Juan Manuel Abal Medina y Facundo Tignanelli protagonizaron un cruce feroz en redes sociales. Entre acusaciones de traición, obsecuencia, vagancia y acomodos, la pelea dejó al descubierto que en el peronismo ya no discuten candidaturas: discuten quién tiene más derecho a decir que el otro arruinó todo.
Hay internas políticas.
Hay peleas partidarias.
Y después está el peronismo cuando se queda sin enemigos externos durante cinco minutos.
Lo que ocurrió entre Juan Manuel Abal Medina y Facundo Tignanelli fue una demostración impecable de una tradición histórica del movimiento: si no alcanza la munición contra el adversario, siempre queda algún compañero cerca.
La discusión empezó como empiezan todas las guerras modernas.
Con un tuit.
Y terminó pareciéndose a una reunión familiar donde después del segundo vino alguien recuerda una herencia mal repartida de hace quince años.
Tignanelli salió a marcar territorio camporista.
Abal respondió.
Tignanelli retrucó.
Abal sacó el lanzallamas.
Y en cuestión de minutos la conversación pasó de la discusión política al noble deporte nacional del carpetazo emocional.
La belleza del intercambio es que ninguno discutía realmente sobre la CONEAU, Cristina, Máximo o las candidaturas.
Discutían otra cosa.
Discutían quién tiene la franquicia oficial para hablar en nombre del peronismo.
Que es una pelea mucho más vieja y mucho más sangrienta.
Porque detrás de cada insulto aparecía la verdadera pregunta.
¿Quién representa hoy al movimiento?
¿Los que estuvieron con Néstor?
¿Los que siguen con Cristina?
¿Los que responden a Máximo?
¿Los que quieren jubilar a todos los anteriores?
¿O los que se acuerdan del peronismo solamente cuando hay elecciones?
Abal eligió una táctica clásica: recordar que existía antes que sus rivales políticos.
Una estrategia de veterano.
El equivalente peronista a mostrar las cicatrices de guerra.
«Tengo causas, embargos, persecuciones», enumeró casi como quien exhibe medallas.
El mensaje era claro.
«Yo estaba acá cuando ustedes todavía preguntaban dónde quedaba la fotocopiadora».
Tignanelli respondió con otro clásico.
La descalificación generacional.
Lo acusó de haber sido un jefe de Gabinete espantoso, vago y aficionado al noble arte de dormir hasta tarde.
Una crítica particularmente creativa en un país donde buena parte de los desastres nacionales fueron protagonizados por dirigentes perfectamente despiertos.
Lo más divertido es que ambos tienen razón.
Y ambos se equivocan.
Porque la discusión exhibe el problema central del peronismo actual.
Nadie sabe quién conduce.
Pero todos saben quién tiene la culpa.
Entonces las peleas se convierten en competencias de responsabilidad retrospectiva.
Uno acusa al otro de haber entregado el proyecto.
El otro acusa al primero de vivir chupándole las medias a un jefe.
Y mientras tanto el electorado observa desde afuera como quien presencia una asamblea del consorcio que olvidó por completo para qué se había reunido.
La situación es todavía más brutal porque ocurre mientras el oficialismo atraviesa su propia crisis.
Uno imaginaría a la oposición concentrada en construir una alternativa.
Pero el peronismo tiene una habilidad sobrenatural para abrir una discusión sobre el futuro y terminar peleándose por algo que pasó en 2012.
Es un talento.
Casi un patrimonio cultural.
Lo más revelador del intercambio no fueron los insultos.
Fueron los argumentos.
Porque ambos hablaron más de cargos, internas, lealtades y espacios de poder que de los problemas reales de la gente.
Como si el gran drama nacional consistiera en determinar quién era más cercano a Cristina hace una década.
Mientras los salarios se derriten, las empresas cierran y la economía sigue dando trompadas, dos dirigentes importantes del principal espacio opositor protagonizaron una discusión que parecía escrita para consumo exclusivo de militantes profesionalizados.
La escena deja una conclusión incómoda.
El oficialismo tiene problemas.
Muchos.
Pero la oposición sigue haciendo esfuerzos heroicos para que nadie se olvide de los propios.
Y en esa competencia permanente por ver quién administra peor sus conflictos internos, el peronismo sigue siendo un campeón difícil de igualar.
Porque cuando los compañeros empiezan a discutir quién fue más leal, quién fue más perseguido y quién chupó más medias, generalmente significa que la discusión política quedó estacionada varias cuadras más atrás.
Y que la pelea verdadera ya no es por el poder.
Es por el relato de quién perdió el poder primero.



























