Peter Thiel construyó una empresa capaz de procesar cantidades monstruosas de datos para gobiernos y agencias de inteligencia. No consiguió anticipar que en Palermo Chico lo esperaría una patota de magos con barba sintética cantándole “mirate en el espejo, vas a ver un boludo”. Después del escrache, el magnate se bajó de un evento con Caputo y Sturzenegger. La inteligencia artificial finalmente conoció a su depredador natural: el argentino con tiempo libre.
Peter Thiel es multimillonario, cofundador de Palantir, referente tecnológico de la derecha estadounidense y uno de esos hombres que probablemente saben qué compraste por internet antes de que llegue el resumen de la tarjeta.
Pero cometió un error de principiante.
Vino a la Argentina.
Y acá cualquier sistema de inteligencia predictiva termina chocando contra una variable que Silicon Valley todavía no consiguió modelizar: un grupo de tipos disfrazados de Gandalf un martes en Palermo.
Los manifestantes llegaron hasta la residencia del empresario con túnicas, sombreros puntiagudos, barbas grises y una adaptación nacional de la frase más famosa de El Señor de los Anillos:
“No pasarás, la concha de tu madre”.
Tolkien necesitó tres tomos.
Nosotros resolvimos Mordor en siete palabras.
El motivo del escrache fue la presencia de Palantir en Argentina. La compañía trabaja con análisis masivo de datos y presta servicios a gobiernos y organismos de inteligencia.
El nombre, además, está tomado directamente de las piedras videntes de Tolkien.
Eso parecía una genialidad de marketing hasta que aparecieron argentinos vestidos de magos.
Porque si bautizás Palantir a una empresa de vigilancia, tarde o temprano estás tercerizando tu escrache al fandom.
Los manifestantes incluso desarrollaron una pieza musical:
“Peter, Peter, compadre, la concha de tu madre. Vos tenés palantires para ver el futuro, mirate en el espejo, vas a ver un boludo”.
Es difícil competir contra eso desde Silicon Valley.
Podés tener algoritmos predictivos, contratos estatales, millones de datos, inteligencia militar y una fortuna de varios miles de millones.
Pero ningún MBA de Stanford te prepara para que te adapten un cantito de cancha vestidos de Gandalf.
La protesta alcanzó además niveles de argentinidad científicamente imposibles de reproducir.
Antes de llegar a la casa de Thiel, los magos se cruzaron con el Regimiento de Granaderos a Caballo que marchaba por Figueroa Alcorta.
Gandalfs.
Granaderos.
Palermo Chico.
Un multimillonario estadounidense.
Todo en la misma cuadra.
San Martín cruzó los Andes para que algún día esto fuera posible.
Los manifestantes se hacen llamar Gandalfs del Sur y reivindican como antecedente la Primera Convención de Bátmanes del Mercosur de 1995.
Ahí directamente se terminó Occidente.
Una organización política inspirada en Gandalf reconoce genealogía histórica en una convención de Bátmanes.
Marx tenía el materialismo histórico. Nosotros tenemos continuidad cinematográfica.
Los magos acusaron a Thiel de comportarse como un “súper villano” y anunciaron que habían encendido “la primera almenara” de resistencia.
Y entonces ocurrió lo verdaderamente hermoso.
Thiel se bajó del evento Vientos de Cambio, donde iba a coincidir con Luis Caputo y Federico Sturzenegger.
El hombre cuya compañía vende herramientas sofisticadas para analizar amenazas modificó su agenda después de que aparecieran personas con túnicas frente a su casa.
La jornada produjo así un resultado que merece ser estudiado en las facultades de Ciencias Políticas.
Soft power, pero con barba de cotillón.
Caputo y Sturzenegger se quedaron sin Thiel.
Una lástima.
El encuentro prometía ser extraordinario: el ministro que vigila los dólares, el ministro que desregula todo lo que encuentra y el empresario que puede vigilar lo que quedó después de la desregulación.
Un ecosistema completo.
Pero Gandalf intervino.
“You shall not pass”.
Y Thiel, efectivamente, no pasó.
Tal vez ese sea el aspecto más humillante del episodio.
No necesitó una comisión investigadora.
No hizo falta una audiencia parlamentaria.
Ni siquiera una cautelar.
Al tipo de Palantir lo corrieron con Tolkien.
Argentina acaba de inventar una doctrina defensiva completamente nueva: la disuasión nerd sudamericana.
Que tome nota el Pentágono.
Porque el episodio también deja una enseñanza para todos los multimillonarios tecnológicos interesados en experimentar con estas tierras.
Pueden traer inteligencia artificial.
Big Data.
Algoritmos.
Sistemas predictivos.
Reconocimiento de patrones.
Pueden saber qué compramos, qué miramos, dónde estuvimos y probablemente qué vamos a votar.
Pero existe información que ningún servidor puede procesar.
Por ejemplo:
qué carajo puede aparecer mañana en Buenos Aires.
Thiel tenía Palantir para mirar el futuro.
Los argentinos llevaron Gandalfs.
Y por una tarde gloriosa, el algoritmo pidió cambio de domicilio.

























