Desde que llegó al poder, Javier Milei redujo impuestos patrimoniales, impulsó blanqueos de capitales, bajó tributos a autos de lujo, alivió la carga fiscal sobre sectores exportadores y amplió beneficios para grandes inversores mediante el RIGI. Mientras tanto, el ajuste cayó sobre jubilaciones, universidades, provincias, obra pública y programas sociales.
La gran genialidad política del mileísmo no fue la motosierra. Fue lograr que medio país aplaudiera mientras le serruchaban la silla. Porque detrás de toda la épica libertaria sobre la casta, los privilegios y el sacrificio necesario para reconstruir la Argentina, se fue armando una maquinaria bastante más vieja y conocida: la transferencia de recursos desde abajo hacia arriba, desde quienes viven de su trabajo hacia quienes viven de su patrimonio.
Es mentira que Milei no crea en la redistribución de la riqueza.
Redistribuye.
El problema es la dirección.
Porque mientras los jubilados cuentan monedas para comprar medicamentos, las universidades hacen rifas para pagar la luz y las provincias recorren ministerios como peregrinos buscando fondos, el Estado libertario se convirtió en una especie de concierge fiscal para grandes patrimonios, exportadores e inversores. Una aplicación premium donde los multimillonarios reciben beneficios personalizados mientras el resto de la sociedad recibe conferencias motivacionales sobre el mérito y la libertad.
La verdadera casta terminó siendo un concepto extraordinariamente flexible. Cuando una jubilada reclama porque no puede comprar remedios es una privilegiada que vive por encima de sus posibilidades. Cuando una universidad pide presupuesto es un antro de ñoquis subsidiados. Cuando una provincia exige recursos que le corresponden es un nido de feudales. Pero cuando aparece un empresario con una fortuna equivalente al presupuesto de varias ciudades juntas, el Estado se transforma mágicamente en un terapeuta tributario dispuesto a aliviarle cualquier angustia fiscal.
Y ahí aparece Bienes Personales.
Uno de los impuestos más odiados por las grandes fortunas argentinas recibió una cirugía estética libertaria de proporciones históricas. El gobierno elevó de manera drástica el mínimo no imponible y diseñó una reducción progresiva de las alícuotas que terminará dejando la carga máxima en niveles notablemente inferiores a los existentes antes de Milei. En otras palabras: cuanto más patrimonio acumulado se posee, más motivos existen para brindar por la revolución libertaria.
Mientras tanto, en el país real, donde la gente todavía tiene que pagar alquiler, comida, transporte y medicamentos, la libertad económica llegó con forma de tarifazo.
Pero el tratamiento preferencial no terminó ahí.
Los blanqueos de capitales se transformaron en otra de las especialidades de la casa. La Argentina libertaria desarrolló una curiosa pedagogía social donde el trabajador que se equivoca en una declaración enfrenta sanciones inmediatas, pero quien tuvo fortunas enteras fuera del radar fiscal recibe alfombra roja, beneficios especiales y oportunidades generosas para regularizar activos. La moraleja parece bastante clara: si sos pobre, cumplí las reglas. Si sos rico, esperá el próximo blanqueo.
La escena tiene algo profundamente argentino.
El kiosquero que factura una Coca-Cola siente el peso del control estatal.
El multimillonario que regulariza millones de dólares recibe una bienvenida institucional.
Y después hablan de igualdad ante la ley.
Como si el humor negro hubiera tomado control de la AFIP.
O de ARCA.
O de lo que quede de ella.
Los autos de lujo también encontraron refugio bajo el paraguas libertario. Mientras millones de personas abandonaban consumos básicos por la caída del salario, el gobierno reducía o eliminaba impuestos para vehículos valuados en decenas de millones de pesos, además de extender beneficios a embarcaciones y otras categorías asociadas a patrimonios elevados. La austeridad, una vez más, parecía administrarse con GPS selectivo: siempre encontraba el camino hacia los sectores medios y populares, pero misteriosamente perdía señal cuando se acercaba a los barrios donde viven los dueños del país.
Después llegaron las retenciones.
Durante años el agro fue presentado como víctima permanente de un Estado opresor. Ya en el poder, Milei avanzó con reducciones para carnes, economías regionales y granos, además de prometer nuevas bajas escalonadas en el futuro. El argumento oficial sostiene que menos impuestos generan más inversión, más producción y más crecimiento. Curiosamente, esa promesa aparece en Argentina desde hace décadas. Los beneficios llegan rápido. El derrame siempre está previsto para más adelante. Tan adelante que suele coincidir con la próxima campaña electoral.
Pero la joya de la corona es el RIGI.
Porque si los otros beneficios parecían generosos, el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones directamente funciona como un parque de diversiones tributario para corporaciones de escala global. Reducciones en Ganancias. Beneficios para dividendos. Exenciones vinculadas al comercio exterior. Estabilidad fiscal extendida. Y ahora, para que nadie se quede con ganas, aparece el Súper RIGI prometiendo todavía más ventajas. Todo en nombre de atraer inversiones. Todo en nombre del futuro. Todo en nombre de una prosperidad que, por ahora, sigue siendo mucho más visible en las planillas empresariales que en los bolsillos de la mayoría de los argentinos.
El mileísmo logró una hazaña cultural notable. Convenció a millones de trabajadores de que el enemigo de su bienestar era el investigador del CONICET, el docente universitario, el empleado público o el jubilado que cobra la mínima. Mientras la indignación popular apuntaba hacia abajo, los grandes jugadores económicos recibían algunos de los alivios fiscales más significativos de los últimos años. No es solamente una política económica. Es una obra maestra de ingeniería ideológica.
Porque el ajuste no se distribuye igual.
La motosierra tampoco.
Los recortes tienen destinatarios.
Los beneficios también.
Y cuando uno observa la lista completa resulta difícil no llegar a una conclusión incómoda: la famosa batalla contra los privilegios terminó pareciéndose demasiado a una gigantesca operación de reordenamiento de privilegios.
La casta no desapareció.
Cambió de nombre.
Ahora se llama mercado.
Se llama inversor.
Se llama generador de riqueza.
Se llama empresario exitoso.
Y mientras ellos reciben exenciones, blanqueos, rebajas y regímenes especiales, el resto recibe discursos sobre esfuerzo, sacrificio y responsabilidad individual.
Al final, la revolución libertaria terminó aplicando una de las leyes más antiguas de la política argentina la cuenta la paga el país de boludos y la propina se la lleva el club de los vivos.


























