El Gobierno logró despejar buena parte de las dudas sobre el pago de la deuda hasta 2027 y consiguió una reacción favorable de los mercados. Sin embargo, el riesgo país permanece por encima de los 400 puntos, la actividad continúa mostrando señales de debilidad, el consumo no despega y el crédito sigue estancado. La estabilidad financiera comienza a consolidarse, pero todavía no encuentra un correlato en la economía cotidiana.
La administración de Javier Milei consiguió en las últimas semanas uno de los objetivos que perseguía desde comienzos de año: convencer al mercado de que Argentina podrá afrontar sus vencimientos de deuda de 2026 y buena parte de 2027 sin atravesar una nueva crisis financiera. El programa presentado por el ministro de Economía, Luis Caputo, junto con la refinanciación de los REPO del Banco Central, los préstamos garantizados por el Banco Mundial y el BID y el reciente pago de más de 4.200 millones de dólares a los bonistas permitieron reducir considerablemente la incertidumbre sobre el calendario financiero.
Sin embargo, la reacción de los mercados mostró rápidamente sus límites. El riesgo país descendió hasta ubicarse en torno de 405 puntos básicos, el menor nivel desde 2018, pero volvió a demostrar una fuerte resistencia para perforar el umbral psicológico de los 400 puntos, considerado por bancos de inversión y operadores como el piso necesario para que Argentina vuelva a financiarse normalmente en los mercados internacionales. La diferencia parece pequeña, pero en términos financieros representa miles de millones de dólares en costo de endeudamiento.
El programa financiero compra tiempo, pero no resuelve el problema estructural
La hoja de ruta oficial descansa sobre una combinación de fuentes de financiamiento poco habituales. El Tesoro prevé cubrir sus necesidades mediante organismos multilaterales, préstamos sindicados con bancos internacionales, colocaciones en el mercado local, privatizaciones y transferencias del Banco Central, evitando por ahora emitir bonos soberanos en Wall Street.
El esquema redujo las necesidades inmediatas de financiamiento, pero continúa apoyándose sobre varios supuestos que todavía deberán verificarse.
Entre ellos aparecen la continuidad del respaldo del FMI, el Banco Mundial y el BID; la posibilidad de seguir obteniendo préstamos internacionales con garantías multilaterales; el ingreso de divisas por Vaca Muerta y el complejo agroexportador; la estabilidad política durante un año electoral y la acumulación de reservas internacionales suficientes para cumplir simultáneamente con el Fondo Monetario y con el Tesoro.
Diversas consultoras privadas estiman que durante 2027 el Banco Central necesitará incorporar alrededor de 11.000 millones de dólares adicionales para abastecer al Tesoro, cumplir las metas de reservas comprometidas con el FMI y afrontar otros compromisos financieros. Se trata de un desafío considerable para un país que continúa exhibiendo reservas netas muy ajustadas.
El mercado reconoce la mejora financiera, pero todavía desconfía
La evolución de los activos argentinos refleja esa dualidad.
Los bonos dejaron de caer violentamente y las acciones recuperaron parte del terreno perdido. Los ADR argentinos volvieron a mostrar interés por parte de inversores internacionales, particularmente en empresas energéticas como YPF, Pampa Energía y Transportadora de Gas del Sur.
Pero el comportamiento del riesgo país deja en evidencia que los inversores todavía consideran elevado el riesgo argentino.
La explicación es sencilla: el mercado ya no discute únicamente si Argentina podrá pagar este año. Ahora evalúa si el programa podrá sostenerse cuando disminuyan los desembolsos extraordinarios, aumente la incertidumbre política y reaparezcan las presiones cambiarias propias de todo año electoral.
La macro comienza a ordenarse, mientras la economía cotidiana continúa debilitada
La principal contradicción aparece cuando se observa la actividad económica.
La inflación desaceleró considerablemente durante el segundo trimestre y podría ubicarse cerca del 2% mensual, algo impensado un año atrás. El dólar oficial continúa moviéndose dentro de un sendero administrado y el Gobierno logró evitar una corrida cambiaria pese al levantamiento parcial del cepo.
Sin embargo, la economía real continúa ofreciendo señales preocupantes.
La industria manufacturera permanece por debajo de los niveles previos al cambio de gobierno, con una utilización de capacidad instalada cercana al 60%, es decir, con aproximadamente cuatro de cada diez máquinas detenidas en numerosos sectores fabriles. La consultora Industria y Desarrollo proyecta que durante 2026 podrían perderse alrededor de 105.000 puestos de trabajo entre empleos directos e indirectos si la tendencia no cambia.
Los sectores vinculados al consumo masivo siguen siendo los más afectados. Textiles, calzado, muebles, construcción y metalurgia continúan operando con niveles de actividad inferiores a los de 2023, mientras que solamente algunos segmentos asociados a la energía y Vaca Muerta muestran un crecimiento sostenido.
El crédito sigue sin acompañar la recuperación
Otro dato que pone en duda la intensidad de la recuperación es el comportamiento del sistema financiero.
Los últimos informes del Banco Central muestran que los préstamos destinados al consumo volvieron a caer en junio. Las financiaciones con tarjeta retrocedieron 4,2% interanual, los préstamos personales disminuyeron 1,1% y los prendarios para automóviles también continuaron descendiendo.
Paradójicamente, mientras baja la inflación, el crédito continúa sin reaccionar.
La explicación parece encontrarse en el deterioro del ingreso disponible y en el aumento de la morosidad.
Según distintas mediciones privadas, la irregularidad en los créditos personales continúa creciendo, especialmente entre los sectores de menores ingresos y entre los jóvenes, mientras buena parte de los hogares sigue destinando una proporción creciente de sus ingresos al pago de servicios públicos, alquileres y alimentos.
Dos economías avanzan a velocidades diferentes
Los datos muestran que hoy conviven dos Argentinas.
Por un lado, la economía financiera comienza a estabilizarse. La inflación baja, el Gobierno consigue refinanciar deuda, los organismos multilaterales continúan desembolsando fondos y el riesgo país dejó atrás los niveles críticos de años anteriores.
Por otro lado, la economía productiva todavía enfrenta dificultades para recuperar el consumo, incrementar la inversión privada y recomponer el empleo.
El sector energético continúa liderando el crecimiento gracias a Vaca Muerta, mientras buena parte de la industria tradicional permanece afectada por la caída de la demanda interna, la competencia de productos importados y costos que crecieron por encima de los precios de venta.
El verdadero examen todavía no terminó
El Gobierno logró construir un puente financiero que le permite atravesar los próximos vencimientos sin enfrentar una crisis inmediata de deuda. Ese objetivo, que hace pocos meses parecía incierto, hoy luce mucho más sólido.
La incógnita pasa ahora por determinar si esa estabilidad financiera será capaz de trasladarse al resto de la economía.
Mientras el riesgo país siga estacionado por encima de los 400 puntos, el crédito no se reactive, el consumo continúe deprimido y la industria mantenga elevados niveles de capacidad ociosa, la recuperación seguirá siendo parcial.
En definitiva, el programa económico parece haber aprobado el examen de la estabilidad financiera. El desafío pendiente consiste en demostrar que también puede aprobar el de la producción, el empleo y el poder adquisitivo de los argentinos, variables que siguen marcando el pulso de una economía donde la macro comienza a ordenarse, pero la recuperación todavía no llega con la misma intensidad a la economía real.



























