diáspora africana decide narrarse a sí misma sin pedir permiso.

























