Passalacqua cerró con Herrera Ahuad, se quedó con diputados, senadores e intendentes y empezó a endurecerse contra Milei. Carlos Rovira, acostumbrado a gobernar la política misionera con un “teléfono rojo”, habría pasado dos meses en Europa sin contestar mensajes. Descubrió el único roaming verdaderamente caro: el que te cobra la provincia completa.
Carlos Rovira construyó durante años un sistema político tan disciplinado que, según cuentan en el Congreso, alcanzaban unas pocas palabras por teléfono para indicar cómo debían votar sus legisladores.
Después dejó de atender.
Error de principiante para un cacique.
Mientras Rovira permanecía en Europa, Hugo Passalacqua decidió comprobar si realmente era un “títere”, como aparecía en algunos sondeos.
Y parece que encontró la tijera.
El gobernador cerró con Oscar Herrera Ahuad, le ofreció conducir Innovación Federal y terminó absorbiendo a los cuatro diputados nacionales que hasta hace poco respondían al rovirismo: Alberto Arrúa, Daniel Vancsik, Yamila Ruiz y el propio Herrera Ahuad.
También se alinearon los senadores Sonia Rojas Decut y Carlos Arce.
Para cuando terminaron de contar, al teléfono rojo le quedaba más línea que tropa.
La velocidad del derrumbe tiene algo de comedia negra provincial. Rovira pasó de ordenar seis votos nacionales a que sus antiguos subordinados discutan incluso cambiarle el nombre al bloque porque “Innovación” quedó demasiado asociado a él.
Eso ya no es una interna.
Es borrar al ex del Netflix.
Passalacqua además se apoyó en unos 70 intendentes y fortaleció su control provincial mientras Rovira conservaría influencia sobre apenas tres legisladores locales.
Todo porque el gobernador decidió buscar la reelección y Rovira tenía otros planes.
El viejo jefe quería a Lucas Romero Spinelli.
Passalacqua quería seguir siendo gobernador.
Finalmente apareció una diferencia conceptual importante:
uno pensaba que Passalacqua administraba Misiones y Passalacqua empezó a sospechar lo mismo.
Herrera Ahuad tampoco participó gratis del velorio. El acuerdo le daría mayor exposición nacional y podría proyectarlo hacia la intendencia de Posadas.
La renovación descubrió así su mecanismo sucesorio más eficiente: esperar que el jefe viaje.
Y de fondo aparece Milei.
Liberado de la tutela de Rovira, Passalacqua empezó a endurecer su relación con la Casa Rosada. Sus senadores fueron importantes en el naufragio de la ley de tierras y ahora la posición sería negociar “proyecto por proyecto”.
Traducido al dialecto de los gobernadores:
se terminó el abono mensual; ahora cada voto se factura aparte.
Hasta Gustavo Sáenz habría intentado comunicarse varias veces con Rovira sin conseguir respuesta. El gobernador salteño terminó llamándolo “fantasma”.
Una crueldad.
Los fantasmas, por lo menos, aparecen cuando los invocan.
Rovira tenía que regresar mientras en el Congreso nadie parecía saber demasiado de él. Su hija reside en París y las fuentes citadas ubican allí parte de su estadía europea.
Quizás estaba descansando.
Quizás calculó que dos meses no modificarían una estructura construida durante décadas.
En cualquier caso, la política misionera acaba de ofrecer una enseñanza preciosa para cualquier caudillo convencido de que controla hasta el último concejal:
podés tener teléfono rojo, diputados, senadores, intendentes y sucesor designado.
Pero nunca pongas el poder en modo avión.

























